La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
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CAPÍTULO 8 LA VÍSPERA
Durante los siguientes tres días, Lucía no volvió a ver a Mateo.
No porque él se hubiera marchado voluntariamente de su vida.
Sino porque ella no sabía dónde estaba.
Había intentado llamarlo.
Una vez.
Dos.
Después dejó de hacerlo.
Le envió mensajes.
Ninguno fue respondido.
El primero decía:
“Necesito hablar contigo.”
El segundo:
“Por favor, dime que estás bien.”
El tercero fue más corto.
“Mateo.”
No recibió respuesta.
Después escribió uno que borró antes de enviarlo.
“Te perdono.”
Lo borró porque no sabía si podía perdonarlo.
Luego escribió:
“Te odio.”
También lo borró.
Porque tampoco era verdad.
No lo odiaba.
Todavía no.
Lo amaba.
Y ese era precisamente el problema.
Durante esos tres días, la vida siguió avanzando como si nada hubiera ocurrido.
El sol salió.
La gente fue a trabajar.
Los autobuses circularon.
Las tiendas abrieron.
Los vecinos discutieron por lugares de estacionamiento.
En la televisión hablaron de política, deportes y el clima.
Y, en la casa de Lucía, los preparativos de la boda continuaron.
Eso era lo más extraño.
La boda seguía existiendo.
El vestido seguía guardado.
Las invitaciones ya estaban impresas.
La comida estaba reservada.
La pequeña iglesia donde se casarían seguía esperando la fecha.
Las flores ya habían sido elegidas.
Y, sin embargo, el hombre con quien debía casarse había desaparecido después de decirle que podía morir.
Lucía no sabía qué hacer con esa contradicción.
Por las mañanas se levantaba pensando que quizá había sido una pesadilla.
Después recordaba.
“Te engañé.”
“Hace meses.”
“Hay cosas mucho más graves que la infidelidad.”
Y finalmente:
“Si sigues conmigo, vas a morir.”
No sabía qué frase le dolía más.
La primera había destruido su confianza.
La última había destruido su sensación de seguridad.
Porque una infidelidad podía terminar una relación.
Pero una amenaza podía cambiar una vida.
Teresa fue la primera persona en darse cuenta de que algo había cambiado.
Lucía había dejado de comer.
Dormía muy poco.
Se encerraba en su habitación.
Y cuando alguien preguntaba por Mateo, respondía:
—Está ocupado.
La mentira le dolía.
No porque quisiera defenderlo.
Sino porque todavía no sabía cómo contar la verdad.
Una tarde, Teresa entró en su habitación.
Lucía estaba sentada frente al escritorio.
Tenía el vestido de novia sobre la cama.
No lo estaba mirando con felicidad.
Lo observaba como si fuera un objeto extraño.
Teresa se acercó.
—¿Qué pasó?
Lucía no respondió.
—Hija.
Ella levantó la cabeza.
—Mamá.
Teresa se sentó a su lado.
—No tienes que protegerme.
Lucía sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—No quiero casarme.
Teresa se quedó quieta.
No preguntó inmediatamente.
Simplemente tomó su mano.
—Entonces no te cases.
Lucía comenzó a llorar.
—No es tan fácil.
—Sí lo es.
—No.
—Sí.
—Hay demasiadas cosas.
—Entonces cuéntamelas.
Lucía cerró los ojos.
Durante unos segundos intentó hablar.
No pudo.
Teresa la abrazó.
—No tienes que decirlo todo hoy.
Lucía apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Me engañó.
Teresa cerró los ojos.
No parecía sorprendida.
Quizá porque, en el fondo, ya había sospechado.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Hace meses.
Teresa apretó los labios.
—¿Con quién?
Lucía tardó.
—Con una mujer de su trabajo.
Teresa guardó silencio.
—¿La conocías?
—No.
—¿Y ahora?
—Sí.
Teresa respiró profundamente.
—¿Qué vas a hacer?
Lucía miró el vestido.
—No lo sé.
—¿Lo amas?
Lucía bajó la mirada.
—Sí.
Teresa tomó su rostro entre las manos.
