¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Un sueño
La firma del contrato se realizó tres días después.
Nyssa había pasado aquellas jornadas revisando cada cláusula con su abogado. Había exigido modificaciones sobre la compensación económica, la duración del matrimonio y las condiciones para terminarlo antes de tiempo.
También dejó por escrito que Cedric no tendría autoridad sobre sus decisiones personales, que no existirían obligaciones sexuales y que la ayuda destinada a su madre y a Ale no dependería de que ella complaciera a su futuro esposo.
Cedric había aceptado los cambios después de discutir algunos detalles con sus abogados.
No estaba acostumbrado a que alguien revisara sus propuestas con tanta minuciosidad, pero prefería aquello a tener una esposa que aceptara todo por miedo a perder el dinero.
Finalmente, aquella mañana, Nyssa tomó la pluma.
Leyó una última vez la primera página.
—¿Estás segura? —preguntó Cedric desde el otro lado del escritorio.
Ella levantó la mirada.
—No me hagas cambiar de opinión ahora.
—Solo estoy preguntando.
—Y yo te estoy diciendo que estoy segura de mi decisión.
Cedric sonrió ligeramente.
—Entonces, adelante.
Nyssa firmó.
Su nombre quedó escrito al pie del documento, junto al de Cedric Vellane.
El acuerdo estaba hecho.
No hubo aplausos ni brindis. Solo el sonido de las hojas al ser ordenadas por los abogados y la sensación extraña de haber cruzado una puerta de la que ya no podía fingir que estaba afuera.
Nyssa dejó la pluma sobre la mesa.
—Espero que ambos cumplamos nuestra parte.
Cedric extendió la mano.
—Eso espero también.
Ella se la estrechó.
El apretón fue breve, formal y completamente impropio de una pareja que estaba a punto de casarse.
Pero, después de todo, todavía eran dos desconocidos.
Una vez que los abogados se marcharon, Cedric le pidió a Nyssa que esperara un momento.
Regresó con una pequeña caja de terciopelo oscuro.
Ella la miró y luego lo miró a él.
—¿Qué es eso?
—Ábrela.
Nyssa tomó la caja con cautela. Al levantar la tapa, encontró un anillo de compromiso con un diamante rodeado de pequeñas piedras brillantes.
Se quedó inmóvil.
—Cedric…
—Es para ti.
—Ya veo que es para mí. Te estoy preguntando por qué.
Él apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Porque vamos a casarnos y necesitamos un anillo.
Nyssa cerró la caja inmediatamente.
—Esto debe costar una fortuna.
—No te preocupes por el precio.
—¡Precisamente por eso me preocupo!
Cedric suspiró.
—Nyssa, no voy a pedirte que lo pagues.
—No quiero que gastes tanto dinero en mí. Podríamos comprar uno más sencillo.
—Podríamos, pero ya compré este.
Ella lo miró con incredulidad.
—Eres imposible.
—Eso me han dicho.
Nyssa volvió a abrir la caja y contempló el anillo. Era precioso, pero imaginarse llevándolo en el dedo le producía una incomodidad difícil de explicar.
No quería que nadie creyera que había aceptado casarse por las joyas.
—No necesito algo tan caro para fingir que estamos comprometidos.
—No se trata de fingir que estamos comprometidos. Estamos comprometidos, Nyssa. El matrimonio es un acuerdo, sí, pero la gente no tiene por qué conocer sus detalles.
Ella guardó silencio.
Cedric tomó el anillo de la caja y se acercó.
—¿Puedo?
Nyssa vaciló, pero finalmente extendió la mano.
Él deslizó el anillo en su dedo.
Le quedaba perfecto.
Cedric sostuvo su mano un instante para comprobarlo y después la soltó.
—Listo.
Nyssa contempló el diamante bajo la luz.
—Voy a sentirme culpable cada vez que lo mire.
—Entonces intenta mirarlo menos.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo con la caja vacía.
Cedric se rio.
Y, por primera vez desde que habían empezado a negociar aquel matrimonio, la tensión entre ambos se disipó durante unos segundos.
—Tengo otra cosa para ti —anunció Cedric.
Nyssa lo miró con desconfianza.
—¿Otra joya? Porque te advierto que no pienso aceptar un collar.
—No es una joya.
Él sacó una carpeta de su escritorio y se la entregó.
Nyssa la abrió sin comprender qué estaba viendo al principio.
Había una invitación para una prueba de selección de modelos, información sobre la agencia y una fecha para presentarse ante un equipo de profesionales.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Volvió a la primera.
—¿Qué es esto?
—Una oportunidad para presentarte a una selección de modelos.
Nyssa levantó lentamente la cabeza.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Conozco a una persona que trabaja en el sector. Le hablé de ti y aceptó darte una oportunidad para una evaluación.
Ella volvió a mirar los papeles.
No era una promesa de trabajo ni un contrato profesional garantizado. Era una prueba, una posibilidad de demostrar lo que podía hacer.
