"Daniela lo entregó todo por amor: tres años de matrimonio, sacrificios infinitos y una devoción ciega.
El día que decidió contarle a Alejandro que estaba embarazada, él le pidió el divorcio sin piedad, confesando que nunca la había amado de verdad y que se casaría con Camila, la mujer que realmente merecía estar a su lado.
Humillada, rota y sin nada, Daniela firmó los papeles y desapareció.
Cinco años después, la mujer que Alejandro descartó como si fuera basura regresa convertida en una de las empresarias más poderosas y despiadadas del país.
Ahora es Alejandro quien suplica, quien se arrodilla, quien descubre demasiado tarde que la esposa que abandonó se ha convertido en su peor pesadilla.
La venganza de Daniela apenas comienza… y será tan fría como el día en que él la destrozó."
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El contraataque de Camila
Esa misma tarde, mientras Daniela revisaba los diseños finales para la primera entrega del contrato con Mendoza Holdings, su teléfono vibró insistentemente. Era Laura, su asistente.
— Señora Éclat, hay una situación. La señora Camila Montalvo está en el lobby del hotel y exige verla. Dice que no se irá hasta que hable con usted.
Daniela soltó una risa baja y fría.
— Qué interesante. Hazla subir a la sala de reuniones privada del piso 20. Iré en diez minutos. Y graba todo discretamente, por si acaso.
Cuando Daniela entró en la sala, Camila ya estaba allí, paseándose como un animal enjaulado. Llevaba un vestido ajustado color crema que intentaba lucir elegante, pero su rostro estaba rojo de furia.
— ¡Por fin! — exclamó Camila en cuanto la vio—. ¿Crees que puedes llegar a la ciudad y destruir todo lo que hemos construido? ¿Quién te crees que eres?
Daniela se sentó con calma al otro lado de la mesa, cruzando las piernas con elegancia.
— Soy Daniela Éclat, dueña de Éclat Luxe. Y tú eres la mujer que se acostó con mi marido mientras yo planeaba nuestro futuro juntos. ¿Qué quieres, Camila?
Camila golpeó la mesa con las palmas de las manos.
— Quiero que te vayas. Que regreses a Europa o a donde sea que hayas estado escondida estos cinco años. Alejandro es mío. La empresa es nuestra. No voy a permitir que vengas aquí con tus aires de grandeza a robarnos todo.
Daniela la miró con lástima fingida.
— ¿Robarles? Querida, yo no estoy robando nada. Solo estoy haciendo negocios. Si los Montalvo no pueden competir, ese no es mi problema. Quizás deberían haber invertido mejor su tiempo en lugar de humillar a la esposa anterior.
Camila se acercó más, bajando la voz hasta convertirla en un siseo venenoso.
— Tú nunca fuiste su esposa de verdad. Solo una distracción barata. Alejandro me contó todo: cómo llorabas, cómo suplicabas, cómo te conformabas con las migajas que él te daba. Eres patética. Incluso cuando perdiste al bebé, seguías siendo una carga.
El golpe fue bajo y cruel. Daniela sintió que algo dentro de ella se tensaba, pero no permitió que su rostro lo reflejara. En cambio, sonrió con frialdad.
— ¿Sabes qué es lo más triste, Camila? Que tú sigues siendo la misma mujer insegura que necesitaba robarle el marido a otra para sentirse importante. Yo, en cambio, ya no necesito robarle nada a nadie. Tengo mi propio imperio. Tengo mi propio nombre. Y tengo el respeto que tú nunca tendrás.
Camila soltó una risa histérica.
— ¿Respeto? ¿Crees que la gente te respeta? Solo te tienen miedo porque apareciste con dinero que no te ganaste. Todo el mundo sabe que te lo dejó una vieja loca. Sin eso, seguirías siendo la secretaria insignificante que eras.
Daniela se levantó lentamente y se acercó a Camila hasta quedar a solo unos centímetros.
— Escúchame bien, porque solo lo diré una vez. No vine aquí a pelear por Alejandro. Vine a cobrar lo que me deben. Y si tú o tu suegra intentan sabotear mis negocios, no solo perderán el contrato con Mendoza. Perderán mucho más. Tengo pruebas de cómo me humillaron mientras yo sangraba en esa casa. Tengo grabaciones de conversaciones. Tengo testigos. ¿Quieres que todo eso salga a la luz pública?
Camila palideció.
— Estás mintiendo…
— Pruébame — respondió Daniela con voz suave pero letal—. Intenta algo contra mí y verás cómo tu perfecta imagen de esposa trofeo se derrumba en cuestión de horas.
En ese preciso momento, la puerta de la sala se abrió. Alejandro entró apresuradamente, seguido de cerca por doña Elena.
— ¡Camila! ¿Qué estás haciendo aquí? — exclamó él, claramente molesto.
Doña Elena miró a Daniela con odio puro.
— Esto ya es demasiado. Primero humillas a mi familia en la gala y ahora amenazas a mi nuera. Voy a demandarte por difamación.
Daniela recogió su bolso con tranquilidad.
— Adelante, denúncieme. Mientras tanto, les informo que el contrato con Mendoza Holdings ya está firmado y sellado. La primera entrega se hará en noventa días. Sus hoteles ya no tendrán acceso prioritario a mis diseños.
Alejandro dio un paso hacia ella, con la voz quebrada.
— Daniela… por favor. No hagas esto. Podemos llegar a un acuerdo. Te daré lo que quieras. Dinero, acciones… lo que sea.
Daniela lo miró directamente a los ojos. Por un segundo, vio al hombre del que una vez estuvo enamorada. Pero ese sentimiento había muerto hacía mucho.
— Lo único que quería hace cinco años era que me amaras y protegieras a nuestro hijo. Eso ya no está en venta, Alejandro. Ahora solo quiero que sientas una fracción del dolor que yo sentí.
Se dirigió hacia la puerta y, antes de salir, se volvió una última vez.
— Ah, y Camila… cuida bien tu posición. Las segundas esposas suelen ser reemplazadas con la misma facilidad con la que llegaron.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave pero definitivo.
En la sala quedaron los tres: Alejandro con el rostro pálido, Camila temblando de rabia y doña Elena furiosa.
— No podemos dejar que nos haga esto — gruñó doña Elena—. Hay que destruirla antes de que sea demasiado tarde.
Camila apretó los puños.
— Yo me encargo. Sé exactamente cómo golpearla donde más le duele.
Alejandro no dijo nada. Solo miró la puerta por donde Daniela había salido, con una mezcla de arrepentimiento, deseo y miedo creciendo en su pecho.
La guerra acababa de declararse oficialmente.
Y Daniela Éclat estaba ganando la primera batalla.