—Escúchame.
Lucía la miró.
—Que todavía lo ames no significa que tengas que quedarte.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Pero me dijo que está en peligro.
Teresa se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Lucía dudó.
—Me dijo que hay personas buscando unos documentos.
El rostro de Teresa cambió.
—¿Qué documentos?
—No sé.
—¿Y qué tienen que ver contigo?
—No lo sé.
—¿Te amenazaron?
Lucía tardó en responder.
—Sí.
Teresa se levantó inmediatamente.
—¿Cuándo?
—Hace unos días.
—¿Y no me dijiste?
—No quería asustarte.
Teresa cerró los ojos.
—Lucía.
—Perdóname.
—No estoy enojada.
—Mamá...
—Estoy asustada.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
Teresa se sentó nuevamente.
—¿Qué decía el mensaje?
Lucía le mostró una captura.
Teresa la leyó.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Le dijiste a Mateo?
—Sí.
—¿Y qué hizo?
—Me dijo que debía alejarme de él.
—¿Y tú qué hiciste?
Lucía empezó a llorar.
—Nada.
Teresa la abrazó con fuerza.
—Hija...
—Yo todavía lo quiero.
—Lo sé.
—No sé cómo dejar de quererlo.
—No tienes que dejar de quererlo hoy.
—Entonces ¿qué hago?
Teresa respiró profundamente.
—Sobrevivir a esta semana.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Solo eso.
Teresa le acarició el cabello.
—No pienses en toda tu vida. Piensa en mañana.
Lucía cerró los ojos.
Y durante unos segundos sintió que la única persona que todavía podía entenderla estaba allí.
Pero todavía había algo que Teresa no sabía.
Algo que Lucía tampoco podía explicar.
Mateo había desaparecido.
Y nadie sabía dónde estaba.
El día anterior a la boda amaneció gris.
No había llovido.
Pero las nubes cubrían completamente el cielo.
Lucía despertó a las cinco y media.
No necesitó despertador.
Se quedó mirando el techo.
Mañana debía ser el día de su boda.
Mañana.
La palabra le resultaba absurda.
No podía imaginarse caminando hacia el altar.
No podía imaginar a Mateo esperándola.
No podía imaginar escuchar música.
No podía imaginar a su madre llorando por felicidad.
Todo había cambiado.
Y, sin embargo, nada había sido cancelado oficialmente.
Las invitaciones seguían enviadas.
Los invitados seguían esperando.
La iglesia seguía reservada.
La recepción seguía contratada.
La familia estaba confundida.
Los amigos estaban preocupados.
Y Lucía no sabía qué decir.
A las siete, recibió un mensaje.
No era de Mateo.
Era de una amiga de la familia.
“¿A qué hora debo llegar mañana?”
Lucía miró la pantalla.
No respondió inmediatamente.
Después escribió:
“A las cuatro.”
Envió el mensaje.
Le llegó otro.
“Estoy tan emocionada. Todo va a salir hermoso.”
Lucía cerró los ojos.
No pudo contestar.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez de un número desconocido.
Lucía sintió un escalofrío antes de siquiera abrirlo.
“Mañana no cometas errores.”
No había firma.
No respondió.
La pantalla permaneció encendida.
Llegó un segundo mensaje.
“No busques los documentos.”
Lucía sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
No había hablado con nadie sobre los documentos.
Solo con Mateo.
Y con su madre.
Guardó el teléfono.
Fue directamente a la cocina.
Teresa estaba preparando desayuno.
—Mamá.
Ella levantó la mirada.
Lucía le mostró el mensaje.
Teresa palideció.
—¿Qué hacemos?
Lucía no respondió.
Era la pregunta que llevaba días evitando.
¿Qué hacían?
¿Ir a la policía?
¿Cancelar la boda?
¿Salir de la casa?
¿Buscar a Mateo?
¿Esperar?
Todo parecía peligroso.
Teresa tomó el teléfono.
—Debemos denunciar.
Lucía respiró.
—¿Y si ya están observando?
—¿Qué?
—Mateo dijo que podían estar siguiéndome.
