⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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Primera guardia
El segundo día de viaje había sido agotador pero fascinante. Sam y Norman se habían alejado de los senderos conocidos del valle para adentrarse en el Camino del Rey, una ruta antigua custodiada por árboles tan altos que parecían tocar las nubes. Al caer la tarde, con los pies doloridos pero el ánimo intacto, decidieron que un claro junto a un arroyo sería el lugar perfecto para su primer campamento real.
-¡Mira esto, Sam! ¡Es agua de montaña de verdad!- Exclamó Norman, arrodillándose para mojar su rostro -Sabe a libertad, ¿no crees?-
Sam rió mientras soltaba su mochila.
-Sabe a agua fría, Norman. Pero tienes razón, se siente distinto.-
Norman, que siempre había sido el alma de cualquier reunión en la aldea, no perdió tiempo. Mientras Sam preparaba un círculo de piedras para el fuego, Norman recolectaba ramas secas saltando de un lado a otro, tarareando una melodía que su madre solía cantar. Su energía era contagiosa; incluso en medio de la nada, lograba que el lugar se sintiera como un hogar.
Justo cuando las primeras llamas empezaban a lamer la leña, el sonido de cascos golpeando la tierra rompió la tranquilidad del bosque. Sam se puso en pie de un salto, llevando la mano al mango de su pequeña daga. De la penumbra del camino emergieron cinco figuras montadas en caballos imponentes, vestidos con armaduras de cuero tachonado y capas grises que llevaban el emblema de una espada cruzada por un rayo.
Eran cazadores de lo antinatural.
Al frente del grupo iba Lin. Era un hombre de presencia imponente, con una cicatriz que cruzaba parte de su mandíbula y ojos que parecían haber visto demasiados horrores. Su mirada era fría, analítica, acostumbrada a buscar monstruos en cada rincón oscuro. Pero cuando sus ojos se posaron en Norman, algo extraño ocurrió.
Lin sintió una calidez súbita en el pecho, una sensación de paz que no recordaba haber sentido en años de batallas. El chico del cabello revuelto y sonrisa fácil emanaba una pureza que lo dejó desarmado por un segundo.
-Bajen las armas, muchachos.- Dijo Lin con una voz profunda, haciendo una señal a sus jinetes -No somos bandidos. Somos la Orden de la Luz.-
-Cazadores- Susurró Sam, relajando un poco la guardia pero sin bajar la mano de la daga.
-Viajeros- Corrigió Lin, bajando de su caballo con una elegancia de guerrero -El camino no es seguro de noche. Hay cosas allá afuera que no tienen alma. Nos quedaremos aquí y vigilaremos mientras descansan. Considerenlo "protección" gratuita.-
A pesar de la presencia imponente de los cinco guerreros armados, Norman no se dejó amedrentar. Al contrario, su naturaleza sociable salió a flote.
-¡Bueno, si van a protegernos, al menos ayuden con la cena!- Exclamó Norman con una carcajada -Tenemos queso que solo encontrarán en nuestra aldea y pan suficiente para todos. ¡Vengan, acérquense al fuego, que aquí no mordemos!-
Los jinetes se miraron entre sí, confundidos por la hospitalidad del joven, pero ante un asentimiento de Lin, se despojaron de sus armas pesadas y se sentaron alrededor de la fogata.
Norman se convirtió en el centro de atención. Contó historias exageradas sobre las vacas de su aldea, hizo bromas sobre los callos en los pies de Sam y logró que incluso los guerreros soltaran alguna risotada. Lin, sin embargo, permanecía callado, observando a Norman con una intensidad que no era de sospecha, sino de fascinación. Había algo en ese chico, una chispa que Lin no lograba identificar, pero que lo atraía de una forma que nunca había experimentado.
Lin no sabía que Norman descendía de hechiceros, pero su instinto de cazador detectaba una luz diferente en él, una que lo hacía querer protegerlo de todo el mal que él mismo combatía a diario.
A unos cincuenta metros de allí, oculto por la oscuridad absoluta y la magia de su propia estirpe, Alaric observaba. El Rey Vampiro estaba de pie sobre la rama de un roble antiguo, tan inmóvil que parecía parte del árbol. Sus hombros anchos se tensaron al ver a los cazadores tan cerca de Sam.
Sus ojos rojos, invisibles para los humanos en la noche, estaban fijos en Sam. Podía ver cómo el fuego iluminaba el rostro de su amado, cómo reía con las ocurrencias de Norman. El corazón muerto de Alaric dio un vuelco doloroso. Había esperado tres siglos para volver a ver esa sonrisa.
El odio hacia los cazadores hervía en sus venas. Lin era un hombre peligroso, un rastreador experto que lo buscaba a él, al Rey de las Sombras. Alaric sabía que si los cazadores sospechaban siquiera quién era Sam o qué llevaba en su mochila, la sangre correría antes del amanecer.
-Disfruta de tu fuego, pequeño príncipe.- Susurró Alaric para sí mismo, con su voz que era como el roce de la seda sobre una tumba -Muy pronto, el destino nos pondrá frente a frente. Y si alguno de esos hombres te toca con una sola intención impura, conocerán por qué los monstruos nos escondemos de la luz.
Alaric sintió un impulso casi irresistible de bajar, de apartar a Sam de esos hombres y llevárselo a las profundidades del bosque, donde nadie pudiera lastimarlo. Pero se contuvo. Sabía que Sam no lo recordaba, y aparecer como un monstruo frente a él solo lo asustaría.
De vuelta en la fogata, la atmósfera era relajada. Norman estaba enseñando a uno de los jinetes un juego de manos con piedras.
-¡Mira, ahora está aquí, ahora no está!- Decía Norman, usando un pequeño truco de agilidad mental (y quizás una pizca de la magia inconsciente de su linaje).
Lin se acercó a Sam, quien estaba un poco más apartado.
-Tu amigo es... especial.- Dijo el cazador.
-Es el mejor.- Respondió Sam con orgullo -Es capaz de hacer reír a una piedra.-
-En este mundo, la risa atrae a las sombras.- Advirtió Lin, aunque su mirada seguía fija en Norman -Asegúrate de que no pierda esa alegría. Yo me encargaré de que nada se acerque a este campamento esta noche.-
Sam asintió, sintiendo que, a pesar de la protección de los cazadores, había algo más en el aire. Un frío que no era el de la noche, sino una presencia poderosa, antigua y extrañamente protectora que lo observaba desde la oscuridad de los árboles.
El campamento finalmente se sumió en el silencio del sueño, con Lin haciendo la primera guardia y Alaric, desde las sombras, velando el sueño del hombre por el que había desafiado al tiempo mismo.