n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 22
Capítulo 22. Destruirla
Después de despedir a Adrián, Lucía miró el perfume que había quedado sobre la mesa.
¿Por qué parecía interesarle tanto?
Quizá la creación de su padre fuera demasiado especial. Era una fragancia capaz de fascinar a cualquiera.
Seguía distraída cuando Mateo llegó corriendo y se abrazó a su brazo.
—Mami, ¿de verdad me parezco tanto al señor presumido?
Lucía bajó los ojos hacia él. Tuvo que admitirlo: cuanto más lo miraba, más se parecía a Adrián.
¿Y si de verdad era su padre?
El pensamiento la asustó en cuanto apareció.
—¿Cómo crees? No se parecen en nada —soltó por reflejo, contradiciendo lo que pensaba.
—¡Mami, estás mintiendo!
Mateo la miró directamente a los ojos.
—Yo… ¿por qué dices eso?
¡Ni siquiera se atrevía a sostenerle la mirada a aquel pequeño!
Él la observó muy serio, sin parpadear.
—Cada vez que mientes, no me miras y parpadeas mucho.
Lucía se obligó a mirarlo sin parpadear.
—No estoy mintiendo.
Hasta ella sintió lo poco convincente que sonaba.
—No puedes engañarme, mami. Estás mintiendo. Me parezco a él, ¿verdad? ¿Y si es mi papá?
La esperanza en los ojos del niño le recordó las burlas que había sufrido en la escuela por no tener padre. El corazón le dio una punzada.
Le acarició la cabeza.
—¿Tantas ganas tienen de encontrar a su papá?
Sofía se había acercado a escuchar. Los mellizos asintieron.
—Sí.
—Mami lo va a encontrar lo antes posible.
—Pero el señor…
—Él no es su papá.
Sabía que los decepcionaría, pero tenía que decirlo.
Natalia le había tendido aquella trampa cinco años atrás. Y hacía poco Lucía había visto en el hospital al hombre de las fotos. Por eso creía imposible que el hombre de aquella noche fuera Adrián.
Mateo se entristeció. Sofía bajó los ojos y se apoyó en su madre.
En secreto había pensado que, si su papá resultaba ser aquel señor tan arrogante, lo aceptaría. Pero su mami decía que no era él.
…
A las seis de la tarde, el Maybach entró en la propiedad de los Valdés.
Adrián bajó poco después. El mayordomo salió a recibirlo.
—Señor Valdés, el señor presidente lo espera para cenar.
—Bien.
Entró sin apresurarse.
Desde la sala llegaban risas y conversaciones. Reconoció la voz de Beatriz.
¿Había más invitados?
En cuanto su figura alta apareció en la sala, las risas cesaron. Todas las miradas se volvieron hacia él.
—Adrián, ya llegaste. Justo hoy tenemos visita.
Beatriz tomó de la mano a la mujer sentada a su lado y se levantó para presentársela.
—Ella es Valeria Rivas. Acaba de volver al país. Se conocieron de niños. ¿Te acuerdas?
Adrián le dedicó una mirada indiferente. Al verla bajar la cabeza, tímida, comprendió de inmediato lo que pasaba.
Su cuñada quería emparejarlos.
Miró a Augusto, sentado en el lugar principal. Su padre se veía perfectamente tranquilo. Así que también aprobaba a Valeria y quería convertirla en su nuera.
—No me acuerdo —respondió Adrián, con absoluta frialdad.
La incomodidad invadió la sala. La sonrisa de Valeria se quedó rígida.
Beatriz intervino enseguida.
—Fue hace muchos años y llevan tanto sin verse… Es normal que no lo recuerdes. Pero dejemos eso. Vamos a cenar.
Valeria se mordió el labio, dolida, y miró a Adrián. Beatriz la tomó del brazo para llevarla al comedor.
Él frunció el ceño.
—Empiecen sin mí. Quedaron asuntos pendientes en la empresa. Tengo que ir.