—Eso no significa que debamos quedarnos calladas.
—Tengo miedo de que le hagan algo a ustedes.
Teresa la miró.
—Ya nos están haciendo algo.
Lucía bajó la cabeza.
—¿Qué?
—Nos están haciendo vivir con miedo.
La frase quedó suspendida.
A las ocho y media, Roberto entró en la cocina.
—¿Qué está pasando?
Teresa lo miró.
Lucía permaneció callada.
—Nada —dijo.
Roberto frunció el ceño.
—No me digas nada. Los conozco.
Teresa respiró.
—Tenemos un problema con Mateo.
Roberto dejó las llaves.
—¿Qué hizo?
Lucía lo miró.
—Me engañó.
Roberto se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Con una mujer de su trabajo.
Roberto apretó la mandíbula.
—¿Quién?
—No importa.
—Claro que importa.
—Papá, no quiero hablar de eso.
—¿Y qué tiene que ver con las amenazas?
Lucía levantó la cabeza.
—¿Cómo sabes?
Teresa había hablado sin querer.
Roberto la miró.
—¿Qué amenazas?
El silencio lo explicó todo.
Roberto se acercó.
—¿Qué amenazas?
Lucía respiró profundamente.
—Alguien me escribió.
Le mostró el teléfono.
Roberto leyó.
Su rostro cambió.
—¿Cuándo empezaron?
—Hace días.
—¿Por qué no me lo dijeron?
—Porque no quería preocuparte.
—Soy tu padre.
—Lo sé.
—Entonces no decides solo tú qué debo saber.
Lucía bajó la cabeza.
Roberto caminó de un lado a otro.
—¿Dónde está Mateo?
—No lo sé.
—¿Lo buscaste?
—Sí.
—¿Y no responde?
—No.
—Entonces esto es más grave de lo que parece.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—Eso creo.
Roberto se detuvo.
—No quiero que vayas a la boda.
Lucía levantó la mirada.
—¿Qué?
—No vas.
—Papá...
—No sabes quién puede estar esperando.
—La gente va a llegar.
—Que lleguen.
—¿Y qué les decimos?
—La verdad.
Lucía negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero humillarme.
Roberto se acercó.
—Hija, esto ya no es cuestión de humillación.
—Lo sé.
—Es tu vida.
Lucía cerró los ojos.
—Yo sé.
Roberto bajó la voz.
—Si ese hombre te hizo esto, no vuelvas con él.
Lucía lo miró.
—No sé si todavía quiero volver con él.
Roberto la observó unos segundos.
—Entonces ya tienes tu respuesta.
Pero el día avanzó.
Y con cada hora, Lucía se sentía más confundida.
Una parte de ella sabía que la boda debía cancelarse.
Otra parte sentía que hacerlo sin hablar con Mateo significaba dejar una historia sin cerrar.
Quería respuestas.
Solo respuestas.
No quería casarse.
No quería perdonarlo.
No quería continuar.
Solo quería saber la verdad.
A las once de la mañana recibió una llamada.
Número desconocido.
No contestó.
Volvió a llamar.
Lucía respondió.
—¿Sí?
Al otro lado no dijo nadie nada.
—¿Quién es?
Silencio.
—¿Hola?
Finalmente escuchó una voz.
Era un hombre.
—Mañana no mires hacia atrás.
Lucía sintió que se le erizaba la piel.
—¿Quién es?
—Tú sabes lo que tienes que hacer.
—No sé quién eres.
—Eso no importa.
—¿Dónde está Mateo?
Silencio.
—¿Dónde está?
La llamada terminó.
Lucía se quedó mirando el teléfono.
Teresa la observó desde la cocina.
—¿Qué pasó?
Lucía levantó la mirada.
—No sé.
A las dos de la tarde, llegó Valentina.
Lucía estaba sola en casa.
Cuando tocaron la puerta, no esperaba encontrarla.
Abrió apenas unos centímetros.
La vio.
Valentina parecía distinta a la fotografía.
No llevaba maquillaje.
Tenía los ojos cansados.
Lucía sintió una mezcla de rabia y dolor.
