A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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Buscando redención
El traslado a la mansión Alcázar se realizó bajo un operativo de seguridad digno de una visita de Estado. Diego no estaba dispuesto a correr riesgos; la sombra de Javier Vargas y la fragilidad de la salud de Ana lo habían vuelto un hombre obsesivo. Una ambulancia de alta tecnología, escoltada por dos vehículos negros, cruzó los imponentes portones de hierro forjado de la propiedad al atardecer.
Giselle observaba por la ventanilla con una mezcla de asombro y aprensión. La mansión era una joya arquitectónica rodeada de jardines interminables, un lugar que gritaba poder y linaje en cada piedra. Para ella, sin embargo, solo representaba el siguiente nivel de su cautiverio.
—Bienvenida a casa, Giselle —dijo Diego en voz baja mientras el vehículo se detenía frente a la escalinata principal.
—Esta no es mi casa, Diego. Es propiedad de los Alcázar—respondió ella con la mirada fija en el frente.
Al entrar, el abuelo Valerio los esperaba en el gran vestíbulo. El personal de servicio estaba formado en fila, pero el anciano los dispersó con un gesto impaciente para acercarse a la camilla donde Ana Sofía, aún adormecida, era trasladada por los enfermeros hacia el ala médica privada.
—Todo está listo —anunció Valerio, con una calidez inusual en su voz—. La habitación de la niña tiene vista a los jardines y el mejor equipo de monitoreo del país. Y para ti, Giselle, he dispuesto la suite contigua. Quiero que te sientas cómoda.
Giselle asintió mecánicamente, abrumada por todo lo que estaba viviendo en tan pocos días. Diego la guio a través de pasillos interminables decorados con retratos al óleo y techos decorados con candelabros impresionantes, hasta llegar a una zona apartada del ala principal. Al abrir una doble puerta de roble, Giselle se quedó sin aliento. No era una habitación de hospital; era un santuario. Tonos pasteles, una cama que parecía una nube y ventanales que dejaban entrar la luz dorada del sol poniente. Pero lo que más le llamó la atención fue una pequeña puerta lateral.
—Ese es el cuarto de Ana —explicó Diego, observando su reacción—. Están conectados. Puedes ir con ella en cualquier momento sin salir al pasillo.
Giselle caminó hacia el ventanal, sintiéndose pequeña en medio de tanto lujo. Diego se acercó y, tras dudar un momento, sacó algo de su bolsillo y lo puso sobre la mesa de noche. Era una llave de plata con un diseño antiguo.
—Esta llave es para la puerta principal de esta suite —dijo él—. He dado órdenes estrictas: nadie, ni siquiera mi abuelo o Alicia, puede entrar aquí sin tu permiso expreso. Este es tu territorio, Giselle. Mi habitación está al otro extremo del pasillo. Si alguna vez sientes que este lugar te asfixia, recuerda que detrás de esta puerta tú eres la que manda.
Giselle tomó la llave, sorprendida por el gesto. Era una concesión de privacidad que no esperaba de un hombre que había intentado controlarlo todo.
—¿Por qué haces esto, Diego? —preguntó ella, dándose la vuelta para encararlo—. Ayer me quitabas el anillo a la fuerza y hoy me entregas una llave para encerrarte fuera.
Diego la miró intensamente. La luz del atardecer hacía que sus ojos parecieran más oscuros, cargados de una culpa que aún no lograba verbalizar.
—Porque ayer no sabía que estabas huyendo de un monstruo para salvar a una niña —confesó él con voz ronca—. Y porque me di cuenta de que si quiero que te quedes, no puede ser mediante un contrato, sino haciendo que dejes de verme como a uno de ellos.
Giselle apretó la llave en su mano. Por un momento, el odio que sentía por él flaqueó ante la sinceridad de su tono. Pero el recuerdo de Javier, la traición del pasado y el contrato de matrimonio firmado aún pesaban demasiado.
—El hecho de que la jaula sea de oro y tenga llave, Diego, no quita que siga siendo una jaula —sentenció ella, dándole la espalda para entrar a la habitación de su hija.
Diego se quedó solo en la suite, escuchando el pitido rítmico de los monitores de Ana. Sabía que el camino sería largo, pero al menos ahora, bajo su techo, tenía la oportunidad de protegerlas de Javier... y de sí mismo.
Diego volvió con su abuelo; necesitaba dejar las cosas claras. Giselle no podía siquiera sospechar quién era él realmente, ni el vínculo que los unió en aquel hotel años atrás. El secreto era la única barrera que impedía que ella huyera para siempre.
—Espero que estés haciendo tu parte para que Giselle se sienta cómoda con nosotros —dijo el abuelo con su habitual frialdad, aunque sus ojos buscaban aprobación.
—Ella está muy cansada y dolida. Por el momento, le he dado autoridad total sobre el espacio que se le ha concedido. Lo importante ahora es hacerla sentir que aquí tiene libertad, no que ha caído en otra prisión —respondió Diego con firmeza.
—Necesitamos la prueba de ADN antes de seguir adelante —sentenció Don Valerio, golpeando levemente el suelo con su bastón—. Ana llevará nuestro apellido solo si se confirma que tiene nuestra sangre. No podemos permitirnos un error legal.
—Ya todo está dispuesto para complacerte, abuelo. Aunque yo no necesito un papel para saberlo; estoy seguro de que Ana es mi hija.
Sin embargo, la seguridad de Diego no era suficiente para Don Valerio. El patriarca necesitaba la certeza científica que blindara el linaje Alcázar.
—Solo espero que, cuando Giselle se entere de todo esto, no terminemos perdiéndolas a ambas —murmuró el anciano, dejando entrever por un segundo el temor de perder la oportunidad de redención de su familia.
Diego salió de la propiedad poco después. Necesitaba pensar lejos de la presión de su abuelo y del ambiente frío de la mansión. Solo había aceptado que Giselle y su hija vivieran allí por la seguridad que los muros de los Alcázar ofrecían, pero se juró a sí mismo que, en cuanto el peligro de Javier Vargas pasara, las llevaría a su propio hogar, lejos de las garras del patriarca.
Se refugió durante un par de horas en su santuario personal: una cabaña a las afueras de la ciudad que le servía para despejar la mente. Cuando vio que la tarde empezaba a caer y las sombras se alargaban, decidió volver. En el camino de regreso, impulsado por un anhelo creciente de recuperar el tiempo perdido, se detuvo frente a una tienda exclusiva.
El deseo de ver una sonrisa en el rostro de Giselle y de compensar a la pequeña Ana lo llevó a comprar un obsequio para ambas: una delicada caja de música para la niña y una joya minimalista para Giselle, algo que no gritara "contrato", sino un silencioso "lo siento".
pudiendo salir violada y incluso con una enfermedad veneria y incluso hasta ser grabadas y montado en redes sociales. no usan la cabeza sino la estupidez
tenías que aclarar de una vez la situación.😖😤
ganas de ahogarse en un vaso con agua🤔
algo se deschabetó aquí 🤷🏼♀️