"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: El Cazador de Lobos
La luna brillaba sobre el patio de la mansión Vance, bañando todo con una luz plateada que debería haber sido hermosa. Pero en ese momento, solo servía para iluminar la figura del hombre que había aparecido de la nada, como si hubiera emergido de las sombras mismas.
Silas Blackwood.
El nombre resonó en mi mente como una campana de muerte. El líder de la Orden del Sol. El hombre que había ordenado la masacre de los Colmillo de Plata. El cazador de lobos que quería la sangre de mi hijo.
Y estaba de pie en mi patio, con una sonrisa educada y los ojos negros brillando de una inteligencia fría y calculadora.
—Buenas noches —repitió, inclinándose ligeramente en una parodia de cortesía—. Espero no interrumpir. Pero me temo que tenemos asuntos que discutir.
—¿Cómo has entrado aquí? —Gruñó Alexander, dando un paso hacia él—. Tenemos guardias. Defensas. Trampas.
—Tengo mis métodos —dijo Silas, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero no os preocupéis. No vengo a luchar. Vengo a hablar.
—No tenemos nada que hablar contigo —dije, con una voz que temblaba de rabia—. Eres un asesino. Un monstruo. Has matado a inocentes.
—¿Inocentes? —Silas arqueó una ceja—. ¿Os referís a los lobos de Colmillo de Plata? Esos "inocentes" habían matado a doce humanos en los últimos seis meses. Granjeros. Mujeres. Niños. —Hizo una pausa—. ¿O no lo sabíais?
El silencio que siguió fue denso, cargado de duda.
—Mientes —dije, aunque mi voz carecía de convicción.
—No miento —dijo Silas, sacando un sobre de su abrigo—. Tengo pruebas. Informes. Fotografías. Todo lo que necesitáis para verificar la verdad. Los Colmillo de Plata no eran las víctimas. Eran los verdugos.
—Aun así —dije, negándome a ceder—. No tenías derecho a matarlos. A todos. Incluidos los niños.
—¿Niños lobo? —Silas soltó una risa amarga—. ¿Sabéis lo que hacen los niños lobo cuando crecen? Se convierten en adultos lobo. Y los adultos lobo matan humanos. Es su naturaleza. Es lo que son.
—No —dije, con una firmeza que me sorprendió a mí misma—. No es su naturaleza. Es lo que tú les obligas a ser. Si los tratas como monstruos, se convierten en monstruos. Pero si les das una oportunidad, si les muestras que hay otra forma... —Hice una pausa—. Pueden cambiar. Pueden ser diferentes.
—¿Como tú? —Preguntó Silas, mirándome con curiosidad—. ¿Como Alexander? ¿Como la manada que habéis construido?
—Sí —dije—. Como nosotros.
Silas me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, soltó un suspiro.
—Ojalá pudiera creerte —dijo—. De verdad. Ojalá el mundo fuera tan simple. Pero no lo es. He visto demasiado. He perdido demasiado. Sé lo que sois. Lo que siempre seréis.
—¿Y qué somos? —Pregunté.
—Depredadores —dijo Silas, sin rodeos—. Criaturas que viven para cazar. Para matar. Para dominar. Podéis fingir que sois civilizados. Podéis construir mansiones. Podéis usar trajes. Podéis hablar como nosotros. Pero en el fondo, seguís siendo bestias.
—Eso no es verdad —dije, con la voz temblando—. Somos más que eso. Somos personas. Tenemos familias. Tenemos sueños. Tenemos amor.
—¿Amor? —Silas soltó una risa amarga—. ¿Los lobos sabéis lo que es el amor? Lo dudo. Solo sabéis de instintos. De feromonas. De vínculos de manada. Eso no es amor. Eso es biología.
—Estás equivocado —dije, dando un paso hacia él—. El amor no es biología. El amor es elección. Y yo elijo amar a Alexander. Elijo amar a mi manada. Elijo amar a mi hijo. No porque mis instintos me lo ordenen, sino porque quiero. Porque son mi familia. Porque sin ellos, no soy nada.
Silas me miró largamente. Y por un momento, vi algo en sus ojos que no esperaba. Duda. Una grieta en su armadura de certeza.
—Sois interesantes —admitió—. Vosotros dos. Los Alfas que se enamoraron. Los que unieron a las manadas. Los que derrotaron al Primero. —Hizo una pausa—. Casi me hacéis creer que es posible.
—¿El qué? —Pregunté.
