Cuando la persona que dice amarte se convierte en un extraño y te abandona embarazada diciendo que solo eres un ancla y un lastre en su vida, solo te queda una cosa por hacer: "Convertirte en Reina"
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El rugido del silencio
El tiempo en la República de Altea no se detuvo para curar mis heridas; por el contrario, pareció acelerarse para obligarme a mantener el paso. Los primeros tres meses de mi embarazo transcurrieron entre el aroma nauseabundo del café de la agencia —que mi estómago rechazaba por las mañanas— y montañas de carpetas de clientes que desmenuzaba hasta la madrugada. Mientras mi cuerpo experimentaba los sutiles y silenciosos cambios de la maternidad, mi mente se transformaba en un centro de estrategia militar.
Julián no había vuelto a llamar. Tampoco esperaba que lo hiciera. A través de algunos conocidos comunes, me enteré de que ya se pavoneaba por los pasillos de la corporación automotriz Zephyrus, en la Capital del Norte, vistiendo trajes de diseñador y del brazo de una mujer cuyo padre era accionista de la empresa. La noticia me llegó una tarde lluviosa, mientras revisaba las hojas de ruta de nuestros camiones de caudales. Al escuchar su nombre, esperé sentir el pinchazo ardiente del desprecio o la humedad de las lágrimas. Pero no hubo nada. Solo un vacío ártico. Julián Valenzuela se estaba convirtiendo en un fantasma del pasado, y yo no tenía tiempo para los muertos.
—¿Te vas a quedar a vivir aquí, Santoro? —la voz de la Comandante Martha me sacó de mis pensamientos. Estaba de pie en el umbral de mi cubículo, con los brazos cruzados sobre su chaleco táctico.
—La seguridad no duerme, Comandante —le respondí, sin apartar la vista de la pantalla, donde un mapa de calor de la ciudad parpadeaba en tonos rojos y amarillos—. Estoy terminando el perfil de riesgo para la corporación Navarro Investments. Es nuestro pez más gordo del mes.
Martha entró y se apoyó contra el borde de mi escritorio, haciendo que los papeles crujieran. Sus ojos afilados descendieron un segundo hacia mi abdomen. Mi blusa, un poco más suelta que de costumbre, apenas ocultaba la incipiente curva de mi vientre. Tenía doce semanas, y Ángel ya empezaba a reclamar su espacio en el mundo.
—Ese "pez gordo" es un tiburón, Isabella —advirtió Martha, suavizando un poco su tono habitual—. Facundo Navarro no es como los políticos locales a los que les vendemos guardaespaldas para que les cuiden las espaldas mientras roban. Navarro es un hombre que maneja capitales internacionales. Ha estado recibiendo amenazas de sabotaje industrial en sus terminales logísticas. Si fallamos con él, El Baluarte cerrará sus puertas antes de que tu hijo aprenda a caminar.
—No vamos a fallar —dije, mirándola fijamente—. Los sistemas de seguridad tradicionales que él contrató fallaron porque buscan hombres con armas en las puertas. El enemigo de Navarro no va a entrar con una pistola; va a alterar los códigos de barra de los contenedores para desviar la mercancía antes de que salga del puerto ficticio de la Zona Libre. Es un fraude de ingeniería logística. Y yo sé exactamente cómo piensa un ingeniero ambicioso.
Martha guardó silencio, sopesando mis palabras. En esos tres meses, la división de "Seguridad Invisible" que yo había propuesto ya había salvado dos contratos menores, detectando fugas de información interna en empresas textiles. Pero esto era diferente. Esto era el boleto de entrada a las grandes ligas.
—La reunión es mañana a las ocho de la mañana en la torre Navarro —dijo Martha, dándose la vuelta—. Consigue ese contrato, Isabella. Demuéstrame que no me equivoqué al darte la oportunidad de ser mi socia.
Esa noche no volví al pequeño departamento. Me quedé en el sofá de la oficina, durmiendo a ratos, con una mano apoyada en mi vientre. Podía sentir un leve cosquilleo, un latido que se sincronizaba con el mío.