—¿Qué haces aquí?
Valentina la miró.
—Necesito hablar contigo.
—No quiero.
—Es importante.
Lucía no abrió más la puerta.
—¿Vienes a defenderte?
—No.
—¿Vienes a decirme que no pasó nada?
—No.
—Entonces ¿qué quieres?
Valentina respiró profundamente.
—Quiero advertirte.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿De qué?
—De Mateo.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué sabes?
—Más de lo que debería.
—¿Lo amas?
Valentina negó.
—No como crees.
—Entonces ¿por qué estabas con él?
Valentina bajó la mirada.
—Porque pensé que podía ayudarlo.
—¿Ayudarlo con qué?
—Con un problema.
—¿El dinero?
Valentina levantó la cabeza.
—Sí.
Lucía sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué problema?
Valentina miró hacia la calle.
—¿Podemos entrar?
Lucía dudó.
Finalmente abrió la puerta.
Valentina entró.
Se sentaron en la sala.
Durante unos segundos ninguna habló.
—Mateo te mintió —dijo Valentina.
Lucía sintió que le ardían los ojos.
—Eso ya lo sé.
—No sabes todo.
—Entonces dime.
Valentina respiró.
—Trabajábamos juntos desde antes de que él te conociera.
—Él dijo eso.
—Y es verdad.
—¿Y ustedes tuvieron una relación?
Valentina cerró los ojos.
—Sí.
Lucía sintió que las manos le temblaban.
—¿Desde cuándo?
—No sé exactamente.
—¿Cómo que no sabes?
—Fue algo que empezó de manera muy confusa.
—¿Cuánto tiempo?
—Meses.
Lucía cerró los ojos.
—Él me dijo que no sabía quién eras.
—Te mintió.
—Ya lo sé.
Valentina sacó un pequeño sobre.
—Hay algo que necesitas ver.
Lucía no lo tomó.
—¿Qué es?
—Una copia.
—¿De qué?
—De un documento.
Lucía abrió el sobre.
Sacó una hoja.
La leyó.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
No entendía todos los términos.
Pero reconoció un nombre.
Esteban Ferrer.
Y debajo estaba el nombre de Mateo.
—¿Qué es esto?
—Una operación.
—¿Qué operación?
—No puedo explicarte todo.
Lucía levantó la mirada.
—¿Otra vez eso?
Valentina la miró con tristeza.
—No quieres saberlo.
—Sí quiero.
—No.
—Necesito saberlo.
Valentina tomó aire.
—Hay personas a las que no les importa destruir a alguien para recuperar lo que creen que les pertenece.
Lucía sintió frío.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Valentina guardó silencio.
Eso fue suficiente.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
—Tu nombre aparece en algunos documentos.
Lucía se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—No sé cómo.
—¿Qué documentos?
—No los tengo todos.
—¿Entonces por qué me dices esto?
—Porque mañana puede pasar algo.
Lucía sintió que el miedo le recorría el cuerpo.
—¿Qué?
Valentina negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Dónde está Mateo?
—No lo sé.
—¿Está vivo?
Valentina la miró.
—La última vez que lo vi, sí.
Lucía soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿Por qué no viene a hablar conmigo?
Valentina bajó la mirada.
—Porque tiene miedo.
—¿De qué?
—De ellos.
—¿Quiénes son?
Valentina miró hacia la ventana.
—Esteban Ferrer.
Lucía sintió que aquel nombre adquiría un peso nuevo.
—¿Quién es?
—El hombre al que Mateo le debe más que dinero.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Valentina se levantó.
—Tengo que irme.
—No.
Lucía la tomó del brazo.
—No puedes venir aquí, decirme esto y marcharte.
Valentina la miró.
—Lo siento.
—Dime la verdad.
—La verdad es que mañana no deberías ir a la boda.
Lucía sintió un vacío en el pecho.
—¿Por qué?
Valentina se acercó.
—Porque quizá la boda no estaba destinada a terminar como tú creías.
La soltó.
Y se fue.
Aquella tarde, Lucía se quedó sola.
El vestido estaba en su habitación.
La iglesia estaba reservada.