—La paz —dijo Silas—. La coexistencia. La idea de que humanos y lobos pueden vivir juntos sin destruirse mutuamente.
—¿Y por qué no lo crees? —Pregunté.
—Porque he visto lo que pasa cuando se intenta —dijo Silas, con una voz sombría—. He visto aldeas enteras masacradas. Familias destrozadas. Niños... —Tragó saliva—. Niños como los míos. Asesinados por lobos que decían ser civilizados.
—¿Tus hijos? —Pregunté, con el corazón encogido.
Silas me miró, y por un momento, vi algo en sus ojos que no esperaba. Dolor. Dolor puro y crudo, como una herida que nunca había sanado.
—Mi hija —dijo, con una voz quebrada—. Tenía seis años. Estaba jugando en el jardín cuando una manada de lobos salvajes atacó nuestra aldea. La encontraron... —Hizo una pausa, como si le costara respirar—. La encontraron despedazada. Como si fuera un animal. Como si no importara.
—Lo siento —dije, con sinceridad—. De verdad. Lo siento.
—No lo sientes —dijo Silas, con amargura—. No podéis sentirlo. No sois humanos.
—Somos más humanos de lo que crees —dije, con firmeza—. Lloramos. Reímos. Amamos. Perdemos. Sentimos dolor. Sentimos miedo. Sentimos esperanza. Somos como tú. Solo... diferentes.
Silas me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, soltó un suspiro.
—Quizás —admitió—. Quizás estés en lo cierto. Quizás haya lobos que puedan ser diferentes. Pero no puedo arriesgarme. No puedo permitir que mi hija haya muerto en vano.
—¿Y qué propones? —Pregunté—. ¿Matar a todos los lobos? ¿Exterminar a una especie entera por los crímenes de unos pocos?
—Si es necesario —dijo Silas, con una frialdad que me heló la sangre—. Sí.
—Entonces no eres mejor que los lobos que mataron a tu hija —dije, con una voz que temblaba de rabia—. Eres peor. Porque ellos actuaron por instinto. Tú actúas por venganza. Por odio. Por... —Hice una pausa—. Por miedo.
—¿Miedo? —Silas arqueó una ceja—. No tengo miedo.
—Sí lo tienes —dije, dando un paso hacia él—. Tienes miedo de lo que no entiendes. Tienes miedo de lo que es diferente. Tienes miedo de que, si nos das una oportunidad, descubras que no somos monstruos. Que somos personas. Y entonces... —Hice una pausa—. Entonces tendrías que enfrentar la verdad. Que mataste a inocentes. Que destruiste familias. Que te convertiste en el monstruo que juraste destruir.
Silas palideció. Por un momento, vi algo en sus ojos que no esperaba. Miedo. Miedo real. Miedo visceral.
—No sabes lo que dices —susurró.
—Sé exactamente lo que digo —respondí—. Y sé que, en el fondo, tú también lo sabes. Por eso has venido aquí. No a matarnos. A hablar. A buscar una razón para no hacer lo que sabes que está mal.
—Eso no es verdad —dijo Silas, pero su voz temblaba.
—Entonces demuéstralo —dije—. Dame una oportunidad. Déjame mostrarte lo que somos. Lo que podemos ser. Si después de eso sigues queriendo destruirnos... —Hice una pausa—. Entonces lucharé contra ti. Con todo lo que tengo. Pero al menos habré intentado.
Silas me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, soltó una risa amarga.
—Eres increíble —dijo—. ¿Lo sabes?
—Me lo han dicho —respondí.
—Muy bien —dijo Silas, guardando el sobre en su abrigo—. Te daré una oportunidad. Una semana. Te daré una semana para mostrarme que los lobos pueden ser diferentes. Si al final de esa semana no me has convencido... —Hizo una pausa—. Entonces volveré. Con todo mi ejército. Y no habrá piedad.
—Trato hecho —dije, extendiendo mi mano.
Silas la estrechó. Su mano era fría, firme, y por un momento, sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
—Una semana —repitió, soltándome la mano—. No la desperdicies.
Y se giró, caminando hacia la puerta con la elegancia de un depredador. Antes de desaparecer en la noche, se detuvo y me miró una última vez.
—Por cierto —dijo—. Tu hijo... será un niño afortunado. Tener una madre como tú.
Y se fue.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Qué acabas de hacer? —Preguntó Alexander, con una voz que mezclaba incredulidad y admiración.
—Darle una oportunidad —dije—. Como me la diste tú a mí.
