Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
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capitulo 7
El primer amanecer completo en la mansión Vancini se sintió como el despertar en un búnker de alta gama. A través de las inmensas vidrieras del ala este, la luz del sol se filtraba con una timidez neblinosa, incapaz de calentar las superficies de granito pulido y estuco veneciano gris. Para Leonela, las primeras horas del día habían sido un ejercicio de resistencia silenciosa. Había despertado en una suite que doblaba el tamaño de su antiguo apartamento, rodeada de sábanas de hilo egipcio que olían a una limpieza industrial, desprovista de cualquier rastro humano. El silencio de la casa era una presencia física, roto únicamente por el pitido distante de los paneles de seguridad y el crujido imperceptible de la grava cuando las patrullas perimetrales cambiaban de turno.
A las ocho de la mañana, Leonela ya estaba en pie, completamente vestida y con la mente blindada en una fijeza gélida. Llevaba un vestido camisero de seda color burdeos, ajustado a la cintura por un cinturón fino de cuero negro. El tejido, ligero pero con una caída impecable, se ceñía a la curva de sus caderas con una elegancia que desafiaba la frialdad del entorno. Sus pezones, tensos bajo la seda debido al aire acondicionado constante que regulaba la mansión, marcaban una geografía de resistencia que delataba el bombeo constante de adrenalina en sus venas. No se había maquillado; su palidez natural y la franqueza cortante de su mirada oscura eran la única defensa que necesitaba para recorrer el pasillo hacia el comedor principal.
Santiago se había quedado dormido en la habitación contigua, protegido por dos guardias leales que Gael había apostado en la puerta desde la noche anterior. El búnker del pequeño león estaba a salvo, pero el territorio que Leonela pisaba era hostil en cada centímetro.
Al llegar al salón que antecedía a la terraza, se encontró con la primera línea de infantería del imperio Vancini: la señora Ortega, una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme negro impecable de cuello almidonado, cuyas manos sostenían una tableta digital donde se desglosaba la rutina de la casa. Detrás de ella, dos doncellas trasladaban un perchero móvil con fundas de satén que albergaban marcas de alta costura parisina.
—Buenos días, señora Vancini —dijo la gobernanta, su voz un tono corporativo, desprovisto de cualquier matiz de bienvenida humana—. El señor Vancini ha dejado instrucciones específicas para su agenda de hoy. A las diez, el equipo de estilistas de la firma de relaciones públicas llegará para adaptar su guardarropa al protocolo de la junta directiva. A las doce, los decoradores ingresarán a su suite para retirar los objetos personales que trajo del apartamento; el señor prefiere una estética despejada para las fotografías de la prensa del próximo martes.
Leonela se detuvo en seco sobre el suelo de granito. El sonido de sus tacones negros al detenerse resonó como un chasquido seco en la inmensidad del salón. Sintió una oleada de calor violento, una pulsación de pánico interno mezclada con una rabia primitiva que amenazó con desbordar la compostura que tanto le había costado mantener. La noción de que el personal de Gael pretendía desmantelar los pocos vestigios de su identidad, tratándola como un mueble que se reubica para optimizar el espacio de una vitrina, encendió un fuego mortal en sus pupilas.
—Detenga el proceso, señora Ortega —dijo Leonela.
Su voz no se alzó, pero salió con una franqueza cortante, un barítono bajo y afilado que hizo que las dos doncellas se detuvieran a mitad del pasillo. La gobernanta parpadeó, sorprendida por la fijeza de la mujer que tenía enfrente.
—Señora, las órdenes del señor Vancini son absolutas en esta propiedad... —comenzó la empleada, levantando la tableta como si fuera un escudo legal.
—El señor Vancini es el dueño de los muelles, de las acciones y de los hombres de la entrada, pero no es el dueño de mi espacio —réplicó Leonela, dando un paso firme hacia adelante, invadiendo el perímetro de la gobernanta con una elegancia depredadora. El movimiento hizo que la seda burdeos de su vestido crujiera, un detalle sensorial que acentuó la rigidez de su postura—. Los decoradores no van a tocar un solo cojín de mi suite. Las pertenencias de mi hijo se quedan donde están, y la ropa que el señor Vancini quiera que use para sus fotos la elegiré yo, no una agencia de publicidad. Dígale a los estilistas que pueden regresar por donde vinieron.
—¿Problemas de insubordinación tan temprano, leona?
La voz profunda de Gael rompió la estática del salón como un hachazo. Apareció desde el ala oeste, con su zancada lenta y felina. Llevaba un pantalón de sastre oscuro y una camisa de lino gris carbón con los puños desabrochados, revelando la musculatura potente de sus muñecas y el vello oscuro que cubría sus antebrazos. Su presencia inundó el salón con una ola de calor abrasador, un magnetismo animal que desplazó el aroma de los limpiadores industriales para imponer su propio olor: sándalo, tabaco caro y el sutil rastro de la noche.
La señora Ortega dio un paso atrás, bajando la cabeza de inmediato. Las doncellas bajaron los ojos, asustadas ante la resolución mortal que solía acompañar los silencios del lobo gris.