Los invitados habían sido confirmados.
Y, sin embargo, la boda ya no parecía una boda.
Parecía una trampa.
Abrió el sobre nuevamente.
Leyó el documento.
No comprendía todo.
Pero había una serie de nombres.
Fechas.
Firmas.
Cantidades.
Y en una esquina aparecía una referencia a ella.
Lucía Andrade.
No entendía por qué.
Nunca había firmado aquello.
Nunca había autorizado nada.
Nunca había tenido relación con aquella empresa.
Entonces recordó las transferencias.
La configuración de su cuenta.
El teléfono.
La confianza que había dado.
Por primera vez se preguntó si Mateo había utilizado su identidad.
La idea le dio náuseas.
A las nueve de la noche, Roberto entró en la habitación.
—No vas a ir mañana.
Lucía no respondió.
—¿Me escuchaste?
—Sí.
—No puedes presentarte ahí.
Lucía miró el vestido.
—No voy a casarme.
Roberto asintió.
—Bien.
—Pero quiero ir.
—¿A la iglesia?
—Sí.
—¿Para qué?
Lucía tardó.
—Para saber qué está pasando.
Roberto negó.
—No.
—Papá.
—No voy a permitirlo.
—No puedes decidir por mí.
—Soy tu padre.
—Y yo soy adulta.
Roberto guardó silencio.
Lucía lo miró.
—Tengo que ir.
—¿Por qué?
Ella respondió con honestidad:
—Porque si huyo ahora, nunca sabré qué ocurrió.
Roberto la observó.
—A veces saber la verdad también puede destruirte.
Lucía bajó la mirada.
—Ya me está destruyendo no saberla.
La casa quedó en silencio.
Teresa preparó una taza de té y se la llevó a Lucía.
—No tienes que ser valiente todo el tiempo.
Lucía tomó la taza.
—Tengo miedo.
Teresa se sentó junto a ella.
—Lo sé.
—Mucho.
—También lo sé.
—¿Y si mañana pasa algo?
Teresa tomó su mano.
—Entonces no estarás sola.
Lucía la miró.
—Te amo.
—Yo también.
—Perdóname.
—¿Por qué?
—Por haberte metido en esto.
Teresa negó inmediatamente.
—Tú no me metiste en nada.
—Pero...
—Escúchame.
Lucía la miró.
—Nunca te voy a culpar por confiar en alguien.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Teresa la abrazó.
—Pero a partir de ahora, confía también en ti.
Lucía cerró los ojos.
Aquellas palabras se quedaron dentro de ella.
Cerca de la medianoche, Lucía se preparó para dormir.
El vestido estaba colgado.
Los zapatos nuevos esperaban junto a la caja.
El maquillaje estaba listo.
La pequeña bolsa con sus documentos estaba sobre una silla.
Todo parecía preparado para una boda.
Pero Lucía sabía que no iba a caminar hacia el altar para casarse.
No sabía para qué iba.
Solo sabía que necesitaba respuestas.
Se acostó.
No pudo dormir.
A las dos de la madrugada escuchó un ruido.
Se incorporó.
Silencio.
Esperó.
Otro ruido.
Esta vez afuera.
Lucía se levantó lentamente.
Caminó hacia la ventana.
Miró entre las cortinas.
La calle estaba oscura.
No vio a nadie.
Pero entonces distinguió un automóvil.
Estaba estacionado a unos metros de la casa.
Motor apagado.
Luces apagadas.
Lucía sintió que el corazón comenzaba a latir violentamente.
Retrocedió.
Cerró las cortinas.
Fue hasta la puerta.
La aseguró con llave.
Luego volvió a su habitación.
Tomó el teléfono.
Llamó a Roberto.
No contestó.
Llamó a Diego.
Sí respondió.
—¿Qué pasó?
Lucía bajó la voz.
—Nada.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Por qué llamas a esta hora?
—Solo quería escucharte.
Diego se quedó callado.
—¿Estás llorando?
Lucía se limpió el rostro.
—No.
—Lucía.
—Estoy bien.
—No estás bien.
Ella sonrió aunque él no pudiera verla.
