Lelia sale del convento para asistir a la boda de su hermana, estaba feliz al saber que se casaba por amor, pero nunca se imagino que su vida iba a cambiar.
Su destino la iba a llevar por un camino muy diferente al que pensó y le iba a poner pruebas muy duras.
¿Podrá Lelia superar todo lo que le prepara el destino?
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CAPÍTULO 13
Apolo despertó gritando esa palabra, al mismo tiempo que se incorporó, quedando sentado y sudando por lo acalorado que estaba por el sueño que había tenido.
Mira a todos lados buscándola; fue un sueño tan real que por un momento lo hizo sentir confundido.
Esa mujer lo estaba haciendo sentir cosas que nunca esperó; por culpa de una mujer, sentimientos que iban del miedo al deseo y las ganas de tenerla siempre cerca, de protegerla.
Sentimientos que para él no tenían explicación, mucho menos algún sentido; se dejó caer en la cama ya más tranquilo al darse cuenta de que todo había sido una pesadilla, porque eso fue para él un muy, pero muy mal sueño.
Mira por la ventana; el sol ya había salido, parecía ser tarde. Después de un largo rato viendo por esa ventana, pensando en lo que había soñado, en lo que había pasado esa noche, decide levantarse.
Ahí no tenía ropa, tuvo que cubrirse con la sábana de la cama para regresar a sus aposentos; para su suerte no había ningún empleado en el largo pasillo, algo que agradeció, para que nadie se diera cuenta de la vergüenza que pasó esa noche.
Al entrar, mira que Lelia no estaba; le pareció extraño. Toma ropa y se cambia rápido; quería saber dónde estaba.
Al estar cambiado, salió a buscarla. Fue a la sala, al jardín que estaba enfrente de la mansión; también fue a la parte trasera de la casa, la buscó en el laberinto que tenía, iba de un lugar a otro, pero no logró encontrarla.
Al regresar a la sala, se encuentra con una de las empleadas; molesto, le pregunta.
—¿Has mirado a la duquesa?
La empleada le contestó que estaban en la cocina, que se había levantado muy temprano y se había puesto a preparar panecillos de avena.
Que había preparado para todos los empleados, hasta le dijo que eran buenos, los mejores que había probado.
Apolo le pareció extraño que una joven de su posición social se metiera a la cocina; era algo que no podía creer y fue rápido para verlo con sus propios ojos.
Al entrar a la cocina, la encontró sacando los panecillos del enorme horno que tenían.
La escucho hablando con la cocinera, que le estaba haciendo preguntas sobre la masa que hizo para los panecillos.
Apolo la encontró hermosa al verla; estaba sonriendo, hablando tranquilamente y esa alegría en su rostro la hacía verse más linda para él.
Le parecía inocente, dulce y amorosa, la mujer perfecta; al verla poner los panecillos en la mesa, se acerca a ella y la abraza, pasando sus enormes brazos por su pequeña cintura, deja un beso en su cuello y le dice.
—¡Buenos días! Yo también quiero probar tu pan y tiene que ser en la boca. -
Lelia empezaba a acostumbrarse a que siempre le hablara al oído; ya sentía esos actos normales, tanto que al escuchar lo que le dijo, tomó un pan, se giró sin salir de sus brazos y le dio de comer en la boca.
Apolo se sintió cómodo al estar de esa manera con ella; ni siquiera le importaba que los empleados lo miraran, solo quería disfrutar de ese momento.
Lelia sin entender lo que le pasaba en esos momentos cuando él se portaba cariñoso, pero le agradaban y los estaba disfrutando.
Inconscientemente se dejaba llevar por esas hermosas atenciones y ese momento hubiera sido más largo si no hubiera escuchado las risitas de los empleados y algunos murmullos que hacían al hablar en voz baja.
Lelia sonríe con timidez al momento de decirle.
-Estamos en la cocina y nos están mirando, esto no es apropiado.-
Apolo tragó el pedazo de pan que tenía en la boca y de mala gana la soltó al mismo tiempo que le preguntó.
—¿Qué haces en la cocina? Es algo raro ver a una señorita de buena familia haciendo estas cosas, aunque tengo que decirte que el pastelito está bueno. -
Lelia con timidez le responde.
—Las monjitas del convento me enseñaron a hacerlos y tengo que decir que también sé cocinar, hacer otras cosas como encurtidos y dulces de frutas.
Con los días te haré algunas comidas y otras cosas para que las pruebes; te van a gustar, porque tengo que decirte que las monjitas siempre me elogiaron por lo rico que cocinó. -
Apolo le sonríe al momento de decirle.
—No estoy seguro de querer probar lo que cocines; me da miedo terminar con un dolor de estómago. -
Lelia frunce el ceño al momento de decirle
—Qué malo eres, no puedes decirme eso; aunque lo dudes, sé hacerlo muy bien. Una vez que pruebes mi comida, vas a pedirme más. -
En ese momento que los dos estaban en su plática, escuchan que una de las empleadas dijo en voz baja.
—¿Por qué dijo que las monjitas la enseñaron? Pensé que la que estaba en el convento era su hermana Lelia, no ella. -
Se escucha que alguien le dice que se calle y en ese momento los dos reaccionan; se habían olvidado de que no estaban solos, habían hablado de más y eso no era nada bueno para su acuerdo.