Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Reencarné
Desde que tuvo memoria, el dolor fue su compañero constante.
Mientras otras niñas aprendían a peinar muñecas, ella aprendía a vendarse los nudillos. Mientras otras temían caer, ella repetía la caída una y otra vez hasta dominarla. El dojo era su hogar.. el olor a tatami, el eco seco de los golpes, la respiración contenida antes de atacar.
Su maestro solía decirle..
—La fuerza no está en el músculo. Está en la voluntad de levantarte.
Y ella se levantaba. Siempre.
Entrenó artes marciales mixtas desde los cinco años. Judo para dominar el equilibrio. Taekwondo para la velocidad. Muay thai para endurecer los huesos. Su cuerpo se transformó en una máquina disciplinada.. músculos definidos, reflejos afilados, mente fría. Cada amanecer corría antes del colegio.. cada noche practicaba hasta que las manos le temblaban.
No entrenaba por fama. No entrenaba por gloria.
Entrenaba porque el mundo nunca fue amable con los débiles.
A los dieciocho años ya era campeona nacional. A los veintidós, su nombre llenaba estadios. Decían que tenía una mirada intimidante, casi feroz. Pero por dentro solo había una determinación inquebrantable.. no rendirse jamás.
Hasta aquella noche.
El combate era el más importante de su carrera. El estadio vibraba con miles de voces. Las luces la cegaban, pero su mente estaba clara. Frente a ella, una oponente brutal, famosa por su agresividad. Intercambiaron golpes rápidos, calculados. Ella esquivó, contraatacó, dominó el ritmo.
En el tercer asalto, todo cambió.
Un agarre inesperado. Un giro fuera de tiempo. Sus pies perdieron el apoyo por apenas un segundo.
Un segundo.
Cayó hacia atrás con violencia. Intentó girar para amortiguar, como había hecho mil veces. Pero su talón resbaló en el sudor del tatami. Su cabeza impactó contra el borde metálico de la plataforma.
El sonido fue seco.
Brutal.
El mundo se volvió blanco.
No sintió dolor. Solo un zumbido lejano, como si el estadio estuviera bajo el agua. Voces gritando su nombre. Pasos corriendo hacia ella. El sabor metálico de la sangre en la lengua.
“Levántate.”
Esa fue su última orden mental.
Pero su cuerpo no respondió.
Oscuridad.
Cuando volvió a abrir los ojos, no estaba en un hospital.
No había olor a desinfectante. No escuchaba máquinas ni respiradores. Tampoco sentía el peso familiar de sus músculos entrenados.
El techo sobre ella era alto y ornamentado, cubierto de pinturas antiguas. Un candelabro de cristal colgaba sobre su cabeza. Las sábanas eran suaves, demasiado suaves. Seda.
Intentó incorporarse.
Su cuerpo… era ligero.
Demasiado ligero.
Levantó las manos frente a su rostro y se quedó paralizada.
No eran sus manos.
Eran más pequeñas. Más finas. Sin callos. Sin cicatrices. La piel era clara y delicada, como si jamás hubiera golpeado nada más duro que el aire.
Se sentó de golpe.
El mareo la obligó a cerrar los ojos un instante. Su cabello cayó sobre sus hombros, largo y sedoso. Azul oscuro. Mucho más largo de lo que jamás lo llevó.
[cabello azul]
—¿Mi… cuerpo?
Su voz era distinta. Más suave. Más joven.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Se levantó tambaleante y caminó hasta un enorme espejo dorado apoyado contra la pared. Lo que vio la dejó sin aliento.
Una joven desconocida la miraba desde el reflejo.
Ojos grandes color azules. Rasgos delicados. Un vestido antiguo de encaje blanco. Parecía salida de otra época.
[Esto es… un sueño]
Pero el frío del suelo bajo sus pies era real. El latido en su pecho era real.
Y entonces llegaron los recuerdos.
No los suyos.
Imágenes ajenas invadieron su mente.. un carruaje avanzando por caminos de piedra. Una mansión rodeada de jardines. Un padre severo. Una madre distante. Susurros de sirvientes. Una vida llena de normas, vestidos pesados y lecciones de etiqueta.
Un nombre.
Constance Valmont.
Ese era el nombre de la joven en el espejo.
Había enfermado días atrás. Fiebre alta. Delirio. Y finalmente… silencio.
Hasta ahora.
Ella retrocedió un paso.
—¿Reencarné…?
La idea parecía absurda. Pero no había otra explicación.
Había muerto en la arena de combate.
Y ahora había despertado en el cuerpo de otra persona.
Respiró hondo.
Su antiguo cuerpo estaba forjado por años de entrenamiento. Este era frágil. Delgado. Sin fuerza visible.
Cerró los puños.
Aunque fueran pequeños.
Aunque fueran suaves.
La voluntad seguía allí.
Si este era su nuevo mundo, lo enfrentaría como siempre lo había hecho.
Se acercó nuevamente al espejo, observando con atención su postura. Enderezó la espalda. Alineó los hombros. Ajustó el equilibrio sobre la planta de los pies.
Instintivamente adoptó una guardia básica.
El vestido largo estorbaba.
Lo sostuvo con una mano y probó un movimiento simple. Un giro corto. Un desplazamiento lateral.
Su cuerpo era más liviano, pero torpe. Sin memoria muscular. Sin resistencia.
Sonrió.
Eso podía cambiar.
Siempre había comenzado desde cero.
Y volvería a hacerlo.
De repente, golpes apresurados sonaron en la puerta.
—¡Señorita Constance! ¿Se encuentra bien? ¡El médico dijo que no despertaría hasta mañana!
Ella miró la puerta.
Una nueva vida.
Un nuevo nombre.
Un mundo que aún no entendía.
Pero una cosa era segura..
Esta vez no permitiría que la fragilidad definiera su destino.
Si el cielo le había dado una segunda oportunidad, no la desperdiciaría.
Aunque tuviera que entrenar desde el principio.
Aunque este mundo fuera completamente distinto.
Porque, sin importar el cuerpo…
Ella seguía siendo una guerrera.