Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 23
Emilia no comió el día del funeral. Ni el día después. Ni el siguiente.
Doña Rosa le subía charolas tres veces al día — caldo de pollo, arroz blanco, gelatina de manzana, las cosas suaves que se le dan a los enfermos y a los que están demasiado tristes para masticar. Emilia las miraba desde la cama, decía "ahorita" y no las tocaba. A las pocas horas, Doña Rosa se las llevaba sin comentarios, con una expresión que se parecía mucho a la derrota.
Sebastián estaba en juntas de emergencia desde las siete de la mañana. La muerte de Don Alberto había generado incertidumbre en los mercados — el patriarca Velasco era socio fundador de tres consorcios que operaban con los Mendoza, y su ausencia provocó llamadas de inversionistas, correcciones de bolsa y una cadena de reuniones que no podían esperar. Sebastián la llamaba al mediodía y a las nueve. "¿Comiste?" Emilia decía que sí. Las dos veces era mentira.
Al tercer día, Nicolás apareció en el departamento de Santa Fe.
No avisó. No tocó. Abrió la puerta con la copia de llave que Sebastián le había dado — un gesto que Emilia no sabía que había ocurrido y que revelaba más sobre la relación entre su hermano y su prometido de lo que ninguno de los dos admitiría — y entró a su habitación con una bolsa de papel que olía a carnitas y una expresión que no admitía negociación.
—Arriba —dijo, dejando la bolsa en la mesita de noche.
Emilia estaba acostada de lado, con la cobija hasta los hombros y el pelo sin lavar. La habitación olía a encierro y a shampoo de coco que se había quedado rancio en el aire. El brazalete de cuentas dzi estaba sobre la mesita, al lado de un vaso de agua que llevaba ahí desde la mañana anterior.
—No tengo hambre, Nico.
—No te pregunté si tenías hambre. —Nicolás se sentó en el borde de la cama. Le quitó la cobija de un tirón—. Te traje tacos de carnitas de los de la esquina de la casa del abuelo. Los de Don Fermín. Los que te comías de niña.
El olor le llegó — grasa, cebolla, cilantro — y el estómago le gruñó antes de que pudiera impedirlo. Pero el olor también le trajo al abuelo: tardes de domingo en la residencia Velasco, Don Alberto leyendo el periódico mientras ella se sentaba en el piso de la cocina a comer tacos con las manos.
—No puedo —dijo, y la voz se le quebró.
—Sí puedes. Llevas tres días sin comer. ¿Crees que al abuelo le gustaría verte así?
—No me importa.
—Pues a mí sí. —Nicolás abrió la bolsa. Sacó un taco envuelto en papel encerado. Lo puso en la mesita, junto al brazalete—. Come.
—No.
Nicolás la miró. La paciencia — esa cosa elástica que en él se estiraba más que en cualquier Velasco — llegó a su límite. Le tomó la mano, la puso palma arriba sobre la cama y le dio una palmada seca con la mano abierta.
El sonido fue breve y firme. No fuerte — no como la regla de Sebastián, no como algo que dejara marca — pero lo suficiente para que el escozor le recorriera los dedos y le subiera por la muñeca. Emilia se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos.
Nicolás nunca la había tocado así. Nicolás era abrazos que levantaban del suelo, besos ruidosos en la frente, gritos a través del teléfono. Nicolás era el hermano que la hacía reír, no el que la hacía llorar.
—¡Come! —dijo, y la voz le tembló en la última sílaba—. ¡El abuelo no querría verte así! ¡Tres días sin comer, Emilia! ¡Tres días! ¿Qué crees que me dijo antes de morirse? "Cuida a tu hermana." ¡Eso me dijo! ¡Y tú no me dejas!
Emilia parpadeó. Y entonces — como una presa que se rompe con el golpe más pequeño, no con el más grande — lloró. No por el dolor de la palmada, que ya se le estaba borrando. Por todo lo demás. Por el abuelo, por los tacos que olían a domingo, por la cara de Nicolás que estaba tan roja de contener sus propias lágrimas que parecía a punto de estallar.
Nicolás la abrazó. La jaló contra su pecho con una fuerza que olía a colonia cara y a desesperación y le apretó la cabeza contra su hombro.
—Perdón, hermanita —dijo, con la voz ahogada—. Pero necesitas comer. Por favor. Por favor.
Emilia lloró contra su hombro. Lloró hasta que no quedó nada más que hipidos y la tela mojada de la camisa de Nicolás y el olor a carnitas que seguía ahí, paciente, esperando.
Después se soltó. Se limpió la cara con el dorso de la mano. Tomó el taco de la mesita.
