Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 12
El bosque respiraba diferente en aquella madrugada.
Elisabete lo sentía en el aire, en el susurro inquieto de las hojas, en la tensión invisible que vibraba bajo sus pies descalzos. Incluso sin ver, su cuerpo había aprendido a leer el mundo por otros sentidos, y todos ellos gritaban que algo había cambiado.
Ya no estaba sola.
Dos pasos detrás de ella, firmes como raíces clavadas en la tierra, Alisson la seguía en silencio. No era una vigilancia disimulada. Era una protección declarada. Abierta. Irrevocable.
Desde la noche en que él la encontrara llorando, perdida en medio de sus propias alucinaciones, algo entre ellos se había sellado. No por palabras. Sino por presencia.
Elisabete caminaba despacio, tocando los troncos mientras atravesaban la parte más densa del bosque. El entrenamiento de aquella mañana no era de fuerza o combate. Era de percepción.
—Escucha —dijo Alisson, en voz baja—. ¿Qué sientes ahora?
Ella respiró hondo. Dejó que los sonidos entraran. El batir distante de alas. El roce de algún animal pequeño entre los arbustos. El curso lento de agua a lo lejos. Y… algo más.
—El bosque está inquieto —respondió—. Como si se estuviera preparando para huir… o para luchar.
Alisson sonrió, una sonrisa corta, orgullosa.
—Exacto.
Él la rodeó, acercándose por detrás sin tocarla. Elisabete sintió la presencia de él como un calor firme en su espalda.
—Tus otros sentidos están despertando más rápido de lo que imaginé.
Ella tragó saliva.
—Porque no tengo los ojos para mentirme.
Por un instante, el silencio pesó entre los dos. Alisson, entonces, hizo lo que raramente hacía: la tocó.
La mano grande se posó con cuidado en su hombro.
No fue un gesto de posesión. Ni de mando. Fue de promesa.
—Mientras yo respire, Elisabete, nadie te toca.
Ella sintió el pecho apretarse.
Aquellas palabras eran más que protección. Eran un decreto.
En la manada de Alisson, la noticia ya se había esparcido:
la loba ciega era protegida del alfa.
Y eso lo cambiaba todo.
Los guerreros comenzaron a moverse diferente.
Elisabete podía sentirlo.
Antes, ella era miradas desviadas, pasos acelerados al pasar por ella, susurros atravesados de piedad y extrañamiento. Ahora, cuando ella cruzaba los caminos de la aldea, los cuerpos se enderezaban. Las voces se callaban. El respeto venía pesado en el aire.
No por pena.
Por miedo a desagradar a Alisson.
Los niños, sin embargo, aún la trataban como siempre.
—¡Elisabete! —Una mano pequeña tiró de sus dedos—. ¡Prometiste contar aquella historia de la luna que hablaba con los lobos!
Ella se agachó, sonriendo.
—Prometí… y promesa de loba no se rompe.
Mientras hablaba para los niños reunidos alrededor, Elisabete no se daba cuenta… pero Alisson la observaba a la distancia.
Ella reía con ligereza. Algo que él no veía desde el día en que la encontrara a los dieciséis años, rota, herida por dentro de un mundo que nunca la había aceptado.
Y ahora…
Ahora había fuego en aquella risa.
Un fuego que despertaba la parte más salvaje de él.
Pero la protección tiene un precio.
Pero la protección de un alfa nunca viene sin precio.
En aquella misma noche, tres lobos de la patrulla volvieron heridos.
Ataques rápidos. Precisos. No fatales.
—Marcas de otra manada —informó uno de los exploradores.
Alisson gruñó bajo.
—Caíque…
Elisabete oyó el nombre como si fuera un golpe directo en el pecho.
El pasado no estaba más solo en su memoria.
Se estaba moviendo.
—Él sabe que estás conmigo ahora —dijo Alisson, acercándose a ella—. Y eso te convierte en un blanco.
Ella se mantuvo erguida.
—Yo siempre fui un blanco.
Él sujetó su barbilla con firmeza suficiente para obligarla a levantar el rostro en dirección a él.
—No. Antes estabas sola.
Ahora… eres mía.
Las palabras quemaron.
No como prisión.
Como refugio.
En aquella madrugada, Elisabete despertó asustada.
El pecho subía y bajaba rápido. El corazón martilleaba en los oídos. La visión inexistente no le impedía sentir… la presencia.
—Estoy aquí.
La voz de Alisson sonó inmediatamente al lado de la cama.
Él no dormía más lejos de ella.
Nunca más.
—Soñé con la luna —murmuró—. Pero estaba oscura… sangrando.
La mandíbula de él se contrajo.
—La luna anda errando —dijo—. Pero mientras yo exista, ella no te toca.
Él llevó la mano de ella hasta su propio pecho.
—Escucha mi corazón. Mientras él lata, estás segura.
Elisabete lloró en silencio.
No de miedo.
Sino porque, por primera vez en toda su vida, alguien no la protegía por obligación.
Protegía por elección.
Y bien lejos de allí…
Caíque sentía el territorio escaparse por entre los dedos.
Sin aún saberlo.
Sin aún arrepentirse.
Pero sintiendo.