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Bajo La Piel Del Látigo

Bajo La Piel Del Látigo

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.

​La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?

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capitulo 11

​El amanecer en "El Renacer" tenía un matiz distinto. Máximo ya no se despertó con el sobresalto del intruso, sino con la rigidez de quien ha aceptado su realidad. Sus costillas aún protestaban con cada respiración profunda, y sus manos, envueltas en vendas limpias, palpitaban al ritmo de su corazón. Sin embargo, cuando Catrina entró en la habitación esperando encontrar al muchacho derrotado o suplicando por un analgésico de marca, lo encontró sentado al borde de la cama, intentando calzarse las botas con una mano mientras apretaba los dientes para no gritar.

​—¿Qué crees que haces? —preguntó ella, apoyada en el marco de la puerta, con una taza de café humeante entre las manos.

​—No voy a volver a la casa de mi tía para que me cuide como a un inválido —respondió Máximo sin mirarla, concentrado en el esfuerzo de tirar del cuero de la bota—. Dijiste que el pueblo se traga a los débiles. Pues ya me dieron la primera mascada. No habrá segunda.

​Catrina lo observó en silencio. Notó el temblor en sus dedos y la palidez de su rostro, pero también vio algo nuevo en la línea de su mandíbula: una terquedad que no nacía del capricho, sino del orgullo herido.

​—Enséñame —soltó él, levantando por fin la vista—. Enséñame a montar como tú, a manejar el ganado, a entender esta tierra. No quiero que me salves la próxima vez que alguien me ponga una mano encima.

​Catrina soltó una risa seca, dejando la taza sobre una mesa. —Aprender aquí no es como ir a un curso de equitación los domingos en la ciudad, Máximo. Aquí el campo te cobra cada lección con sudor y, a veces, con más sangre.

​—Ponme el precio que quieras. No me voy a quebrar.

​—Está bien —asintió ella, y en sus ojos brilló una chispa de malicia—. Si quieres ser un hombre de campo, empezarás desde el fondo. Literalmente.

​Dos horas después, Máximo se encontraba en el establo de los sementales, el lugar más caluroso y maloliente de la hacienda. Catrina no le entregó las riendas de un caballo, sino una pala pesada y una carretilla vieja cuya rueda chirriaba como un alma en pena.

​—Antes de subirte a un animal, tienes que aprender a cuidar su suelo —dijo ella, señalando el estiércol acumulado y la paja podrida que cubría el piso del establo—. Limpia cada box. No quiero ver una mota de suciedad. Y cuando termines, las caballerizas de las yeguas te esperan.

​Máximo miró la pala. Sus manos, aún heridas, se cerraron sobre el mango de madera rugosa. El olor era insoportable, una mezcla de amoniaco y materia orgánica descompuesta que le revolvía el estómago. Por un segundo, la imagen de su vida anterior —los almuerzos en terrazas frente al mar, el aroma a colonia cara, el aire acondicionado— pasó por su mente como un sueño lejano.

​Catrina se alejó, convencida de que en treinta minutos el "niño de cristal" tiraría la herramienta y pediría agua. Se instaló en el corral cercano para supervisar la doma de un potro, pero su mirada se escapaba, de forma inevitable, hacia la sombra del establo.

​Pasó una hora. Luego dos. El sol de mediodía empezó a convertir el techo de zinc del establo en un horno. Máximo no salió.

​Dentro, el joven luchaba una batalla privada. Cada palada era un tormento para sus costillas lastimadas. El sudor le caía a chorros por la frente, metiéndosele en los ojos y escociendo en las heridas abiertas de su rostro. Sus manos empezaron a sangrar bajo las vendas, manchando la madera de la pala, pero no se detuvo. Cada vez que sentía que las piernas le fallaban, recordaba la sonrisa cínica del capataz de Elías y el desprecio en los ojos de Catrina.

​“No soy un inútil”, se repetía como un mantra. “No soy solo un apellido”.

​A las tres de la tarde, Catrina decidió entrar. Esperaba encontrar el trabajo a medias y a Máximo desmayado o llorando. Lo que encontró la dejó sin palabras.

​El establo de los sementales estaba impecable. El suelo de cemento brillaba bajo la capa de paja limpia que Máximo había acarreado. En un rincón, el joven estaba terminando de vaciar la última carretilla. Su camiseta blanca era ahora una prenda gris, pegada a su cuerpo por el sudor y el polvo. Sus gestos eran lentos, pesados, pero precisos. No había quejas, ni ruidos, solo el sonido rítmico de la pala contra el suelo.