Mordió.
Le supo a sal y a grasa y a cilantro y a infancia y a todas las tardes de domingo que ya no iban a existir. Masticó con los ojos cerrados. Nicolás la miraba sin parpadear, como un padre primerizo que vigila que el bebé no se atragante.
—Está bueno —dijo Emilia, con la boca llena.
Nicolás soltó el aire que llevaba conteniendo desde que entró a la habitación.
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El memorial se hizo en la residencia Velasco tres días después. La casa estaba llena de gente — políticos, empresarios, familias que Emilia reconocía de las reuniones del abuelo. Coronas de flores cubrían el vestíbulo y el olor a azucena se mezclaba con el de los cirios encendidos hasta crear algo dulce y pesado que se le pegaba a la ropa.
Emilia estaba junto a la chimenea, con un vestido negro que Doña Rosa le había planchado esa mañana y un vaso de agua que no se había tomado. Había comido — los tacos de Nicolás habían roto el ayuno y Doña Rosa se había encargado de que no volviera a cerrarse — pero la comida no le quitaba el vacío. Solo lo llenaba de otra cosa.
—Emilia.
Se giró. Lorena Vega estaba frente a ella con un vestido negro ajustado, el pelo recogido y una expresión de condolencia tan perfecta que parecía ensayada. Los ojos claros brillaban con una compasión que Emilia, en cualquier otro momento, habría aceptado sin cuestionar. Pero algo en la calibración de esa sonrisa — algo demasiado preciso, demasiado colocado — le erizó la piel.
—Te acompaño en tu sentimiento —dijo Lorena. Le tomó las manos. Las tenía frías—. Don Alberto era un hombre extraordinario. Toda la industria lo admiraba.
—Gracias, Lorena.
—Debe ser muy difícil perder a un abuelo. —La voz bajó medio tono—. Sobre todo cuando ya perdiste a tu mamá tan joven.
Emilia se tensó. No dijo nada. Lorena continuó, con la misma suavidad venenosa de quien deja caer una gota de ácido en un vaso de agua.
—Escuché que tu mamá también sufrió mucho antes de morir. Pobrecita. Hay historias que no deberían repetirse, ¿verdad?
El aire se le congeló en los pulmones. Las palabras de Don Alberto le volvieron con la fuerza de una bofetada: "Lo que hizo, lo que le hicieron, lo que tuvo que soportar." ¿Qué sabía Lorena? ¿Quién le había dicho? La madre de Emilia había muerto — un accidente, le dijeron, siempre un accidente — y nadie hablaba de eso. Nunca. ¿Por qué Lorena Vega, una actriz que había conocido hacía meses en un set de Guande, sabía algo que la propia familia de Emilia guardaba con candado?
—No sé de qué hablas —dijo Emilia, pero la voz le salió quebrada.
—Ay, perdón. —Lorena le apretó las manos—. Yo y mi boca. Olvídalo. No era mi intención.
Pero la sonrisa que le cruzó los labios decía lo contrario. Era exactamente su intención.
Sebastián apareció detrás de Lorena. Emilia no lo había oído llegar — venía directamente de las juntas, con el traje todavía puesto y la corbata apretada y la cara de alguien que ha pasado tres días durmiendo cuatro horas.
No dijo nada. No necesitó. Se paró junto a Emilia y miró a Lorena con los ojos que ella conocía — los de la sala de juntas, los de obsidiana, los que congelaban el aire entre dos personas hasta que una de las dos se retiraba.
Lorena fue la que se retiró. Le soltó las manos a Emilia, inclinó la cabeza con una sonrisa educada y se alejó entre los invitados como si flotara.
—¿Qué te dijo? —preguntó Sebastián, en voz baja.
Emilia lo miró. La pregunta de Lorena seguía rebotando dentro de su cráneo como una pelota en un cuarto vacío. "Tu mamá también sufrió mucho antes de morir." ¿Qué significaba "también"? ¿Quién más había sufrido? ¿Y por qué Lorena lo sabía?
—Nada importante —dijo.
Sebastián la miró un segundo más. La expresión no cambió, pero algo detrás de sus ojos se endureció — como si hubiera leído la mentira y hubiera decidido, por esta vez, no confrontarla.
Le puso la mano en la espalda. Emilia se recargó contra él. Pero su mente ya no estaba en el memorial, ni en las coronas de azucenas, ni en la chimenea encendida. Su mente estaba en una pregunta que no sabía cómo formular y que, sospechaba, tenía una respuesta que no estaba lista para escuchar.
¿Qué le pasó a mi mamá?