Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Cajas 1
El carruaje avanzaba con un traqueteo constante por las calles empedradas, dejando atrás el bullicio del club. La tarde comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y el viento frío se colaba por las rendijas, moviendo apenas las cortinas de terciopelo.
Emma, sentada frente a Daniel, apartó ligeramente la tela para mirar hacia afuera… y lo que vio hizo que su expresión cambiara.
Las elegantes fachadas desaparecieron poco a poco, reemplazadas por casas bajas de madera envejecida, techos remendados y ventanas cubiertas con telas en lugar de vidrio. Niños descalzos corrían por el barro, sus ropas demasiado grandes o demasiado pequeñas. Una mujer cargaba agua en un balde oxidado mientras otro pequeño la seguía con paso cansado.
Emma sintió un nudo en el pecho.
—Daniel… ¿Este sector pertenece a sus tierras?
El conde asintió con un gesto serio y escribió en la libreta
“No, pero es uno de los distritos más antiguos de la zona”
Emma guardó silencio unos segundos más. Sus manos descansaban sobre su falda, pero sus dedos se entrelazaron con inquietud.
—¿Podríamos…? ¿Podríamos preparar algunas cajas con ayuda? Alimentos, mantas, quizá ropa. Para las familias.
Daniel la observó. No respondió de inmediato. Sus ojos grises se suavizaron mientras la estudiaba con atención, como si la estuviera redescubriendo.
No era solo una dama hermosa, refinada y elegante. Era compasiva.
Él asintió.
Emma giró el rostro hacia él, sorprendida y aliviada al mismo tiempo. Una sonrisa iluminó sus facciones.
—Gracias, Daniel.
Se inclinó ligeramente y depositó un suave beso en su mejilla, delicado, casi tímido.
Pero Daniel no se quedó allí.
Su mano se deslizó hasta la cintura de Emma con firmeza contenida y, antes de que ella pudiera reaccionar del todo, fue él quien la atrajo hacia sí. Sus labios buscaron los de ella en un beso profundo, decidido, cargado de una intensidad inesperada.
Emma abrió los ojos un segundo, sorprendida.
No entendía la razón detrás de aquel impulso repentino.
No sabía que, mientras el carruaje se alejaba de la zona de la pelea, Daniel aún tenía grabadas en la mente las miradas de aquellos hombres posándose sobre ella. No sabía que el conde había sentido una punzada de celos al ver cómo la observaban, cómo sus ojos recorrían su figura con descaro.
Para Daniel, aquel beso era más que cariño.
Era una afirmación.
Una forma silenciosa de reclamar lo que era suyo.
Pero Emma no percibía esa sombra. Solo sentía el calor de sus labios, la seguridad de sus brazos rodeándola y el latido firme de su pecho contra el suyo.
Cerró los ojos y correspondió gustosa.
Sus manos se apoyaron suavemente en el pecho de Daniel mientras el carruaje seguía su camino hacia la mansión, ajeno a la intimidad que se desarrollaba en su interior.
Cuando finalmente se separaron, Emma tenía las mejillas sonrojadas y una sonrisa apenas contenida.
Daniel apoyó su frente contra la de ella por un instante.
El mundo afuera podía ser frío, desigual y duro.
Pero dentro de aquel carruaje, en ese pequeño espacio compartido, solo existían ellos dos.
Desde la mañana siguiente, la mansión Devlin se llenó de un movimiento distinto.
Emma, con las mangas ligeramente recogidas y una libreta entre las manos, recorría despensas, hablaba con el mayordomo y organizaba listas con una concentración casi solemne. Era su primera obra oficial como condesa, y no quería que fuese algo improvisado. Quería que cada caja llevara no solo alimentos y mantas… sino dignidad.
Pidió harina, arroz, legumbres, jabón, mantas gruesas y pequeños frascos de ungüento para el invierno. Supervisó personalmente la calidad de cada cosa. Durante una semana entera trabajó sin descanso, aunque siempre con una sonrisa tranquila.
