Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 3: Uniforme obligatorio, actitud opcional
El problema no era el uniforme.
Era que no había forma de ganarle.
Allegra lo observó extendido sobre la cama como si fuera un enemigo personal: falda gris hasta la rodilla, blazer oscuro con un escudo bordado que parecía mirarla con superioridad, camisa blanca perfectamente almidonada y una corbata que, honestamente, no tenía ninguna intención de usar correctamente.
—Ridículo —murmuró.
Había intentado ignorarlo.
De verdad.
Se había levantado temprano —demasiado temprano— con la idea firme de mantener algo de su identidad intacta. Pero el internado tenía otros planes. Un horario pegado en la pared, preciso hasta el minuto, y una nota clara: uso obligatorio del uniforme.
Claro que sí.
Allegra tomó la falda con dos dedos, como si pudiera contagiarle algo.
—Bien —suspiró—. Jugamos así.
Quince minutos después, el uniforme seguía siendo el mismo.
Pero Allegra no.
La falda estaba apenas más ajustada de lo reglamentario. La camisa, abierta un botón más de lo permitido. El blazer, arremangado con descuido calculado. La corbata… bueno, técnicamente estaba ahí.
Era un compromiso.
Uno muy suyo.
Se miró en el pequeño espejo junto al armario. Ladeó la cabeza. Evaluó el resultado.
Aceptable.
No perfecto.
Pero suficiente para no desaparecer.
El sonido de la puerta abriéndose la hizo girar.
Una chica entró sin hacer ruido. Baja, de cabello pelirrojo desordenado y una cantidad de pecas que parecía desafiar cualquier intento de conteo lógico. Sus ojos verdes se abrieron apenas al ver a Allegra.
—Oh —dijo.
Silencio.
—Oh —repitió, como si la segunda vez ayudara a procesarlo.
Allegra apoyó una mano en la cadera.
—Espero que eso no sea todo tu vocabulario. Compartimos habitación.
La chica parpadeó un par de veces y luego sonrió. No una sonrisa calculada. Una real.
—Lo siento. Es que… eres tú.
—¿Debería preocuparme?
—No —respondió rápidamente—. Bueno… depende.
Allegra arqueó una ceja.
—Prometedor.
La chica dejó su mochila sobre la cama libre.
—Soy Maeve.
—Allegra.
—Lo sé.
Claro que lo sabía.
Maeve dudó un segundo, como si no supiera exactamente cómo continuar.
—Tu uniforme… —empezó, señalando vagamente— no es exactamente…
—¿Reglamentario? —terminó Allegra.
—Eso.
Allegra sonrió, apenas.
—Qué alivio. Pensé que me estaba integrando demasiado rápido.
Maeve dejó escapar una pequeña risa.
—Te van a mirar.
—Ya lo hacen.
—Te van a juzgar.
—Eso también.
—Te van a meter en problemas.
Allegra se encogió de hombros.
—Finalmente, algo interesante.
Maeve la observó unos segundos más, como intentando decidir si aquello era valentía o simplemente una mala idea.
—Bueno… —dijo finalmente—. El desayuno empieza en cinco minutos.
—Perfecto.
Allegra tomó su bolso sin prisa.
—¿Sabes dónde es?
—Sí.
—Entonces guíame.
Maeve asintió y salió primero.
Allegra la siguió.
El comedor era grande.
Demasiado grande para ser silencioso… pero lo era.
Mesas largas, filas ordenadas, estudiantes sentados con una disciplina que rozaba lo inquietante. El murmullo era bajo, contenido. Nada que ver con el caos elegante al que Allegra estaba acostumbrada.
Y entonces entraron.
El efecto fue inmediato.
No dramático.
Pero innegable.
Las conversaciones bajaron apenas un tono más. Algunas miradas se alzaron. Otras no disimularon en absoluto.
Allegra caminó como si nada hubiera cambiado.
Porque, en su mundo, no cambiaba.
—Aquí —susurró Maeve, señalando una mesa con un par de asientos libres.
Allegra se sentó sin dudar.
El silencio en esa sección duró un segundo más de lo necesario.
—Buenos días —dijo una voz firme.
Allegra levantó la mirada.
La chica de cabello negro perfectamente recogido estaba frente a ella.
Thornbridge.
—¿Siempre saludas así o hoy es una ocasión especial? —respondió Allegra.
Maeve se tensó levemente a su lado.
Thornbridge ignoró el comentario.
—Tu uniforme.
Ah.
Directo al punto.
Allegra bajó la mirada hacia sí misma, como si lo viera por primera vez.
—¿Qué pasa con él?
—No cumple con las normas.
—Eso es subjetivo.
—No lo es.
Allegra volvió a mirarla, apoyando el codo sobre la mesa.
—¿Vas a denunciarme?
Un par de estudiantes cercanos dejaron de fingir que no escuchaban.
Thornbridge sostuvo su mirada.
—No es necesario.
—Qué decepción.
—El director prefiere encargarse personalmente de estos casos.
Silencio.
Interesante.
Allegra inclinó apenas la cabeza.
—Entonces supongo que estoy en su lista.
—Ya lo estabas.
Eso arrancó una leve sonrisa.
—Qué eficiente.
Thornbridge dio un paso atrás.
—Te sugiero que te cambies antes de la primera clase.
—Lo pensaré.
—Hazlo.
Y se fue.
Sin dramatismo.
Sin mirar atrás.
Maeve soltó el aire que claramente había estado conteniendo.
—Eso… no fue terrible —murmuró.
—¿Eso es lo mejor que puede pasar aquí?
—No —dijo Maeve—. Lo peor es cuando no dicen nada.
Allegra tomó una taza de té que alguien había dejado frente a ella.
—Entonces aún tengo margen.
Maeve la miró con una mezcla de preocupación y curiosidad.
—¿Siempre eres así?
Allegra dio un pequeño sorbo.
—¿Así cómo?
—Como si todo fuera un juego.
Allegra dejó la taza sobre la mesa con cuidado.
—Porque lo es.
—Aquí no.
—Eso lo hace más divertido.
Maeve abrió la boca para responder, pero algo la distrajo.
Allegra siguió su mirada.
Un chico acababa de entrar al comedor.
Alto. Cabello oscuro, ligeramente desordenado. Uniforme… correcto, pero con ese aire de alguien que no estaba interesado en que lo fuera. Caminaba sin prisa, como si el lugar le perteneciera de una manera que no tenía que demostrar.
No miró a nadie.
Pero todos lo notaron.
Incluida Allegra.
—¿Quién es? —preguntó, sin apartar la vista.
Maeve bajó la voz.
—Rowan.
Allegra observó cómo se sentaba en una mesa al fondo.
—¿Solo Rowan?
—Rowan Hale.
Algo en el nombre encajó.
No sabía qué.
Pero lo hizo.
En ese momento, como si sintiera la mirada, él levantó la vista.
Y la encontró.
No hubo sonrisa.
No hubo gesto alguno.
Solo una mirada directa. Clara. Analítica.
Como si estuviera leyendo algo que nadie más podía ver.
Allegra no apartó la suya.
Por supuesto que no.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y entonces, sin más, Rowan desvió la mirada.
Como si no fuera importante.
Como si ella no lo fuera.
Allegra entrecerró los ojos apenas.
—Interesante —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Maeve.
Allegra tomó otro sorbo de té.
—Nada.
Pero su mente ya no estaba en el uniforme.
Ni en las reglas.
Ni siquiera en Thornbridge.
Por primera vez desde que había llegado, algo había captado su atención de verdad.
Y no le gustaba no entender por qué.