Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 2: El cibercafé
El cibercafé se llama Offline.
Está en la calle que bordea el campus, entre una tienda de bicicletas y un local de comida china. Tiene fachada de ladrillo visto, luces cálidas por la noche y una máquina de café que gruñe como un animal viejo. Nico viene aquí desde primer año. Sabe que los miércoles hay torrejas, que la mesa del rincón tiene el enchufe suelto, que Mireia siempre pone la misma lista de los ochenta.
Hoy, al entrar, el timbre suena igual que siempre.
Mauro va primero, buscando mesa, Leo se dirige directo al mostrador, apoyando los codos donde siempre, Nico cierra la puerta de cristal.
Detrás de la barra hay alguien nuevo.
Un omega. Más alto que Mireia, más delgado, el pelo castaño recogido en una coleta baja, con mechones que se escapan sobre las sienes. Camisa azul marino —el uniforme del local—, mangas remangadas hasta los codos. Manos ágiles, de muñecas finas, que preparan algo para otro cliente.
Nico se acerca.
—Un cortado —dice.
El chico levanta la vista. Sus ojos son de un color raro, ámbar, como el jarabe de arce, pero hay algo en ellos que no termina de llegar. Una mirada velada, como si estuviera mirando desde detrás de un cristal empañado.
—¿Algo más? —pregunta. La voz es baja, neutra.
—No, gracias.
El chico asiente y se da la vuelta para preparar el café y es entonces cuando Nico se da cuenta, sin saber muy bien por qué, de que no huele nada. Está acostumbrado a los olores de la gente que lo rodea —el café y cedro de Mauro, los cítricos y jengibre de Leo, el perfume suave de su madre, la colonia de su padre—, pero del mostrador no le llega nada, un vacío olfativo, como si ese omega no estuviera del todo. Es extraño, no le molesta, pero le extraña.
El chico trabaja con parsimonia, como si no tuviera prisa, un mechón de pelo se le escapa de la coleta y le cae sobre la sien. Se lo acomoda detrás de la oreja con un gesto rápido, casi nervioso, sin dejar de mirar la máquina.
Nico se sienta en la mesa del fondo, la del enchufe suelto, saca el cuaderno de arquitectura y repasa el dibujo de la enredadera que sube por la fachada imaginaria.
—¿Quién es el nuevo? —pregunta Leo cuando vuelve con su té helado y un trozo de bizcocho.
—Se llama Jean —dice Mauro sin levantar la vista del móvil—. Lleva una semana, Mireia lo recomendó.
—¿Y cómo sabes tú su nombre?
—Porque hablo con la gente, Leo. Cosas de adultos.
Leo le tira una servilleta doblada, Nico sonríe, pero sus ojos vuelven a la barra.
Jean está sirviendo un café en una taza blanca, lo hace con calma, cuando termina, coge un palillo fino y con la punta dibuja algo sobre la espuma, no alcanza a ver qué. Luego, alguien más lo lleva a la mesa de una chica que trabaja con un portátil.
El cortado de Nico llega un momento después, no lo trae Jean, sino Mauro, que ha ido a buscarlo para no estar de brazos cruzados.
Nico mira la espuma. Hay una flor dibujada, pequeña, cinco pétalos.
—Qué bonita —dice Leo, asomándose por encima de su hombro—. El nuevo se curra los cafés.
Nico bebe un sorbo, está bueno.
Mauro habla del trabajo que tiene que entregar, Leo se queja del entrenamiento de la mañana, Nico escucha, asiente, dibuja una línea más en su enredadera.
Pero de reojo, sin proponérselo, vuelve a mirar la barra.
Jean está de espaldas, organizando los vasos de cristal. El mechón se le ha vuelto a escapar, esta vez no se lo acomoda.
Pasan veinte minutos, se levantan.
—Vamos —dice Mauro, recogiendo su mochila.
Nico guarda el cuaderno, se acerca a la puerta de cristal con los otros dos y entonces, justo cuando va a salir, gira la cabeza. No sabe por qué o quizás sí, pero no quiere saberlo. Dentro, Jean levanta la mirada del vaso que está colocando, sus ojos ámbar se encuentran con los azules a través del vidrio. Un segundo, tal vez menos.
Jean baja la vista, vuelve a los vasos. Nico sale.
En la calle, la tarde es anaranjada y el aire huele a escape de coches, los tres caminan hombro con hombro.
—¿Qué te ha parecido el nuevo? —pregunta Leo, estirando los brazos por encima de la cabeza.
—No sé —dice Nico—, no le he prestado atención.
No es verdad del todo pero no sabe cómo explicar lo que sí ha visto. Una mirada velada, un mechón de pelo que no se queda en su sitio, una flor diminuta en la espuma de un café, la ausencia de un olor que debería estar ahí pero no está. Y ese cruce de miradas de un segundo, tan breve que casi no ha existido.
Cosas sin importancia.
Camina junto a sus amigos mientras el sol se derrite entre los edificios y trata de no pensar más en el asunto.