Se volvió y salió, sin importarle las expresiones de los demás.
Beatriz dio unos pasos detrás de él.
—Adrián, ¿qué asunto no puede esperar hasta después de cenar?
Solo pudo verlo marcharse.
—Déjalo —dijo Augusto.
Ya sabía que presentarle mujeres sin consultarlo no iba a servir de nada.
Beatriz apretó los puños.
No pensaba rendirse. Tenía que unir a Adrián con Valeria. ¡No iba a dejarle el camino libre a Lucía!
Adrián sí fue a la empresa. No tenía ninguna urgencia: solo quería que lo dejaran en paz.
A esa hora, los empleados ya se habían ido y el edificio estaba en silencio.
Se sentó en su sillón y encendió un cigarrillo. No conseguía sacarse de la cabeza a Lucía y a sus hijos.
El celular vibró sobre el escritorio.
Iván.
Adrián sospechó de qué se trataba y contestó enseguida.
—Habla.
—Señor Valdés, ya están los resultados de las dos pruebas de paternidad.
Las pupilas de Adrián se contrajeron de golpe. Hasta le tembló la mano con la que sujetaba el cigarrillo.
—Tráelo —ordenó con voz grave.
Poco después, Iván llegó y dejó un sobre en el escritorio.
Adrián lo abrió al instante, sacó el informe y buscó los resultados de Mateo y Sofía.
Se quedó mirándolos durante mucho tiempo, inmóvil. Solo su mirada delataba la intensidad de lo que sentía.
Aquel día, Lucía tomó un taxi para ir al hospital a que le revisaran el pie.
El médico examinó los resultados y le dijo que iba recuperándose bien. Con otros dos días de reposo podría volver al trabajo.
Le recetó más medicamentos. Ella le dio las gracias y fue a la farmacia.
Después de recogerlos, estaba a punto de marcharse cuando vio una silueta conocida desaparecer por una esquina.
¿Natalia?
Había vuelto al hospital. ¿Para ver a aquel médico?
Lucía no dudó. Se apresuró tras ella, arrastrando el pie lastimado. ¡Esta vez podía encontrar al hombre!
Pero al doblar la esquina no vio a Natalia. No sabía por dónde había seguido.
Avanzó más despacio, buscándola. En un rincón apartado oyó voces.
Una era la de Natalia.
Lucía se detuvo y escuchó.
—Mi amor, ¿por qué tardaste tanto en venir? Me estaba muriendo por verte —decía el médico.
—Sabes que estoy embarazada. Los Valdés me tratan como a un tesoro y siempre hay alguien pendiente de mí. Si no hubiera dicho que venía a una revisión del embarazo, ¿cómo habría podido escaparme para verte?
Natalia sonaba orgullosa.
Tomó la mano de él y se la puso sobre el vientre.
—Además de extrañarme a mí, ¿extrañaste al bebé?
—Por supuesto.
El médico deslizó la mano bajo la ropa de ella e inclinó la cabeza para besarla.
Lucía sintió asco y también asombro. Quería comprobar si era el hombre de las fotos.
—¡Natalia!
Salió de la esquina y clavó una mirada helada en aquel par de sinvergüenzas.
Ambos se sobresaltaron.
Al reconocerla, el pánico cruzó los ojos de Natalia. Apartó al médico enseguida.
—Vete —le susurró.
Él también se asustó. Se dio la vuelta y se alejó deprisa, sin decir nada.
Lucía quiso correr tras él.
—¡Deténgase!
Maldito pie lastimado. No podía correr.
Natalia se interpuso.
—¡Lucía! ¿Me estás siguiendo?
Ella solo quería detener al hombre. Intentó apartarla, pero Natalia la agarró.
—¡Suéltame!
Cuando volvió a mirar, el médico ya había desaparecido. ¡Y Natalia seguía reteniéndola!
Lucía le apartó la mano con fuerza y la miró con frialdad.
—¿Quién es ese hombre?