Mientras tanto, en el ala este de la mansión, Daniel permanecía en su oficina. Sentado tras su escritorio de madera oscura, revisaba documentos, firmaba órdenes y escribía breves instrucciones en pequeñas notas que luego entregaba al administrador. Su caligrafía era firme, precisa. No necesitaba palabras habladas para imponer autoridad.
En el salón principal, el ambiente era muy distinto.
El abuelo Devlin caminaba de un lado a otro con su bastón, su voz grave retumbando en las paredes mientras reprendía a Damián por las recientes peleas en el club.
—¡Un Devlin no pierde el control por provocaciones infantiles! ¡como puedes estar peleando en el pueblo!
Damián mantenía la mandíbula apretada, pero bajaba la mirada en señal de respeto. David, a su lado, observaba en silencio, con una expresión más contenida.
Emma, que había entrado con una lista en la mano, percibió la tensión de inmediato. La atmósfera estaba demasiado cargada.
Con suavidad, intervino.
—Quizá… podríamos entregar las donaciones en cajas con el emblema de la casa Devlin pintado en ellas.
El abuelo se detuvo.
Los gemelos levantaron la mirada.
Emma continuó, animándose al ver que la escuchaban..
—Así las familias sabrán de dónde proviene la ayuda. Y también será un símbolo… de que la casa Devlin cuida a la gente.
El silencio que siguió ya no era tenso, sino reflexivo.
El abuelo fue el primero en asentir lentamente.
—Es una gran idea..
Damián y David intercambiaron una mirada y también estuvieron de acuerdo. Era inteligente. Visible. Representativo.
La discusión cambió de tono casi de inmediato. Ahora hablaban de pintura, de tamaños de cajas, de cómo debía verse el escudo.
Emma sonrió satisfecha al notar cómo el ambiente se había aligerado.
—Yo misma pintaré los emblemas..
El abuelo soltó una pequeña risa.
—Entonces Damián y David te ayudarán.
Ambos jóvenes se miraron con resignación divertida.
—Claro..
—No dejaremos que la condesa trabaje sola..
Fue entonces cuando, con picardía, uno de los gemelos comentó..
—Daniel también debería pintar.
Emma abrió ligeramente los ojos, sorprendida.
Pensó en su esposo, en su carácter reservado, en cómo pasaba horas en su oficina, en cómo se comunicaba con breves notas escritas o con un simple gesto de cabeza.
Negó suavemente.
—No… Será una sorpresa para Daniel.
El abuelo arqueó una ceja, intrigado.
—¿Una sorpresa?
Emma asintió.
—Quiero que cuando vea las cajas listas, con el escudo verde y dorado perfectamente pintado, se sienta orgulloso.
El abuelo guardó silencio unos segundos. Luego su expresión se suavizó.
—Entonces yo también pintaré.
Los gemelos soltaron una carcajada.
—¿Usted, abuelo?
El anciano golpeó el suelo con el bastón.
—He pintado ese escudo más veces de las que ustedes han montado a caballo.
Su voz se volvió más baja, más emotiva.
—El verde por nuestras tierras. El dorado por nuestro honor.
Sus ojos brillaron con una mezcla de nostalgia y orgullo.
Emma lo miró con calidez. Estaba comprendiendo algo importante: no solo estaba organizando una obra de caridad. Estaba tejiendo la identidad de la familia.
Durante los días siguientes, en uno de los patios interiores, colocaron largas mesas cubiertas con telas viejas. Las cajas de madera fueron alineadas cuidadosamente. El olor a pintura fresca llenó el aire.
El abuelo, con pulso firme pese a su edad, trazaba las líneas principales del escudo. Damián y David rellenaban los contornos, compitiendo entre ellos por quién lograba el dorado más uniforme. Emma, concentrada, perfeccionaba los detalles finales con delicadeza.
Sus dedos terminaron manchados de verde y oro.
Y mientras reían, discutían y trabajaban juntos, Daniel permanecía ajeno en su despacho, firmando documentos… sin saber que, en el patio, su familia estaba pintando el orgullo de los Devlin sobre cada caja.
Maravilloso Daniel sigue asi👏