Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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La Soledad de la Balanza
Dante extendió la mano y colocó los dedos sobre el borde de la puerta del auto de Isabella, impidiendo que se subiera. El contacto no fue violento, sino firme, forzándola a mirarlo de nuevo. La cercanía entre ambos era eléctrica; Isabella podía oler el tabaco y la madera de su perfume, y por un segundo, la armadura de hielo que la protegía del mundo sintió una fisura.
—No seas necia, Isabella —siseó Dante, inclinándose apenas hacia ella, sus ojos verdes brillando con una intensidad peligrosa—. Esta gente no es como Brad Garrison o Marcus Thorne. No les importa el debido proceso. Un día un camión de carga va a ignorar un semáforo en rojo en la autopista de Santa Mónica y tu maravillosa mente terminará desparramada en el asfalto. El Colegio de Abogados no te va a dar una medalla póstuma. ¿Cómo demonios pretendes salir de todo esto tú sola? ¿Cuál es tu gran estrategia de equilibrio para frenar a una jauría de lobos heridos?
Isabella se quedó inmóvil contra la puerta del coche. La pregunta de Dante flotó en el aire húmedo de la noche de Los Ángeles, golpeándola en el único lugar donde no tenía una cláusula de protección: su propio cansancio.
Miró al hombre frente a ella. Dante De Luca era un arrogante empedernido, un tiburón que cobraba millones por destruir vidas en los tribunales, pero en sus ojos verdes no encontró la lascivia asquerosa de Sterling-Gisvold, ni el resentimiento mediocre de Thorne. Encontró una extraña, genuina y feroz fascinación intelectual que se negaba a admitir, pero que tampoco podía evitar. Él la veía. Realmente la veía, no como un trofeo o una amenaza, sino como a su igual.
Isabella soltó un suspiro largo y lento. Sus hombros cayeron un milímetro, rompiendo por primera vez en años la postura de la escultura perfecta. Esbozó una sonrisa cansada, una mueca melancólica que humanizó sus facciones perfectas y que a Dante le pareció la cosa más hermosa e hipnótica que había visto en su vida.
—¿Salir de esto? —preguntó Isabella, su voz sonando suave, desprovista del acero corporativo—. No hay una salida limpia, Dante. Cuando eres una mujer en este mundo y te niegas a ser el adorno de la mesa, la única opción es convertirte en el verdugo. Y los verdugos no tienen amigos; tienen enemigos declarados y aliados temporales.
Caminó un paso hacia el borde del helipuerto, mirando las luces infinitas de la ciudad que parecía una colmena de oro y cristal.
—Desde niña he tenido que abrirme camino sola —continuó ella, con una calma que a Dante le partió el alma de una manera que no supo explicar—. Tuve que manipular a mi propio padre para que pagara mi universidad mientras mi hermano recibía todo sin mover un dedo. Tuve que diseñar trampas para que mis compañeros no me redujeran a un favor sexual. Cada peldaño que he subido en esta torre de Century City lo he ganado exponiendo la mediocridad de un hombre que creía que podía aplastarme por el simple hecho de levantar la voz. Estoy acostumbrada a la tormenta, Dante. Sé que cada vez es más difícil, que el aire aquí arriba es más frío y que el peso de la balanza es cada vez más jodidamente pesado... pero es el único juego que sé jugar. No sé cómo rendirme.
Dante caminó hacia ella, deteniéndose justo a su lado, mirando el mismo horizonte de Los Ángeles. Guardó silencio por unos largos segundos, dejando que el eco de las palabras de Isabella se asentara entre ambos. Su propia arrogancia, esa que lo hacía sentirse el rey de la Costa Oeste, se sintió pequeña ante la titánica e invisible batalla que esa mujer había librado cada día de su vida.
—Bueno —dijo Dante, su voz sonando más suave de lo habitual, pero cargada de una promesa irrevocable—. Dijiste que los verdugos solo tienen enemigos y aliados temporales. Pero olvidaste una regla del derecho penal, Vance.
Isabella se giró a mirarlo por encima del hombro, arqueando una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
Dante se giró hacia ella, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo de cachemira, sus ojos verdes fijos en los de ella con un magnetismo absoluto.
—Dos depredadores de la misma especie nunca se cazan entre sí; se cuidan el territorio. A partir de mañana, mi firma se encargará de la auditoría de seguridad de tus cuentas y de tus rutas de traslado. No es un favor, es una inversión estratégica. No voy a dejar que unos mafiosos de tercera categoría me quiten a la única contraparte en este país que me obliga a pensar tres pasos adelante. Así que prepárate, señorita Libra. Vamos a limpiar tu tablero de juego de una vez por todas, y esta vez, no vas a tener que cargar el peso de la balanza tú sola.
Isabella lo observó a través de la neblina. Por primera vez en su vida, sintió que alguien no intentaba ganarle la jugada, sino proteger el rey de su propio tablero. Sonrió, ya no con el cansancio de la soledad, sino con el brillo de la estratega que acaba de encontrar la pieza más poderosa de su ejército.
—De acuerdo, De Luca —dijo Isabella, subiéndose finalmente a su auto—. Pero te advierto algo: mis plazos de entrega son estrictos y no tolero la impuntualidad. Mañana a las siete de la mañana en mi oficina. Trae los archivos de Glendale.
Dante sonrió con arrogancia, dándole un golpe suave al techo del coche mientras ella encendía el motor.
—Allí estaré, Vance. No me perdería el inicio de nuestra guerra por nada del mundo.