Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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CAPÍTULO 16: El lugar donde nadie debía entrar
El silencio en la casa abandonada no era natural.
Era un silencio que parecía tener intención.
Mauricio lo sintió apenas cruzó el umbral detrás de Inés.
Cada paso dentro de aquel lugar era como adentrarse en algo que llevaba años esperando ser reabierto.
—Respóndeme —dijo él, sin apartar la vista de Inés—. ¿Celina está en peligro?
Inés no se movió.
—Siempre ha estado en peligro —respondió finalmente.
Mauricio apretó los puños.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
La casa crujió a lo lejos, como si reaccionara a la conversación.
Inés caminó hacia una mesa cubierta por una lona vieja y la retiró con calma.
Debajo había un tablero con fotografías, documentos y líneas conectando nombres.
Mauricio se quedó inmóvil.
—¿Qué es esto?
Inés señaló el centro del tablero.
Lucía.
El nombre estaba escrito en grande.
Y alrededor, como un mapa oscuro, aparecían:
Don Augusto.
Valentina Ríos.
Isabela Montenegro.
Y, en el extremo inferior…
Celina.
Mauricio sintió un golpe interno.
—¿Qué has hecho? —susurró.
Inés lo miró.
—No lo hice yo. Esto ya estaba hecho.
Mauricio se acercó.
—Esto es una obsesión.
—No —corrigió ella—. Es una reconstrucción.
Señaló una línea que conectaba Lucía con Don Augusto.
—Lucía descubrió irregularidades en la herencia original de los Montenegro.
Otra línea.
—Valentina Ríos intentó protegerla.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Protegerla de quién?
Inés dudó.
—De las mismas personas que hoy siguen moviendo todo esto.
Mauricio sintió que el aire se le hacía más pesado.
—¿Y Celina?
Inés lo miró directamente.
—Celina es la pieza que faltaba.
El silencio explotó dentro de Mauricio.
—¡Deja de hablar como si fuera un experimento!
Inés no reaccionó a su tono.
—No es un experimento. Es una corrección de algo que salió mal hace veinte años.
Mauricio dio un paso hacia ella.
—¿Qué estás ocultando realmente?
Inés sostuvo su mirada.
Y por primera vez, no esquivó la respuesta.
—Que tu matrimonio no solo fue arreglado.
Pausa.
—Fue necesario.
Mauricio sintió un escalofrío.
—¿Necesario para quién?
Inés bajó la mirada al tablero.
—Para mantener cerrado un caso que nunca debió reabrirse.
El aire se volvió insoportable.
Mauricio retrocedió un paso.
—No.
—Sí.
—No puedes estar hablando en serio.
Inés lo miró.
—Ya estás dentro, Mauricio. No hay vuelta atrás.
En el hospital, Celina sintió el frío antes de ver la sombra.
El depósito de archivos estaba demasiado silencioso.
Demasiado quieto.
Y la puerta… ya no estaba abierta.
Se había cerrado.
—¿Hola? —repitió, pero su voz ahora temblaba.
No obtuvo respuesta.
Volvió al archivador.
Lucía Ríos.
Las manos le temblaban al sostener el documento.
Pero antes de que pudiera seguir leyendo, escuchó un sonido detrás de ella.
Pasos.
Lentos.
Medidos.
Celina giró.
Nada.
Solo sombras entre estanterías.
—No es posible… —susurró.
Avanzó hacia la salida.
Pero la puerta seguía cerrada.
Empujó.
Nada.
—¡Ey! —llamó más fuerte—. ¡¿Hay alguien?!
Silencio.
Entonces lo escuchó.
Una voz.
Muy cerca.
—No deberías estar aquí.
Celina se giró de golpe.
Una figura apareció entre los estantes.
Un hombre.
Traje oscuro.
Expresión fría.
No era médico.
No era personal del hospital.
Celina dio un paso atrás.
—¿Quién es usted?
El hombre no respondió de inmediato.
La observó como si la estuviera evaluando.
—Se parece demasiado a ella —dijo finalmente.
Celina sintió un golpe en el pecho.
—¿A quién?
El hombre inclinó la cabeza.
—A Lucía.
El nombre cayó como una piedra.
Celina retrocedió otro paso.
—¿Qué sabe usted de mi madre?
El hombre dio un paso hacia ella.
—Lo suficiente como para saber que nunca debiste ver ese archivo.
Celina sintió miedo.
Real.
No confuso.
No emocional.
Puro.
—¿Qué le hicieron? —preguntó, casi sin voz.
El hombre la miró con algo que no era exactamente crueldad.
Era cálculo.
—No fue lo que le hicieron a ella.
Pausa.
—Fue lo que ella descubrió.
Celina sintió que el suelo desaparecía.
—Explíquese.
El hombre miró hacia la puerta cerrada.
—Alguien no quiere que salgas de aquí con esas preguntas.
Celina tragó saliva.
—¿Quién?
El hombre no respondió.
Pero levantó ligeramente la mano.
Y la luz del pasillo parpadeó.
Mauricio caminaba de un lado a otro en la casa abandonada.
Inés lo observaba en silencio.
—Esto no tiene sentido —dijo él finalmente—. No puedes decidir el destino de dos personas así.
—No lo decidí yo —repitió Inés.
—Entonces dime quién.
Inés dudó.
Por primera vez.
Y esa duda fue suficiente.
Mauricio se detuvo.
—Hay alguien más —dijo él.
Inés no respondió.
—Siempre hay alguien más —continuó Mauricio—. Alguien moviendo los hilos. Alguien que no aparece en ninguna parte.
Inés lo miró.
—Estás empezando a entender.
Mauricio apretó la mandíbula.
—Celina está en ese lugar ahora mismo, ¿verdad?
Silencio.
Esa fue la respuesta.
Mauricio se giró de inmediato hacia la salida.
Inés lo detuvo.
—Si vas allí, cambias todo.
Mauricio la miró.
—Todo ya cambió.
En el hospital, la luz volvió.
Pero el hombre ya no estaba en el mismo lugar.
Celina respiraba rápido.
Demasiado rápido.
—¿Dónde está? —susurró.
No había respuesta.
Pero sí movimiento.
Detrás de ella.
Celina se giró.
Demasiado tarde.
Una mano la sujetó con fuerza.
Un pañuelo cubrió su boca.
El mundo comenzó a oscurecerse.
—No… —intentó decir.
Pero el aire ya no entraba.
Sus piernas cedieron.
La última imagen que vio antes de caer fue el archivo abierto.
Lucía Ríos.
Y una anotación final que nunca había leído.
“Si Celina despierta la verdad, todo colapsa.”
Luego, oscuridad.
Mauricio llegó al hospital minutos después.
Demasiado tarde.
Las luces del pasillo del subsuelo estaban encendidas.
La puerta abierta.
Archivos desordenados.
El sobre de Lucía en el suelo.
Y el silencio absoluto.
—¡Celina! —gritó.
Nada.
Solo eco.
Entonces lo vio.
Una hoja.
En el centro del suelo.
La recogió.
Una sola frase escrita:
“Ahora sí estás dentro del juego.”
Mauricio apretó el papel con fuerza.
Y por primera vez…
entendió que ya no estaba buscando la verdad.
La verdad lo estaba buscando a él.