Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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La llave de la reina
El sonido de la puerta abriéndose recorrió los pasillos como un lamento antiguo. Náyrel apartó la mirada del retrato y salió de la biblioteca, siguiendo el eco de aquella fuerza que parecía llamarla desde algún lugar del castillo. Darian la alcanzó antes de que llegara a las escaleras.
—No te acerques a esa puerta.
—¿Es otra de tus reglas?
—Náyrel, esta vez te lo pido en serio.
Ella se detuvo. Había algo distinto en su voz: no era la autoridad habitual del soberano, sino un miedo que intentaba ocultar sin conseguirlo.
—Entonces explícame qué hay detrás.
Darian miró hacia el corredor. Las antorchas se apagaban una a una a medida que la puerta se abría, dejando una oscuridad que ni siquiera las sombras de su reino parecían controlar.
—Una cámara construida antes de que existiera este castillo. Tu madre la utilizó para ocultar algo que no debía caer en manos de nadie.
—La llave.
Él asintió.
—Si tu padre está intentando encontrarla, debemos llegar antes.
—¿Y por qué debería ayudarte después de todo lo que me has ocultado?
Darian no respondió inmediatamente. Náyrel esperaba una explicación convincente, una promesa o quizá una orden disfrazada de protección. En cambio, él dio un paso atrás y dejó libre el camino.
—No tienes que confiar en mí. Pero si decides entrar, quiero que lo hagas sabiendo que no podré protegerte de todo lo que encuentres.
—Por fin dices algo que puedo creer.
Náyrel avanzó.
La puerta conducía a una escalera estrecha que descendía bajo los cimientos del castillo. Las paredes estaban cubiertas de símbolos plateados, semejantes a los que aparecían en su muñeca. Al tocarlos, sintió un murmullo dentro de su mente: fragmentos de voces, imágenes de una mujer corriendo con un objeto entre las manos y una luz blanca que atravesaba la oscuridad.
Era un recuerdo atrapado en la piedra.
—Mi madre estuvo aquí —susurró.
—Sí —contestó Darian—. La última vez que la vi, llevaba algo escondido bajo su ropa. Le pregunté qué era, pero me pidió que confiara en ella.
—¿Y lo hiciste?
Él bajó la mirada.
—Demasiado tarde.
Náyrel no insistió. La respuesta le dolía, pero también le confirmaba que la historia de aquella noche era mucho más compleja de lo que Darian se atrevía a contar.
Al final de la escalera encontraron una cámara circular. En el centro había un pedestal vacío y, detrás, siete nichos tallados en la pared. Seis contenían piedras oscuras. El séptimo estaba iluminado por una tenue luz lunar.
Náyrel se acercó y sintió que la marca de su muñeca comenzaba a brillar.
—No toques nada todavía —advirtió Darian.
—No me des órdenes.
—Entonces considéralo una recomendación desesperada.
A pesar de la tensión, Náyrel estuvo a punto de sonreír. La expresión de Darian era tan seria que aquel comentario resultaba casi absurdo.
Examinó el nicho iluminado y descubrió una pequeña inscripción: La llave no abre una puerta. Abre la memoria de quien la lleva.
Cuando apoyó la mano sobre la piedra, la cámara desapareció ante sus ojos.
Se encontró en el mismo lugar, pero iluminado por una claridad cálida. Aveline estaba frente al pedestal, sosteniendo una llave de plata con siete pequeñas estrellas. Parecía más joven que en los recuerdos anteriores y tenía el rostro lleno de lágrimas.
—Si estás viendo esto, hija mía, significa que la verdad ha comenzado a despertar —dijo la imagen—. No busques la llave donde la escondí. Busca aquello que tu padre no pudo llevarse.
Náyrel contuvo la respiración.
Aveline se volvió hacia alguien que permanecía fuera de su campo de visión.
—Darian, si algo me sucede, prométeme que no permitirás que Eryndor utilice a nuestra hija para abrir el sello.
La visión se quebró.
Náyrel regresó a la cámara con el corazón acelerado. Darian estaba frente a ella, inmóvil, como si también hubiera escuchado las palabras.
—Dijo que mi padre quería utilizarme.
—Sí.
—¿Para abrir qué?
—No lo sé con certeza.
—¡Basta de respuestas incompletas!
Esta vez, Darian no intentó defenderse.
—Creo que el sello mantiene encerrada una fuerza capaz de destruir los siete reinos. Tu padre quería controlarla. Tu madre quería impedirlo. Y yo juré ayudarlos a ambos, sin comprender que algún día tendría que elegir.
Náyrel sintió un escalofrío. Si su padre había intentado liberar aquella fuerza, ¿por qué ahora le pedía que desconfiara de Darian? ¿Y por qué su madre había temido que ambos llegaran primero a la llave?
Un resplandor apareció sobre el pedestal. La piedra del séptimo nicho se desplazó lentamente, revelando un pequeño compartimento.
Dentro había un mechón de cabello blanco y una nota doblada.
Náyrel reconoció inmediatamente la letra de Aveline.
Mi hija no heredó únicamente mi magia. También heredó aquello que puede destruir el sello.
Antes de que pudiera leerla por segunda vez, la voz de Eryndor retumbó en la cámara.
—¡Náyrel, aléjate de él! ¡Darian sabe lo que llevas dentro!
Las sombras se agitaron alrededor del soberano. Por primera vez, Náyrel vio que incluso él parecía incapaz de detenerlas.
Entonces la marca de su muñeca se iluminó con tanta intensidad que la cámara entera tembló.
Y una voz desconocida, surgida desde lo más profundo de su propia mente, pronunció una última advertencia:
—La heredera ha despertado. Que comiencen los siete juramentos.