​Al sentir la presencia de Catrina, Máximo se detuvo. Se apoyó en la pala, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando con violencia. Tenía la cara manchada de hollín y estiércol, pero cuando levantó la vista hacia ella, sus ojos brillaban con una lucidez salvaje.

​—Terminé —dijo, con la voz quebrada por la sed—. ¿Qué sigue?

​Catrina sintió un nudo extraño en la garganta. Esa persistencia no era la de un niño mimado intentando impresionar; era la de un hombre intentando reconstruirse desde las cenizas. Por primera vez, se sintió incómoda con su propia crueldad.

​—Sigue que te laves —respondió ella, suavizando el tono sin querer—. No voy a dejar que entres a mi comedor oliendo así.

​—Dijiste que me enseñarías a montar —insistió él, sin moverse de su sitio—. No me moveré de aquí hasta que me subas a un caballo.

​Catrina suspiró y caminó hacia él. Le arrebató la pala de las manos con un gesto brusco, pero sus dedos rozaron los de él por un instante. Notó el calor febril que emanaba de su piel.

​—Ven conmigo —ordenó ella.

​Lo llevó hacia el corral donde descansaba "Centella", una yegua de paso, mansa pero con temperamento. Catrina la ensilló en silencio mientras Máximo observaba cada movimiento, memorizando la forma en que ella ajustaba la cincha y colocaba el bocado.

​—Montar no es dominar al animal, Máximo. Es convencerlo de que tú y él son el mismo ser —explicó ella, ayudándolo a subir.

​Cuando Máximo se sentó en la silla, el dolor de sus costillas le robó el aliento por un segundo. Se tambaleó, pero se aferró a la crin de la yegua. Catrina se paró al lado, sujetando la rienda corta.

​—Mírame —le dijo ella.

​Él bajó la vista. Catrina estaba allí, con la luz del atardecer bañando su rostro, despojada de su máscara de Jefa por un momento. Sus ojos ya no eran dos puñales de hielo; eran oscuros y profundos, como el fondo de un pozo.

​—Hoy has hecho más trabajo que cualquier peón novato en una semana —admitió ella en un susurro—. Has aguantado la suciedad y el dolor sin abrir la boca. Eso... eso no lo hace cualquiera.

​Máximo sintió que ese pequeño reconocimiento valía más que todos los millones de su abuelo. —Te dije que no me iba a quebrar.

​—Ya lo veo —Catrina soltó la rienda y le entregó el mando—. Ahora, camina. Siente el movimiento. No luches contra el caballo, fluye con él. Como el agua en el río.

​Máximo espoleó suavemente y la yegua comenzó a andar. Era una sensación de libertad embriagadora. Por encima del dolor físico, sentía que finalmente estaba reclamando un lugar en ese mundo hostil. Catrina lo observaba caminar por el corral, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable.

​Se dio cuenta de que el "niño de cristal" se había ido para siempre. El hombre que estaba emergiendo era peligroso, no porque tuviera armas o dinero, sino porque había descubierto el poder de la humildad y la resistencia. Y mientras el sol se ocultaba tras las montañas, Catrina supo que su mayor desafío no sería enseñarle a manejar el campo, sino evitar que ese hombre, con su nueva piel de hierro y su mirada persistente, terminara manejando su propio corazón.

​Esa noche, Máximo no necesitó analgésicos. Se durmió antes de que su cabeza tocara la almohada, con las manos doloridas pero el alma intacta. Había aprendido la lección más importante: la verdadera grandeza no está en no caer, sino en limpiar el suelo después de la caída y pedir más. La tregua de sangre se había convertido en un discipulado de fuego. Y bajo la luna de "El Renacer", la Jefa y el Aprendiz empezaban a escribir una historia que el campo nunca olvidaría.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
Silvia Chena
ES BUENÍSIMA LA NOVELA
Lobelia ❣️
👍👏
Silvia Chena
Algún problema va a traer, esa mina
Lobelia ❣️
muy bueno 👍👍
Lobelia ❣️
☺️👍👍🥰
Lobelia ❣️
me gusta sigues 👍👍
Celina Espinoza
gracias por compartir tu historia 🥰
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