Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.
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Capítulo 2: Conociéndola
...🩸🌒Lazos de Sangre y Luna 🌒🩸...
El comedor era enorme, con ventanales que daban a un patio de cemento y mesas de plástico gris. Los estudiantes se agrupaban por tribus: los deportistas, los nerds, los emo, los que no encajaban en ningún lado. Pero en la mesa del fondo, apartada como si tuviera una cuarentena invisible, estaban *ellos*.
Bella los reconoció al instante. No por instinto, sino por las pesadillas.
Cinco vampiros. Porque eso eran, no hacía falta que nadie se lo dijera. La piel de porcelana, los movimientos demasiado fluidos, los ojos de colores imposibles. El más alto, un rubio de mandíbula cuadrada, olía a jazmín y a muerte. A su lado, una rubia con cara de matar miró a Bella con desprecio. Luego estaba el grandullón de rizos color miel, que sonreía como si todo le pareciera un chiste. La mujer de pelo castaño y ojos cálidos, que parecía la única humana de todos ellos. Y luego… •ella•.
Alice.
Bella la había visto mil veces en sueños, pero en persona era diferente. Alta, casi frágil, con el pelo negro corto en forma de campana y unos ojos color miel dorada que *la miraron directamente*. No como si la reconocieran. Como si la •esperaran•.
El tiempo se detuvo.
No es una metáfora. El chico que estaba detrás de Bella dejó caer su bandeja y el refresco quedó suspendido en el aire un segundo antes de estrellarse contra el suelo. El ruido de la cafetería se apagó. Y Alice Cullen sonrió.
—La encontré —dijo, y su voz sonó a campanillas rotas.
El vampiro rubio (Edward, supo después) frunció el ceño.
—¿A quién?
—A mi pareja.
Bella sintió un tirón en el vientre. El núcleo de su omega latió tan fuerte que tuvo que apoyarse en una mesa. Y entonces "el aroma"explotó.
Jazmín. Lluvia. Sangre caliente.vanilla, menta. Todos los olores del mundo mezclados en uno solo. Su olor.
Edward Cullen se puso de pie de golpe. Sus ojos, que segundos antes eran dorados, se volvieron negros como pozos de petróleo. Dio un paso hacia Bella, luego otro.
—Dios mío —susurró—. ¿Qué eres?
—Aléjate, Edward —ordenó Alice, levantándose también.
—No puedo. Huele… huele a "casa". Huele a…
—Es mía —cortó Alice. Se puso entre Edward y Bella, los brazos extendidos como una barrera—. La he visto durante setenta años. En cada visión. En cada muerte posible. Ella es el centro de todo, y no es para ti.
La cafetería entera miraba ahora. Incluso los profesores, que deberían haber intervenido, estaban paralizados. Bella quiso correr, pero sus piernas no respondían. Quiso hablar, pero su boca solo soltó un gemido.
Alfa rugió su Omega interior"Alfa cerca. Alfa dominante. Sumisión."
Y entonces, para su horror, sus rodillas empezaron a doblarse.
—No, no, no —musitó, agarrándose a la mesa—. No aquí, no ahora…
—Bella —la voz de Alice llegó con mucha calma—. No te arrodilles. Eres mi Omega, no una esclava. Mírame.
Bella levantó la vista. Los ojos de Alice no eran negros como los de Edward. Eran dorados, cálidos, y en ellos no había hambre. Había "promesa".
—Tú también lo sientes, ¿verdad? —preguntó Alice, acercándose más—. El núcleo. El latido. Te ha estado llamando desde que naciste.
—¿Tú eres… mi pareja?
—Soy tu alfa. Pero no una alfa cualquiera. Soy la única que puede amarte sin devorarte.
Edward gruñó. Un sonido gutural, casi animal, que no debería salir de un vampiro.
—Alice, su sangre… si no la reclamo yo, otro alfa lo hará. Y no será tan amable como yo.
—¿Amable? —Alice se rio, pero era una risa afilada—. Hace un segundo la querías morder.
—¡Porque duele! ¡Duele no poder tener lo que más deseas!
El grandullón, Emmett, se levantó y puso una mano en el hombro de Edward.
—Tranquilo, hermano. Vamos afuera un rato.
—No me toques.
—Demasiado tarde.
Emmett lo arrastró literalmente hacia la salida. Edward forcejeó, pero sus ojos no dejaban de mirar a Bella. Cuando atravesó la puerta de vidrio (la rompió, claro), Bella exhaló.
Pero entonces otro olor inundó el comedor. A bosque, a tierra mojada, a "animal".
