Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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2CAPITULO 15 CONDICIONES,Y ARROGANCIA
Roberto se inclinó un poco hacia adelante, cruzando las manos sobre la mesa con una sonrisa que intentaba ser persuasiva:
—Mira, Camila. El señor Emiliano tiene un problema muy específico, y por más expertos que ha contratado, nadie ha logrado dar con la solución. Solo tú puedes ayudarlo. Di que sí: te pagará el cinco veces más de lo que ganas aquí, sin contar la liquidación que ya te mencionamos.
Me quedé mirándolo fijamente, haciendo cuentas en silencio en mi cabeza, y luego negué con la cabeza.
—Es muy poco —dije con calma—. No vale la pena que deje mis planes por esa cifra.
Raúl intervino rápido, con tono de advertencia suave:
—Camila, piénsalo bien. Es una oferta que muy pocos tienen la suerte de recibir. Es mucho más de lo que imaginas.
—No es verdad —lo corregí, levantando la vista—. Y además, no me han dicho qué es exactamente lo que tengo que hacer, ni por cuánto tiempo. No trabajo a ciegas. Si quieren que lo considere, necesito ver un contrato detallado, saber mis obligaciones y mis derechos. Solo así lo pensaré.
Roberto asintió sin dudarlo.
—Está bien. Mañana te esperamos en las oficinas centrales del grupo F.F. Allí estará el señor Emiliano, y verás todo lo que necesites.
—Entonces mañana no iré a trabajar —dije, poniéndome de pie y guardando mi bolso—. Hasta luego.
Volví a la cocina y me sumergí en el trabajo hasta el cierre: corté, cociné, armé platos sin levantar la vista, dejando que el ruido y el calor me llenaran la cabeza para no pensar en nada más. Salí casi a medianoche, llegué a mi departamento y me dejé caer en la cama sin cambiarme, agotada hasta los huesos.
A la mañana siguiente me desperté al mediodía. Me di un baño rápido, me puse unos pantalones de mezclilla cómodos y una blusa sencilla, me recogí el pelo en una coleta alta y salí hacia el edificio más alto del centro. Al llegar a la recepción di mi nombre, y sin hacerme esperar me indicaron el ascensor privado. Subí ciento treinta pisos en silencio, mirando cómo la ciudad se hacía cada vez más pequeña bajo mis pies, hasta que las puertas se abrieron en una antesala inmensa, con ventanales que daban a todo el horizonte.
Roberto me recibió y me acompañó hasta la puerta de la oficina principal.
—Pase —dijo, abriéndola.
Entré despacio. Al fondo, en un sillón de cuero negro, estaba él. Emiliano Fierro Félix. Llevaba un traje impecable, la mirada fría y distante, como si todo lo que lo rodeara estuviera por debajo de él. Se veía más guapo que la última vez, sí, pero esa arrogancia suya se sentía incluso desde lejos, como una pared invisible. Caminé hasta la silla frente a él y me senté sin apartar la vista.
—Buenas tardes —dije.
Él asintió apenas, sin sonreír.
—Buenas tardes. Supongo que vienes a firmar el contrato.
—No —respondí claro—. Vine solo a ver de qué se trata. No firmo nada sin saber qué firmo.
Roberto se acercó entonces con una botella de agua y puso el documento sobre la mesa. Lo tomé y leí cada renglón con calma, tardando unos quince minutos enteros. El texto decía claramente: contrato sin plazo fijo, con posibilidad de terminación por parte del empleador con un mes de aviso, y por parte tuya cuando tú decidas, sin penalización alguna. Al leer eso, me gustó mucho: no me ataba a nada que no quisiera. Y el pago inicial: quince mil a la semana.
Dejé el papel sobre la mesa y lo miré a los ojos.
—Tu secretario me prometió cinco veces más de lo que gano en el restaurante —le recordé—. Quince mil es menos de lo que dijo.
Emiliano arqueó una ceja, como si le pareciera absurdo que alguien le discutiera algo.
—Está bien —dijo con desdén—. Treinta mil a la semana. ¿Dónde firmas?
Tomé la pluma, pero antes de tocar el papel él soltó un comentario entre dientes, con tono burlón:
—Al fin y al cabo, solo es cocinar para mí, no es nada del otro mundo.
Eso fue suficiente. Dejé la pluma sobre la mesa y me puse de pie de un golpe.
—No gracias —dije, y me di la vuelta para irme.
—¿Por qué se va? —preguntó Roberto, alcanzándome en dos pasos.
—Porque no trabajo para gente arrogante —respondí sin mirar atrás—. No soy una simple cocinera que solo le hace la comida. Si acepta dijo Roberto seré mucho más que eso: tendra que acompañarlo a eventos, cenas, viajes. No soy su sirvienta personal dije. Y además —me giré hacia Emiliano—, quiero agregar una cláusula: si usted me trata mal, me grita, me humilla o tiene cualquier comportamiento inapropiado, puedo renunciar en el mismo instante sin dar explicaciones. ¿De acuerdo?
Emiliano se quedó callado un momento, sorprendido de que alguien le pusiera condiciones, y luego asintió con brusquedad.
—Está bien —dijo su secretario—. Lo agregaremos ahora mismo.
Quince minutos después tenía el contrato corregido frente a mí. Leí la cláusula una vez más, firmé y solté una risa pequeña y sincera:
—Vaya… ya tengo dos trabajos formales. ¿Cuándo quieres que empiece?
Él miró su reloj y luego a mí.
—Ahora mismo. Tengo hambre.
—No tengo cocina aquí —le recordé—. Tendremos que ir a una cocina. ¿Te parece bien?
—Vamos —dijo Roberto, poniéndose de pie sin esperar más.
Primero pasamos por el restaurante: me entregaron la transferencia de los dos meses que me faltaban por contrato, y vi cómo el dinero caía en mi cuenta en cuanto salimos. Ya en el coche, Roberto se giró hacia mí y me habló muy bajito:
—Camila, déjame explicarte algo que no te dijimos antes. El señor Emiliano sufre de anorexia muy grave. Casi no come nada: pasa días enteros solo con suero, y cualquier alimento que le sirvan lo rechaza al instante, le da asco o lo devuelve. Lo hemos intentado todo: los mejores chefs del mundo, dietistas, especialistas… pero nada funciona.
Hizo una pausa y suspiró:
—Llevamos dos meses buscándote. Desde aquella vez que te fuiste de su departamento y le dejaste esa torta: se la comió entera, y fue la primera cosa sólida que aceptó en años. Por eso revisamos tu perfil en la academia, seguimos tu trabajo y supimos que eras la única que podía lograrlo.
Me quedé mirando por la ventana, con el corazón dándome un vuelco. No era solo cocinar para un hombre rico y arrogante. Era ayudar a alguien que estaba perdiendo la vida sin saber cómo pedir auxilio.