Gael se detuvo a escasos centímetros de Leonela. Sus ojos grises, fijos y "devoradores", recorrieron la silueta de la mujer, deteniéndose en la agitación de su pecho, que ensanchaba el cuello del vestido burdeos, y en la fijeza desafiante de sus ojos oscuros. El escrutinio de Gael fue lento, una tasación física que buscaba el punto exacto donde la resistencia de ella cedería ante su autoridad. La proximidad física era sofocante; Leonela podía sentir el latido rítmico de su pecho firme y la electricidad que se generaba entre la seda de ella y el lino de él.
—La señora Ortega solo está cumpliendo el contrato, Leonela —dijo Gael, su barítono resonando en el pecho de ella como una percusión baja—. Acordamos que tu imagen pública reflejaría la legitimidad de mi apellido. Mi casa tiene un orden, y no permito excepciones en la simetría de mis espacios.
—Firmé un contrato matrimonial para ser tu esposa ante la ley y el escudo de tu hijo, Vancini, no para ser un maniquí que tus empleados pueden mudar de lugar a su antojo —replicó ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear. Su franqueza cortante cortó el aire entre ambos—. Si quieres una mujer que baje la cabeza y acepte que configuren su vida como si fuera un activo de tu naviera, te equivocaste de heredera. Puedes controlar las rutas del muelle 14, pero dentro de los límites de mi suite, mi voluntad sigue siendo mía. Mis cosas se quedan. La mochila de dinosaurios de Santiago se queda en el salón si él lo decide. Y yo me vestiré con lo que decida mi criterio, no tu junta directiva.
Gael la observó, fascinado por la metamorfosis de la mujer en medio del territorio hostil de su propia fortaleza. Vio el sudor sutil que brillaba en su cuello pálido debido a la tensión y la fuerza líquida del deseo absoluto que, a pesar del odio y el cautiverio, vibraba entre sus cuerpos como una corriente subterránea. Extendió una mano larga, con dedos fuertes y curtidos, y rozó con el reverso de su índice la línea del cinturón de cuero negro de ella, subiendo lentamente por la tela de seda hasta detenerse justo debajo del nacimiento de su garganta, donde el pulso de Leonela latía con una rapidez salvaje.
El contacto biológico provocó un estremecimiento profundo en el vientre de la mujer, una pulsación confusa de rabia por la invasión de su espacio y una atracción física innegable que la obligó a apretar los dientes. Sus pezones se marcaron aún más contra la seda burdeos ante la mirada fija del titán.
—Tienes garras para ser una cautiva —susurró Gael, su rostro descendiendo hasta que su aliento con sabor a tabaco rozó los labios de ella—. Me gusta que defiendas tu territorio. La mayoría de la gente que entra en esta casa se vuelve gris en una semana, devorada por el mármol. Pero tú pareces encenderte con el frío.
—No soy como la gente que dobla las rodillas para conservar tu sueldo, Gael —respondió ella, su voz bajando a un tono peligrosamente suave, casi íntimo, sin retirar el cuello de la presión de sus dedos—. Cumpliré con tu prensa, sonreiré a tus jueces y firmaré tus malditos balances. Pero no intentes borrar lo que soy. Si me transformas en un objeto vacío, no te serviré para convencer a nadie de que este matrimonio es real. La legitimidad requiere verdad, y mi verdad es que no te temo.
Gael sostuvo el contacto un segundo más, sus dedos ejerciendo una presión mínima pero posesiva en la base de su cuello, antes de soltarla con una lentitud tortuosa que dejó la piel de Leonela ardiendo en medio del salón gélido. Se giró hacia la gobernanta, que permanecía inmóvil como una estatua de sal.
—La suite de la señora Vancini no se toca —ordenó Gael, y su resolución mortal no dejó espacio para la discusión—. Retiren a los decoradores. Si la leona quiere conservar sus trofeos de la quiebra, que así sea. Las doncellas pueden retirarse también. El guardarropa se coordinará bajo las especificaciones de mi esposa.
La señora Ortega asintió apresuradamente, haciendo una señal a las sirvientas para que arrastraran el perchero fuera del salón, despejando el pasillo en segundos. El silencio regresó, pero esta vez estaba cargada de la estática de la confrontación que los dos adultos mantenían en el centro del granito negro.
Gael regresó su mirada hacia Leonela, una sonrisa cínica y sombría dibujándose en sus facciones de piedra de molino.
—Ganaste esta ronda, leona —dijo él, su barítono profundo bajando a una nota de advertencia—. Te dejo tu espacio y tus recuerdos. Pero no olvides que el martes la prensa estará aquí, y si en esas fotografías los periodistas ven un solo rastro de la debilidad de tu pasado, la red de acero que protege a tu hijo en el colegio se debilitará. Yo te doy el poder dentro de estos muros, pero fuera, la ley sigue siendo la mía.
—El martes verás a la esposa que necesitas, Vancini —sentenció ella, dándole la espalda con un movimiento fluido que hizo flotar la seda burdeos de su falda—. Pero hoy, déjame desayunar con mi hijo en paz.
Leonela caminando hacia el comedor, con el pulso aún desbocado por la cercanía de la bestia, pero con la certeza de que había marcado la primera línea de defensa en su cautiverio de cristal. La jaula seguía siendo de hierro, pero la leona acababa de demostrar que no permitiría que domesticaran su orgullo, transformando el territorio hostil de la mansión en el primer escenario de su resistencia compartida. Gael permaneció en el salón, observando su retirada con una fijeza devoradora que delataba que la transacción matrimonial acababa de convertirse en un juego de sumisiones donde el lobo ya no estaba seguro de quién poseía a quién.