Un chico alto, de piel bronceada y pelo negro recogido en una coleta, se puso de pie. Llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver sus brazos musculosos. No era un estudiante normal. Sus ojos, marrones oscuros, miraban a Edward con una mezcla de odio y… ¿deseo?
—Lobo —susurró Alice—. Un Omega lobo. ¿Qué haces aquí?
—Vivo aquí, chupasangre. Y ese idiota acaba de romper mi cristal favorito.
—Jacob —dijo una chica a su lado, también de piel bronceada y el pelo rapado—. Siéntate.
—No, Leah. Mira cómo mira a la humana. Como si fuera un buffet.
Jacob Black (porque así se llamaba) se acercó a Bella. No con agresividad, sino con curiosidad. La olfateó. Y entonces sus pupilas se dilataron.
—Una Omega Puro —dijo, y su voz se quebró—. Eres un omega puro sin reclamar. ¿Estás loca? ¿Sabes lo que te va a pasar cuando entrenes en celo?
—Lo sé —respondió Bella, y su tono fue más firme de lo que esperaba—. Por eso vine aquí. Porque en Phoenix no había… no había de los tuyos.
—¿De los míos? No soy un vampiro.
—Eres algo. Hueles a tormenta. Y a manada.
Jacob dio un paso atrás, sorprendido. Leah soltó una risotada.
—La humana tiene nariz. No es completamente inútil.
—Cállate, Leah —dijo Jacob. Luego se giró hacia Alice—. Cuídala. Porque si otro alfa la encuentra antes de que tú la marques, la van a destrozar. Y yo no limpio cadáveres.
Dio media vuelta y salió de la cafetería. No por la puerta rota, sino por la trasera. Bella vio cómo sus omóplatos se tensaban bajo la camiseta. Y supo, con la misma certeza que había tenido con Alice, que Jacob Black también estaba destinado a alguien. Pero no a ella.
A Edward.
El resto del día fue un borrón. Bella recordaba haber ido a clase de Biología, haber visto una maqueta de rana disecada, haber firmado un papel de matrícula. Pero su mente estaba en otro lugar. En Alice. En sus ojos dorados. En la forma en que le había susurrado al oído justo antes de que Charlie apareciera en la cafetería con la sartén en la mano:
"Esta noche. Cuando tu padre duerma, abre la ventana. No me hagas esperar más"
Y ahora eran las 11:47 p.m. Charlie roncaba en el piso de abajo (los alfas dominantes roncan como osos heridos). La lluvia golpeaba el tejado. Y Bella, con el pijama empapado en sudor, abrió la ventana.
Alice estaba allí. Sentada en el alféizar como si pesara menos que el aire. La lluvia no mojaba su piel: resbalaba a su alrededor, formando un halo de humedad. Olía a cereza, a hielo, a *eternidad*.
—¿Viniste? —preguntó Alice, y su sonrisa era tan peligrosa como hermosa.
—Mi núcleo —dijo Bella, llevándose una mano al vientre—. No para de latir desde que te vi.
—Eso es porque soy tu alfa. Y tú… —Alice se inclinó hacia adelante, rozando la nariz con la de Bella—. Tú eres mi omega. La única. La última. La que he esperado durante siete décadas.
—¿Setenta años?
—Setenta. Viéndote nacer, crecer, caerte de la bicicleta. Viendo todas las versiones de tu vida. Y en todas ellas, acababas conmigo.
—¿Y si no quiero acabar contigo?
Alice rio. Un sonido bajo, ronco, que le vibró a Bella en los huesos.
—Entonces mientes. Porque tu cuerpo ya me eligió. Y tu cuerpo, Bella Swan, nunca miente.
La besó.
No fue un beso suave. Fue una invasión. Labios fríos, lengua helada, dientes que mordían el labio inferior con precisión quirúrgica. Bella gimió, se agarró al cuello de Alice, y sintió cómo su núcleo omega "estallaba". Un orgasmo seco, sin siquiera ser tocada, la sacudió entera.
—Mierda —jadeó, separándose.
—Eso es solo el principio —susurró Alice, y sus ojos ahora brillaban rojos—. Cuando te marque, cuando te reclame, el mundo entero lo sabrá. Y entonces, mi omega… tendremos que pelear para seguir vivas.
—¿Pelear contra quién?
Alice miró hacia el bosque. Allí, entre los árboles, dos pares de ojos brillaban: uno dorado (Edward) y otro ambarino (Jacob). Y más allá, en la niebla, formas más oscuras.
—Contra todos los que quieran arrancarte de mis brazos.
Bella tragó saliva. Su pijama estaba empapado, sus piernas temblaban, y su vientre ardía.
—Entonces empecemos —dijo, y se quitó la camiseta.
Alice sonrió. Y la noche se volvió •°eterna•°.
Continuará 🔥
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