Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 21 — ¿Yuda cocinó? La boda de Ridho
Esa mañana, Vale despertó con un aroma desconocido pero tentador. No era olor a fideos instantáneos ni el aroma del café de sobre que Mateo solía preparar medio dormido. Era algo más... hogareño.
Abrió los ojos despacio. El otro lado de la cama estaba vacío. La cobija, extendida con esmero hasta el pecho. Vale se levantó, tomó la muleta y caminó con calma hacia la cocina.
Desde el umbral vio a Mateo de espaldas. Camiseta de andar en casa, delantal delgado, el cabello todavía algo revuelto. Las manos ocupadas removiendo algo en un sartén.
—¿Mateo? —llamó Vale en voz baja.
Mateo volteó de golpe. Por un segundo cruzó un destello de alarma en su rostro, que enseguida disimuló con una sonrisa relajada. —Ah, ¿ya despertaste?
—Sí —contestó Vale—. ¿Estás cocinando?
—Sí —asintió Mateo—. El desayuno.
Vale se acercó. Sus ojos recorrieron la cocina pequeña. Limpia. Demasiado limpia. La mesa despejada, la estufa reluciente, el piso sin una miga. Frunció el ceño.
—¿Por qué está tan ordenado? —murmuró.
Mateo carraspeó. —Me levanté más temprano.
Antes de que Vale pudiera preguntar más, Mateo ya le acercaba una cuchara. —Ven. Prueba.
—¿Qué cocinaste?
—Sorpresa —respondió rápido—. Prueba primero.
Vale obedeció. Tomó un poco con la cuchara, sopló con suavidad y probó. Arqueó las cejas.
—Le falta sal —dijo con franqueza.
Mateo asintió con seguridad. —¿Ves?
—Pero está rico —se apresuró a añadir Vale—. Fresquito. ¿Es caldo de verduras?
—Mmhm. A ver, corrígelo tú —dijo Mateo.
Vale sonrió, tomó la sal y vertió un poco en la olla. Ajustó el sabor.
—Listo —anunció—. Prueba tú. —Le acercó la cuchara con caldo a la boca de su esposo.
—¡Pff, esto está buenísimo, Vale!
Vale se echó a reír. Luego se quedó callada, observando la cocina. —Mateo...
—¿Hmm?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por cocinar, por arreglar la casa...
—Epa. Pero eso no es gratis.
Vale frunció el ceño.
—El pago es esta noche —Mateo le guiñó un ojo con picardía. Vale sonrió fugazmente.
Desayunaron juntos. Vale comía; Mateo la observaba de vez en cuando, no la comida, sino la forma en que llevaba la cuchara a la boca, la sonrisa tenue que se le escapaba, o la manera en que se acomodaba un mechón detrás de la oreja.
—Mateo —dijo Vale después de unos bocados—. Gracias.
—¿Ahora por qué?
—Por quererme tanto.
Mateo negó con la cabeza. —Esto no es gratis tampoco. A cambio, quiéreme igual.
Vale se quedó muda, como si las palabras se le hubieran fugado. Solo pudo forzar una sonrisa. No sabía si eso que sentía ya era amor.
Afuera de la casa alquilada, la mañana seguía su curso como cualquier otra. Nadie sabía que, antes de que Vale despertara, unos pasos silenciosos ya habían trabajado, unas manos ya habían limpiado y cocinado, y luego se habían marchado sin hacer ruido. Todo como un secreto pequeño que solo Mateo guardaba.
Al otro lado de la ciudad, la mañana pesaba más para Ricardo.
Estaba sentado en la sala de su casa, la mirada clavada en el piso. Diana se sentaba enfrente, arreglada, con el rostro firme pero suave: una combinación que siempre desconcertaba a Ricardo.
—Casémonos, Ricardo —dijo Diana al fin—. Despacio. Tu memoria se puede ir reconstruyendo.
Ricardo levantó la cabeza. —¿Casarnos?
—Sí —asintió Diana—. Ya somos cercanos. Y tú te sientes a gusto conmigo.
Ricardo se quedó callado. A gusto. La palabra se sentía... rara. No sabía de dónde venía esa sensación. ¿De la costumbre? ¿O de la insistencia incansable de Diana?
Desde la cocina, doña Aurora exhaló un suspiro largo. —Diana, no estoy de acuerdo.
Diana volteó. —¿Por qué, señora?
—Ricardo todavía no se ha recuperado —respondió doña Aurora con firmeza—. El matrimonio no es una medicina.
—Pero puede ser un comienzo —replicó Diana; la voz seguía siendo suave—. Ricardo necesita algo a qué aferrarse. Algo real.
Ricardo tragó saliva. Miró a su madre y luego a Diana. Había una incomodidad que le cosquilleaba en el pecho, como una pieza de rompecabezas que no embonaba.
Pero Diana le tomó la mano. —Confía en mí.
Ricardo asintió despacio. Quizás... sí. Quizás este era el único camino.
En los días siguientes, los preparativos de la boda se pusieron en marcha. Rápido. Demasiado rápido. Se imprimieron invitaciones. Los nombres de Ricardo y Diana, estampados con nitidez en papel grueso.
Una invitación llegó al Salón Rosario.
Rosario la recibió con las cejas en alto. —Vaya.
La abrió. La leyó. Inspiró despacio.
Vale, que ordenaba la mesa de maquillaje, le echó un vistazo sin querer. El nombre saltó a la vista.
Ricardo.
Un pinchazo le cruzó el pecho. Como un pellizco repentino que llegó y se fue. Vale se frotó el pecho con suavidad y tomó aire.
—Ah —murmuró, casi inaudible.
Rosario la miró. —¿Estás bien?
Vale sonrió. —Sí, señora.
Agachó la cabeza y siguió con su trabajo. Acomodó los pinceles. Tapó los frascos. Los movimientos, firmes y serenos.
Por dentro, Vale se recordó algo muy simple: ya estaba casada. Con Mateo. Con alguien que elegía cuidarla en silencio, sin hacerla sentir pequeña.
Lo que fuera que Ricardo hubiera sido en el pasado —si es que alguna vez existió algo— ya no le pertenecía.
La siguiente clienta llegó. Vale se puso de pie y sonrió con profesionalismo. —Adelante, señorita.
El día transcurrió con normalidad.
La boda de Ricardo y Diana se celebró al fin. Sencilla pero concurrida. Diana sonreía de oreja a oreja durante toda la ceremonia. Su mano no soltó a Ricardo ni un instante.
Ricardo también sonreía. Se esforzaba. Quería creer.
Pero entre las risas y las felicitaciones, algo le incomodaba. Cuando miraba a Diana, se sentía... ajeno. Como si estuviera interpretando un papel que aún no terminaba de comprender.
—¿Estás contento? —le preguntó Diana en voz baja.
Ricardo asintió. —Contento.
Lo dijo lo bastante fuerte para que los demás lo oyeran, y lo bastante bajo para convencerse a sí mismo.
En su cabeza, la pregunta daba vueltas: ¿por qué no se sentía del todo bien?
Pero Ricardo la desechó. Eligió creer. En Diana. En la promesa de que el amor puede crecer despacio.