—¿Y si no funciona? —Preguntó Kael, con una expresión sombría.
—Entonces lucharemos —dije—. Pero al menos habremos intentado algo diferente. Algo mejor.
—Eres increíble —dijo Alexander, tomándome en sus brazos—. ¿Lo sabes?
—Me lo han dicho —respondí.
La semana que siguió fue la más intensa de mi vida.
Silas Blackwood se instaló en la mansión, para sorpresa de todos. Ocupó una de las habitaciones de invitados, cenó con nosotros, caminó por nuestros jardines. Observó todo con sus ojos negros y calculadores, tomando notas mentales, evaluando cada detalle. Era extraño tenerlo allí, en el corazón de nuestra manada, sabiendo que había ordenado la muerte de inocentes. Pero también era... esperanzador. Porque significaba que estaba dispuesto a escuchar. A aprender. A cambiar.
—¿Por qué lo haces? —Le pregunté una tarde, mientras caminábamos por el jardín de invierno—. ¿Por qué has accedido a quedarte?
—Porque quiero entender —admitió Silas—. Quiero entender por qué los lobos son como son. Por qué matan. Por qué luchan. Por qué... —Hizo una pausa—. Por qué aman.
—¿Y qué has descubierto? —Pregunté.
—Que sois más complicados de lo que pensaba —dijo Silas—. Que no sois solo bestias. Que tenéis emociones. Que tenéis familias. Que tenéis... —Hizo una pausa—. Que tenéis honor.
—¿Eso te sorprende? —Pregunté.
—Sí —admitió—. Siempre me dijeron que los lobos eran monstruos. Criaturas sin alma. Pero ahora... —Hizo una pausa—. Ahora no estoy tan seguro.
—¿Y qué pasa con tu hija? —Pregunté, con cuidado—. ¿Con la venganza?
Silas me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—La echo de menos todos los días —dijo, con una voz quebrada—. Cada mañana, me despierto y espero verla. Cada noche, me duermo deseando oír su risa. Pero ya no está. Y nunca volverá.
—Lo siento —dije, tomando su mano—. De verdad.
—No lo sientas —dijo Silas, secándose las lágrimas—. No merezco tu compasión.
—Todos merecemos compasión —dije—. Incluso los monstruos.
Silas me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió.
—Eres increíble —dijo—. ¿Lo sabes?
—Me lo han dicho —respondí.
Esa noche, mientras cenábamos, Silas hizo un anuncio que nos dejó a todos sin aliento.
—He decidido disolver la Orden del Sol —dijo, con una voz clara que resonó en todo el comedor—. No puedo seguir luchando contra un enemigo que no entiendo. No puedo seguir matando a personas que podrían ser mis aliados.
—¿Y qué harás? —Preguntó Alexander, con una expresión que mezclaba sorpresa y esperanza.
—Ayudaros —dijo Silas—. Ayudaros a construir un mundo donde humanos y lobos puedan vivir en paz. Un mundo donde mi hija... —Hizo una pausa—. Un mundo donde mi hija no haya muerto en vano.
El silencio que siguió fue roto por un aplauso. Luego otro. Y otro. Hasta que todo el comedor estalló en vítores y lágrimas.
—Gracias —dije, levantándome y abrazando a Silas—. Gracias.
—No me agradezcas —dijo Silas, con una sonrisa—. Gracias a ti. Por mostrarme la verdad.
Esa noche, mientras todos celebraban, me senté en el balcón de mi habitación y contemplé la luna.
Estaba llena, plateada y hermosa, como si nada hubiera pasado. Como si el mundo no hubiera estado al borde de otra guerra. Como si mi hijo no hubiera estado en peligro.
Pero lo había estado. Y yo lo había protegido. Como una madre. Como una Alfa. Como una mujer que había descubierto que no había nada en el mundo que no haría por su familia.
Alexander se acercó por detrás y me rodeó con sus brazos.
—No estás sola —dijo, sin más.
—Lo sé —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero a veces... a veces siento que el mundo entero quiere arrebatarme lo que más amo.
—Nadie va a arrebatarte nada —dijo Alexander, con una firmeza que me ancló a la realidad—. Mientras yo respire.
—¿Y si no es suficiente? —Pregunté.
—Entonces lucharemos —dijo—. Hasta el final.
Nos quedamos allí, en silencio, contemplando la luna. No hacían falta más palabras.
Pero mientras estábamos allí, no pude evitar sentir algo. Algo frío. Algo oscuro. Algo que venía del norte.
Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.