La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 11
Desperté en mi habitación sin saber cuántas horas había dormido.
La fiebre seguía ahí, pero ya no quemaba como antes.
Mi madre revisaba análisis junto a la cama, mientras mi padre permanecía sentado cerca de la ventana, sin dejar de mirarme con preocupación.
—¿Lo ves?
—dijo ella—.
Te advertí que no fueras a clases.
—Lo sé…
—Tuviste una fiebre altísima, princesa —añadió mi padre—.
Nos diste un susto enorme.
—Lo siento mucho.
Él sonrió con ternura.
—Con que te recuperes, nos basta.
Pasé el resto de la semana en reposo absoluto.
Mi madre vigilaba que no me levantara, y mi padre volvía cada tarde para saber si había comido, si tomé los remedios o si seguía sintiéndome mareada.
Pero mientras yo descansaba, en la Academia Valmont nacía algo terrible.
Todo comenzó con una sola frase:
«Yo misma los vi.»
Amparo contó que el rector me había besado, que me tomaba entre sus brazos y que me llevaba así, casi inconsciente, en su automóvil.
Luego agregó:
«Seguro está drogada.»
Y después:
«Por eso tiene ese coche tan caro:
se lo paga él.»
Las mentiras se extendieron más rápido que el fuego, y nadie se detuvo a preguntar si eran ciertas.
Cuando Sofía las escuchó, casi pierde el control.
—¿Qué dijiste? —bramó furiosa.
—Lo que todos intuyen —respondió Amparo con falsa calma—.
Tienen algo.
—¡Estás completamente loca!
—Entonces explícame por qué la trata así.
Sofía apretó los puños con fuerza.
—Hay cosas que no tenéis que saber.
No podía decir más:
había prometido guardar mi secreto.
Días enteros soportó miradas, comentarios hirientes y preguntas maliciosas sin revelar la verdad.
Y cuanto más intentaba defenderme, peor se ponía todo.
—Pobre Sofía…
debe saber demasiado.
—La compran para que calle.
—¡Imaginen todo lo que le dan a Amalia!
Ella quería gritar hasta quedarse sin voz.
El viernes por la tarde mi padre fue a buscar mis cuadernos y tareas.
Se encontró con Sofía en la puerta de su despacho.
—Muchas gracias por avisarme que Amalia estaba enferma —le dijo sinceramente.
—No es nada, señor rector.
Él entró sin saber que varios estudiantes habían escuchado esas palabras.
Y desde entonces el rumor se volvió imparable:
«Hasta a ella la tratan distinto.»
«Todo encaja perfectamente.»
«Amalia nunca fue una alumna igual al resto.»
Yo, en cambio, no sabía nada.
Seguía en casa, ajena a que mi nombre se manchaba día tras día.
Una noche me asomé al balcón.
La fiebre casi se había ido y miraba las luces de Santiago con nostalgia.
—¿En qué piensas?
—preguntó mi padre detrás de mí.
—Extraño la academia.
—Porque eres incapaz de estar quieta —bromeó.
—No es solo eso…
—Lo sé.
Me acerqué y apoyé la cabeza en su hombro.
—Gracias por cuidarme siempre.
—Es mi obligación…
y mi mayor orgullo.
Cerré los ojos, segura junto a él.
No imaginaba que mientras yo estaba protegida, en el lugar donde estudiaba, nadie me veía ya como yo era.
Y una inquietud extraña me llenó por dentro:
¿Qué encontraría al volver?
¿Cómo me mirarían ahora que todos creían saber una verdad que no era tal?