Y para Nyssa, aquello era inmenso.
—¿Le hablaste de mí?
—Le dije que eras alta, que tenías buenas facciones y que quería saber si podían evaluarte. El resto dependerá de ti.
Nyssa apretó la carpeta contra su pecho.
—¿Por qué?
Cedric se encogió de hombros, intentando parecer indiferente.
—Me pareció una buena idea. Además, tú misma dijiste que no querías dejar de trabajar.
—Pero esto no es lo mismo que trabajar en una cafetería.
—No. Es algo que te interesa, ¿verdad?
Nyssa abrió la boca, pero no pudo responder.
Él había descubierto su sueño.
No sabía cuánto conocía sobre aquella parte de su vida, pero era evidente que había investigado lo suficiente para encontrar una puerta que ella creía cerrada desde hacía años.
—Yo… —comenzó.
La voz se le quebró.
Bajó la mirada hacia la carpeta, intentando contener las lágrimas que amenazaban con aparecer.
Recordó las fotografías que guardaba debajo de su cama, los vestidos que había usado cuando era más joven y las veces que había imaginado cómo sería caminar por una pasarela.
Después llegaron las deudas, las jornadas interminables y las responsabilidades que no podían esperar.
Había dejado de hablar de aquel sueño porque le dolía demasiado recordar que alguna vez había tenido uno.
Y ahora tenía una oportunidad delante de sus ojos.
No sabía si sería seleccionada.
No sabía si conseguiría trabajar como modelo.
Pero alguien había pensado que merecía intentarlo.
—Gracias —susurró.
Cedric se aclaró la garganta.
—No es para tanto. Solo es una selección.
Nyssa soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Para ti quizá no.
Él dejó de fingir que aquello le resultaba indiferente.
—Entonces espero que te vaya bien.
Nyssa volvió a mirar los documentos. Las letras comenzaron a volverse borrosas.
Sintió un calor repentino, un zumbido en los oídos y una debilidad extraña en las piernas.
Se llevó una mano a la frente.
—Espera…
Cedric frunció el ceño.
—¿Qué sucede?
—No sé. Me siento…
No terminó la frase.
El rostro de Cedric se volvió borroso ante sus ojos y tuvo que agarrarse al borde del escritorio para no caer.
Él se levantó de inmediato.
—¡Nyssa!
La sujetó por los brazos justo cuando sus rodillas cedían y la ayudó a sentarse antes de que perdiera el equilibrio.
La carpeta cayó al suelo, esparciendo algunos papeles.
—Mírame —le pidió Cedric, agachándose frente a ella—. ¿Me escuchas?
Nyssa asintió débilmente.
—Sí. Solo estoy mareada.
Cedric pidió que trajeran agua y que avisaran a alguien para que pudiera evaluarla si no mejoraba. Después se quedó a su lado, sin obligarla a levantarse.
—¿Has desayunado?
Ella tardó en contestar.
—Un café.
Cedric cerró los ojos un instante, conteniendo una respuesta irritada.
—¿Eso es todo?
Nyssa intentó sonreír.
—No me mires así.
—¿Cómo quieres que te mire si acabas de casi desmayarte delante de mí?
—Estoy bien.
—No tienes que convencerme. Solo tienes que dejar que te ayuden.
Ella bajó la mirada, todavía sujetando la carpeta.
La emoción, el cansancio acumulado y el hecho de llevar demasiado tiempo comiendo mal podían haber contribuido al mareo, pero Cedric no iba a dar por hecho que esa era la causa. Quería que la revisaran.
Cuando Nyssa recuperó un poco de color, él le acercó un vaso de agua y pidió algo de comer.
Ella bebió despacio.
—Lo siento —murmuró.
Cedric frunció el ceño.
—¿Por qué te disculpas?
—Por causar problemas.
Él la miró con una seriedad inesperada.
—Desmayarte no es una ofensa personal contra mí, Nyssa.
Ella soltó una risa débil.
—No me desmayé del todo.
—Qué alivio. Entonces solo intentaste asustarme.
Nyssa volvió a sonreír, aunque sus ojos seguían húmedos.
Cedric recogió los documentos del suelo y se los entregó.
—La selección es dentro de dos semanas. Si quieres presentarte, tendrás tiempo para prepararte. Y si decides que no es lo que quieres, tampoco pasa nada.
Nyssa acarició la carpeta con los dedos.
—Sí quiero.
Lo dijo sin dudar.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en el alquiler, en las facturas ni en las horas que tendría que trabajar para llegar a fin de mes.
Estaba pensando en algo que quería hacer por ella misma.
Cedric la observó en silencio.
No había comprado su entusiasmo ni le había prometido un futuro extraordinario.
Solo había abierto una puerta.
Y Nyssa, que llevaba años convencida de que debía renunciar a sus sueños para cuidar de los demás, acababa de recordar que todavía podía intentar cumplir uno.