Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 8 – El plan comienza (venganza etapa 1)
Valentina no volvió a casa hasta la mañana del tercer día. Había pasado cuarenta y ocho horas en el almacén con Leonardo, organizando pruebas, archivando documentos y trazando un plan tan meticuloso que parecía salido de la mente de Adrián. Pero ella había aprendido del mejor. Ahora era su turno.
Cuando entró por la puerta de su casa, Adrián la estaba esperando en el salón. Tenía una taza de café en la mano y una expresión de preocupación tan bien actuada que Valentina sintió ganas de aplaudir.
—¿Cómo está tu hermana? —preguntó, levantándose para abrazarla.
—Mejor —mintió Valentina, devolviéndole el abrazo con la misma frialdad con la que un cirujano sostiene un bisturí—. Ya está fuera de peligro.
—Me alegro. La extrañé.
La extrañé. Tres palabras. Tres mentiras. Valentina sonrió y se dirigió a la ducha. Mientras el agua caliente corría por su espalda, repasó mentalmente cada paso de su plan.
Primera fase: aislar a Adrián de sus aliados.
Daniela era el eslabón más débil. No porque fuera tonta, sino porque estaba enamorada. Y el amor, Valentina lo sabía ahora, era la mentira más peligrosa que un ser humano podía contarse a sí mismo.
Esa misma tarde, mientras Adrián estaba en el bufete, Valentina envió un mensaje a Daniela desde un número temporal que había comprado en una tienda de la periferia. Un número que no podía rastrearse hasta ella.
"Sé lo de Adrián y Valentina. Él nunca te va a dejar por ella. Tengo pruebas. Si quieres verlas, mañana a las 5 en el café del parque. Ven sola."
Daniela respondió a los dos minutos: "¿Quién eres?"
"Alguien que quiere ayudarte a abrir los ojos."
No hubo más respuestas. Pero Valentina sabía que Daniela iría. La curiosidad y el miedo eran un cóctel imposible de resistir.
Segunda fase: mover dinero sin dejar rastro.
Leonardo le había enseñado a usar cuentas offshore. No era ilegal si se hacía correctamente. Y Valentina había heredado de su madre una pequeña fortuna en acciones que Adrián no podía tocar porque estaban a nombre de su abuela fallecida. Lo que Adrián no sabía era que su abuela había dejado un testamento secreto, guardado en una caja de seguridad que solo Valentina conocía.
Esa noche, mientras Adrián dormía, ella transfirió dos millones de dólares a una cuenta en las Islas Caimán. El banco le envió un código de verificación a su teléfono. Lo introdujo con manos firmes. El dinero desapareció de su cuenta conjunta como arena entre los dedos.
Adrián no notaría la falta hasta dentro de una semana, cuando intentara pagar el siguiente plan de su "accidente". Para entonces, ya sería demasiado tarde.
Tercera fase: plantar la semilla de la paranoia.
Adrián confiaba en Daniela. Pero también la vigilaba. Valentina lo había visto revisar el teléfono de su amante cuando ella iba al baño. La desconfianza era el idioma nativo de los mentirosos.
Así que Valentina empezó a dejar pistas. Un pendiente de Daniela en el bolsillo de la chaqueta de Adrián. Un mensaje falso en su propio teléfono, escrito pero no enviado, que decía: "Daniela me dijo que iba a contarte todo. Cuidado."
No necesitaba que Adrián lo creyera del todo. Solo necesitaba que lo dudara. Una duda. Eso era todo lo que requería para que el castillo de naipes empezara a tambalearse.
Al cuarto día, Valentina notó que Adrián miraba a Daniela de otra manera. Todavía sonreía, todavía le susurraba cosas al oído, pero sus ojos se habían vuelto más fríos. Calculadores. Como si estuviera evaluando si ella seguía siendo útil o ya era un riesgo.
Daniela, por su parte, se había vuelto más nerviosa. La cita en el café del parque había sido un éxito. Valentina había enviado a una mujer desconocida (contratada por Leonardo) que se hizo pasar por una exempleada del bufete. La mujer le había mostrado a Daniela correos falsos donde Adrián le ofrecía dinero a otra amante para que "desapareciera" a Valentina. Daniela había salido del café pálida como un fantasma.
—Está funcionando —le dijo Valentina a Leonardo por teléfono, escondida en el baño de su propia casa mientras Adrián veía la televisión en el salón—. Daniela está asustada. Y Adrián está empezando a sospechar de ella.
—¿Y cuándo activamos la siguiente fase? —preguntó Leonardo.
—Pronto. Pero primero necesito que Adrián cometa un error. Un error del que no pueda retractarse.
—¿Qué tipo de error?
—Que intente matarme antes de tiempo.
El silencio de Leonardo duró varios segundos.
—Eso es muy peligroso, Valentina.
—Lo sé. Por eso voy a grabarlo todo. Si él intenta algo, tendré pruebas en video y audio. No solo para la policía. Para el mundo entero.
—¿Y si no lo intenta?
—Lo hará. Porque yo voy a empujarlo. Voy a hacerle creer que Daniela lo va a traicionar. Que su dinero está desapareciendo. Que yo sé más de lo que debería. Un hombre como Adrián, cuando se siente acorralado, ataca. Es su única respuesta.
Colgó. Salió del baño y se sentó junto a Adrián en el sofá. Él puso un brazo sobre sus hombros y la atrajo hacia él.
—Te quiero —susurró.
—Yo también te quiero —respondió ella, recostando la cabeza en su pecho.
Por encima de los latidos de su corazón, Valentina escuchó otro sonido. Era el tic-tac del reloj de la chimenea, marcando los segundos que le quedaban a Adrián. No muchos. Muy pocos.
Mientras él creía que la tenía dominada en sus brazos, ella estaba trazando el mapa de su destrucción. No con odio. Con la misma paciencia con la que restauraba un cuadro antiguo. Capa por capa, hasta que solo quedara la verdad.
Y la verdad, pensó mientras cerraba los ojos, iba a ser más cruel que cualquier mentira que Adrián hubiera contado jamás.