—Te quiero, Diego.
—Yo también.
—Pase lo que pase, cuida a mamá.
Diego se quedó en silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
—Lucía.
—Solo prométemelo.
—Te lo prometo.
Ella cerró los ojos.
—Gracias.
Colgó.
Se sentó en la cama.
Miró el vestido.
Y comprendió que, aunque no quisiera admitirlo, algo dentro de ella había comenzado a despedirse de la vida que conocía.
No sabía si la boda ocurriría.
No sabía si Mateo aparecería.
No sabía si la policía podría ayudarla.
No sabía qué era verdad.
No sabía quién era Esteban Ferrer.
No sabía quién estaba en el automóvil.
No sabía por qué su nombre aparecía en documentos que nunca había firmado.
No sabía cuánto peligro existía.
Pero sabía algo.
Ya no podía fingir que todo estaba bien.
A las cuatro y treinta de la mañana, Lucía seguía despierta.
El cielo comenzaba a aclararse ligeramente.
Teresa dormía.
Roberto también.
Diego estaba en su habitación.
La casa permanecía en silencio.
Lucía se acercó al vestido.
Lo tocó.
La tela era suave.
El diseño era sencillo.
Exactamente como ella había querido.
Recordó el día en que se lo probó.
La emoción de Teresa.
La sonrisa de la vendedora.
Sus propios sueños.
La vida que imaginaba.
Una casa.
Una cocina.
Una ventana grande.
Domingos.
Mateo.
Una familia.
Todo parecía tan cercano entonces.
Ahora parecía pertenecerle a otra mujer.
Lucía cerró los ojos.
Una lágrima cayó sobre la tela.
—Lo siento —susurró.
No sabía si se lo decía a Mateo.
A su madre.
A la joven que había sido.
O a la mujer que estaba a punto de convertirse.
Se apartó del vestido.
Volvió a la cama.
Y finalmente cerró los ojos.
A las seis de la mañana, el teléfono vibró.
Lucía despertó sobresaltada.
Había un mensaje.
Esta vez era de Mateo.
Solo una línea.
“No vengas mañana. No puedo salvarte si estás ahí.”
Lucía se quedó mirando la pantalla.
Mañana.
No.
Era hoy.
La boda era ese mismo día.
Miró el reloj.
6:03 a. m.
El día había llegado.
El día que había esperado durante seis años.
El día que debía comenzar su nueva vida.
Pero mientras la luz de la mañana entraba lentamente por la ventana, Lucía comprendió que ya no sabía si debía caminar hacia el altar.
O salir corriendo.
Y, por primera vez, deseó con todas sus fuerzas hacerle caso a Mateo.
Desearía no haber ido.
Pero algunas tragedias comienzan precisamente cuando creemos que todavía podemos encontrar respuestas.
Lucía se levantó.
Abrió el armario.
Sacó el vestido.
Lo colocó sobre la cama.
Después se miró al espejo.
Sus ojos estaban cansados.
Su rostro parecía más pálido.
Pero había algo diferente en ella.
Ya no era solamente la mujer que quería casarse.
Era una mujer que sabía que podía estar entrando voluntariamente en una situación peligrosa.
Y aun así, decidió ir.
Porque necesitaba descubrir la verdad.
Porque todavía amaba a Mateo.
Porque una parte de ella no podía aceptar que seis años de su vida fueran solamente una mentira.
Y porque todavía no comprendía la advertencia más importante de todas:
A veces uno no pierde una vida porque toma una mala decisión.
A veces la pierde porque la persona en quien más confió ya tomó una decisión por uno.
Lucía abrió la ventana.
El amanecer cubrió lentamente las casas.
La ciudad despertó.
Los vendedores comenzaron a instalarse.
Los primeros autobuses pasaron por la avenida.
El mundo continuaba.
Como si aquel día fuera uno más.
Pero para Lucía no lo sería.
Porque aquella mañana vestía el vestido que había elegido para comenzar una vida.
Y antes de que terminara el día, descubriría que algunas vidas no terminan cuando una persona muere.
A veces terminan cuando la confianza muere primero.