—Mañana es nuestro día, Ángel —le susurré a la penumbra—. Vamos a demostrarles de qué estamos hechos.
Al día siguiente, la Torre Navarro se alzaba en el centro financiero como un monumento de cristal y acero. Vestía un traje sastre oscuro que Martha me había ayudado a conseguir; los pantalones me ajustaban un poco en la cintura, pero la chaqueta estructurada me daba la presencia de una ejecutiva de alto rango. Mi cabello estaba recogido en un moño perfecto, y mis labios pintados de un rojo sutil pero decidido.
Subimos por el ascensor panorámico hasta el piso cuarenta. Cuando las puertas se abrieron, la opulencia del lugar me recibió como un bofetón. Pisos de mármol negro, obras de arte abstracto en las paredes y secretarias que se movían con la gracia de modelos de pasarela. Era el mundo que Julián siempre había codiciado. Y yo estaba aquí, no como la esposa de nadie, sino como la mente maestra de mi propia empresa.
Nos hicieron pasar a una sala de juntas con una mesa de cristal templado que parecía flotar sobre la ciudad. Al fondo, de espaldas a nosotras, un hombre observaba los muelles a través del ventanal.
Cuando se giró, el aire de la habitación pareció cambiar de densidad.
Facundo Navarro era un hombre imponente. Su físico, musculoso y de hombros anchos, llenaba el traje gris marengo de una manera que denotaba que no era un ejecutivo de escritorio, sino alguien que conocía el trabajo duro. Su rostro era de facciones duras, con una mandíbula cuadrada que parecía tallada en piedra, pero lo que realmente me cautivó fueron sus ojos: de un gris tormentoso, cargados de una inteligencia fría y observadora. Era un hombre que imponía respeto sin necesidad de levantar la voz.
—Comandante Benítez —dijo Facundo, su voz era un barítono profundo que resonó en mi pecho—. No sabía que traía compañía.
—Señor Navarro —respondió Martha con un asentimiento—. Le presento a Isabella Santoro, mi Directora de Estrategia Inteligente y socia de El Baluarte. Ella ha diseñado el plan para su problema en el puerto.
Facundo desvió su mirada gris hacia mí. Sentí su escrutinio como una corriente eléctrica que me recorrió la espina dorsal. No era una mirada lasciva; era la mirada de un depredador evaluando si su interlocutor era una amenaza o una pérdida de tiempo. Sus ojos se detuvieron un microsegundo en mi postura, notando cómo mi mano izquierda se posaba sutilmente sobre mi abdomen bajo. Un destello de curiosidad cruzó sus facciones, pero desapareció de inmediato.
—Señora Santoro —dijo, extendiendo una mano grande y firme—. Tiene cinco minutos para convencerme de no contratar a la firma multinacional que viene desde el norte.
Estreché su mano. Su agarre fue cálido y seguro, una solidez que no había sentido en mucho tiempo. No retiré la mirada.
—No necesito cinco minutos, señor Navarro. Solo necesito que mire esta pantalla —respondí, encendiendo el proyector con mi tableta—. Mientras las firmas del norte le venden cámaras de alta definición, sus pérdidas siguen aumentando. ¿Sabe por qué? Porque el ladrón no está esquivando las cámaras. El ladrón es el sistema operativo que usted mismo compró. Alguien está reprogramando las rutas de despacho desde dentro. Usted no necesita más guardias; necesita un muro de contención invisible. Y yo soy la única en esta ciudad que sabe cómo construirlo.
Facundo se cruzó de brazos, apoyando su peso en una pierna mientras observaba los gráficos de flujo de datos que yo había armado. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en la comisura de sus labios. Era la sonrisa de un hombre que finalmente encontraba un rival a su altura.
Autora dramatisas mucho en cada capítulo y describes demasiado cosas que no son tan importantes y esto evita que avances con la historia y aclares lo verdaderamente importante
ósea marido y mujer
necesito claridad en esa relación
gracias autora activa 🎁👍
y todavía no entiendo esa relación
de Facundo y Elena🤔🤔