«La única mujer capaz de ponerlo de rodillas era también la única a la que no tenía derecho a tocar». Nikolai Veyron tiene una regla: nunca desea lo suficiente a una mujer como para perder el control por ella. Hasta que una desconocida aparece en un club privado y convierte sus propias reglas en un juego. Ella elige la música, marca la distancia y decide cuándo termina cada encuentro. No le teme a su sonrisa, no se deja impresionar por su arrogancia y no parece interesada en descubrir quién se esconde detrás de su máscara. Nikolai quiere volver a verla. Pero cuando sus caminos se cruzan de nuevo, descubre que la mujer que le hizo olvidar todas sus reglas está comprometida con Alexander, su hermano. Vittoria Moreau es inteligente, elegante y demasiado consciente de lo que se espera de ella. Sin embargo, detrás de su compromiso hay una mujer que también tiene deseos, dudas y decisiones que nadie puede tomar en su lugar. Nikolai está acostumbrado a conquistar. Esta vez tendrá que aprender a esperar. Porque Vittoria puede romper su compromiso, elegir otro camino e incluso reconocer que siente algo por él. Pero no lo hará para convertirse en el siguiente capricho de un hombre que nunca ha sabido amar sin querer ganar. Nikolai puede desafiar a su familia, enfrentarse a su hermano y arriesgar su reputación. Lo único que no puede hacer es decidir por ella.
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Debajo de la mesa
La cena con los Moreau comenzó con sonrisas, conversaciones sobre negocios y comentarios sobre los preparativos de la boda.
Todo parecía perfectamente normal.
Hasta que Nikolai decidió aburrirse.
—¿Ya eligieron la fecha? —preguntó el padre de Vittoria.
—Estamos considerando finales de noviembre —respondió Alexander—. Aunque todavía debemos revisar algunos detalles.
—Cuanto antes, mejor —intervino la madre de Alexander—. Las familias están de acuerdo y ustedes se llevan muy bien.
Vittoria sonrió educadamente.
Frente a ella, Nikolai hizo girar su copa entre los dedos.
—¿Y ustedes están de acuerdo? —preguntó de pronto.
Todos lo miraron.
Alexander frunció el ceño.
—¿Con qué?
—Con casarse. Es una decisión importante. Sería una lástima descubrir después que alguno tenía dudas.
—Nikolai —advirtió su madre.
—¿Qué? Es una pregunta razonable.
Vittoria sostuvo su mirada.
—No te preocupes. Si tengo algo que decir, sé hacerlo sin necesidad de que hables por mí.
Nikolai sonrió.
—Nunca he dudado de eso.
Alexander, sentado junto a ella, le tomó la mano por encima del mantel.
—Estamos bien. No hay motivos para preocuparse.
Vittoria le devolvió el gesto con una sonrisa.
Y Nikolai dejó de sonreír.
El segundo plato llegó acompañado de una conversación sobre el futuro de la empresa familiar.
Los adultos estaban tan concentrados en los negocios que apenas prestaban atención a los tres jóvenes.
Alexander aprovechó para inclinarse hacia Vittoria.
—¿Estás cómoda? —le preguntó en voz baja.
—Sí, tranquilo.
Él le acarició la mano antes de volver a la conversación.
Entonces ocurrió.
Un roce en el tobillo.
Vittoria se quedó inmóvil.
Miró a Alexander, que estaba hablando con su padre, y después bajó discretamente los ojos hacia el mantel.
Otro roce.
Esta vez, estaba segura.
Levantó la mirada hacia Nikolai.
Él seguía escuchando a su padre con una expresión de absoluto interés, como si no estuviera haciendo nada fuera de lo normal.
Vittoria apretó los labios.
Descarado.
Retiró el pie.
Nikolai tomó tranquilamente un sorbo de agua.
Ella intentó concentrarse en la conversación, pero unos segundos después sintió que él rozaba su zapato con el suyo.
Vittoria le lanzó una mirada asesina.
Nikolai sonrió apenas.
Y entonces ella decidió devolverle el juego.
Movió el pie hasta apartar el suyo de un empujón.
El golpe fue lo bastante fuerte para que Nikolai chocara la rodilla contra la parte inferior de la mesa.
—¿Todo bien? —preguntó Alexander.
—Perfectamente —respondió Nikolai, enderezándose en la silla.
Vittoria tomó su copa para disimular una sonrisa.
Por primera vez aquella noche, él había perdido.
Pero Nikolai no era un hombre que aceptara una derrota sin intentar recuperar terreno.
—Vittoria, querida, ¿has pensado en cómo te gustaría decorar la casa después de la boda? —preguntó la madre de Alexander.
—Todavía no. Creo que primero deberíamos decidir dónde viviremos.
—Por supuesto, pero pueden empezar a imaginarlo.
Alexander asintió.
—Podemos hablarlo este fin de semana.
—Me parece bien.
Debajo de la mesa, Nikolai volvió a rozarle el zapato.
Vittoria no lo apartó esta vez.
En cambio, movió lentamente el pie hasta presionarlo contra el suyo.
Nikolai dejó de hablar a mitad de una frase.
Su padre lo miró.
—¿Decías algo?
—Que la propuesta es excelente.
—Todavía no he terminado de explicarla.
—Estoy seguro de que lo será.
Vittoria bajó la cabeza, fingiendo interesarse por su plato.
Nikolai la miró de reojo.
Ella estaba disfrutando.
Y aquello era mucho más peligroso que cualquier discusión.
Porque, por unos segundos, no parecían el hombre que había pasado una noche con ella y la mujer que ahora estaba comprometida con su hermano.
Parecían dos personas compartiendo un secreto.
Uno que ninguno de los dos debería querer conservar.
Cuando sirvieron el postre, Alexander se levantó para atender una llamada de la oficina.
Vittoria aprovechó para tomar su bolso.
—Voy a retocarme el maquillaje —anunció.
—El baño está al final del pasillo —le indicó su madre.
Vittoria salió del comedor.
No había avanzado mucho cuando escuchó pasos detrás de ella.
No necesitó darse vuelta.
—¿No tienes una familia con la que cenar? —preguntó.
—La cena ha terminado para mí.
—Qué casualidad. Para mí también.
Nikolai se detuvo a su lado.
—Te estabas divirtiendo.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Vittoria lo miró con severidad.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Rozarte el pie?
—Nikolai.
Él perdió la sonrisa al notar el tono de su voz.
—De acuerdo. No volveré a hacerlo.
Vittoria no esperaba una respuesta tan rápida.
—Bien.
Intentó continuar, pero él habló de nuevo.
—Aunque debo reconocer que tienes una manera bastante peculiar de decirme que deje de molestarte.
Ella tuvo que contener una sonrisa.
—Y tú tienes una manera bastante peculiar de pedir atención.
—¿Funcionó?
Vittoria lo miró durante unos segundos.
—No tanto como crees.
Se marchó antes de que él pudiera responder.
Nikolai permaneció en el pasillo, sonriendo para sí mismo.
Había pasado la noche intentando llamar su atención y finalmente lo había conseguido.
El problema era que, cuando Vittoria desapareció tras la esquina, la sonrisa se le borró del rostro.
Porque ella regresaría al comedor.
Se sentaría junto a Alexander.
Y él tendría que recordar, una vez más, que aquella mujer no era suya.
Ni siquiera podía permitirse desear que lo fuera.
y la de los futuros reyes también