NovelToon NovelToon
Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

19. La niña que tenía que morir.

ABRIL

—Te quería muerta a vos, Abril.

Las palabras de Alma quedaron suspendidas en el sótano.

Durante unos segundos, fui incapaz de comprenderlas. Las escuchaba, sabía lo que significaban por separado, pero mi cabeza se negaba a unirlas en una sola idea.

La tercera niña había querido matarme.

Alma lo sabía.

Y, diez años atrás, mi hermana había decidido que una de nosotras debía salir de aquella casa con vida.

—¿Por qué? —pregunté finalmente.

Alma se secó las lágrimas con la manga de su abrigo.

—Porque vos habías visto algo que no tenías que ver.

—¿Qué cosa?

—No lo sé.

Solté una risa incrédula.

—¿Me estás diciendo que decidiste quién debía escapar de una casa en la que alguien quería matarme, pero no sabías por qué?

—¡Tenía nueve años! —gritó.

Su voz quebró el silencio.

Alma respiraba con dificultad. Por primera vez desde que había aparecido, su rabia parecía estar mezclándose con algo mucho más frágil.

—Tenía nueve años, Abril. Estaba asustada. Había una mujer que nos decía que no confiáramos en mamá, un hombre que entraba y salía de la casa como si fuera suya, una puerta que nadie podía abrir y una niña que aparecía en lugares donde no debía estar. ¿Qué querías que hiciera?

No supe qué responder.

Porque, por primera vez, no estaba hablando con la desconocida que me había acusado de robarle su nombre.

Estaba hablando con una niña que había pasado diez años creyendo que su hermana la había abandonado.

—¿Y qué pasó después? —pregunté—. ¿Qué te hicieron?

Alma apartó la mirada.

—Eso es lo que todavía no recuerdo.

El hombre del anillo soltó una carcajada seca.

—Qué conmovedor. Dos hermanas reunidas después de diez años y ninguna recuerda nada.

Gael dio un paso hacia él.

—Cerrá la boca.

El hombre ni siquiera lo miró.

—Siempre tan impulsivo, Ferrer. Igual que tu padre.

—No vuelvas a hablar de él.

—¿Por qué? ¿Porque todavía creés que murió sin saber lo que había hecho?

Gael se quedó inmóvil.

Vi cómo apretaba los puños, pero no apartó los ojos del hombre.

—¿Qué hizo mi padre?

El hombre sonrió.

—La pregunta correcta es qué hizo el tuyo para asegurarse de que una de estas niñas nunca volviera a casa.

Elena soltó un sonido ahogado.

—Basta.

El hombre se volvió hacia ella.

—¿Todavía querés protegerlos? Después de todo lo que pasó, ¿seguís creyendo que podés arreglarlo?

—No estoy protegiendo a nadie.

—Entonces deciles dónde está la llave.

Mi madre palideció.

Fue apenas un instante, pero lo vi.

También lo vio Alma.

—¿Qué llave? —preguntamos las dos al mismo tiempo.

El hombre bajó la mirada hacia nuestras muñecas.

Hacia las pulseras de cuentas rojas.

—La que nunca debieron separar.

Entonces comprendí que las pulseras no eran recuerdos de nuestra infancia.

Eran algo más.

Algo que alguien llevaba diez años intentando recuperar.

Y si el hombre del anillo había venido hasta aquella casa para encontrarlas, significaba que una de nosotras tenía algo que él necesitaba.

O que ambas lo teníamos.

—Danos la fotografía —ordenó Gael.

El hombre se rio.

—¿Todavía pensás que estás en posición de dar órdenes?

Gael avanzó otro paso.

—Sé que estuviste en la mansión la noche en que Mara desapareció. Sé que conocías a la doctora Lucía Ferrer. Y sé que alguien utilizó los documentos de tu familia para ocultar lo que pasó con las gemelas.

—Entonces sabés muy poco.

—Tal vez. Pero sé que Olivia murió por algo que descubrió.

Por primera vez, el hombre dejó de sonreír.

Fue una reacción mínima.

Un endurecimiento alrededor de los ojos.

Pero bastó.

—¿Qué tenía Olivia? —pregunté.

El hombre me miró.

—Nada que pueda ayudarte ahora.

—Entonces, ¿por qué la mataron?

—No hagas preguntas cuyas respuestas no estás preparada para escuchar.

Me acerqué a él.

No sé de dónde saqué el valor. Tal vez estaba cansada de tener miedo. Tal vez necesitaba demostrarme que todavía podía tomar mis propias decisiones.

—Mi hermana estuvo encerrada durante años. Mi madre me ocultó su existencia. Alguien mató a Olivia y todos ustedes siguen hablando como si mi vida fuera una partida que pueden jugar a su antojo.

Lo miré directamente a los ojos.

—Se terminó.

El hombre me observó durante unos segundos.

Después, su expresión cambió.

No parecía asustado.

Parecía decepcionado.

—Eso mismo dijiste la primera vez.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo?

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—La noche en que abriste la puerta.

Y, antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, apagó la luz.

MATEO

El primer grito fue de Elena.

El segundo, de Abril.

Después todo ocurrió demasiado rápido.

Escuché un golpe, pasos apresurados y el ruido de algo cayendo contra el suelo. Intenté alcanzar a Abril, pero alguien me empujó contra la pared.

No vi quién fue.

Durante unos segundos, solo escuché respiraciones agitadas y el eco de los movimientos en la oscuridad.

—¡Abril! —grité.

—¡Estoy acá!

Su voz llegó desde algún lugar cercano.

Me moví hacia ella, palpando la pared hasta encontrar su brazo.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Dónde está Alma?

No lo sabía.

Tampoco sabía dónde estaba Gael.

La luz volvió de repente.

El hombre del anillo había desaparecido.

La fotografía ya no estaba en el suelo.

Y Alma permanecía junto a la escalera, inmóvil, mirando un punto vacío de la pared.

—¿Alma? —pregunté.

Ella no respondió.

Abril se soltó de mi mano y corrió hacia su hermana.

—¿Qué pasó?

Alma levantó la mirada.

—Me dijo algo.

—¿Quién?

—El hombre.

Me acerqué.

—¿Qué te dijo?

Alma tragó saliva.

—Me preguntó si todavía recordaba el nombre de la niña.

Sentí que se me enfriaban las manos.

No necesitaba que explicara a qué niña se refería.

La tercera.

La que aparecía en la fotografía.

La que había querido matar a Abril.

—¿Y qué le respondiste? —preguntó Gael, que acababa de salir de un rincón oscuro.

Alma lo miró.

—Que no.

—¿Era verdad?

Ella tardó demasiado en responder.

—No lo sé.

Me pasé una mano por el rostro.

Había demasiadas piezas, demasiados secretos y demasiadas versiones de una misma noche.

Pero había algo que no podía seguir ocultando.

Algo que llevaba años guardando porque había prometido no hablar de ello.

—Hay otra cosa —dije.

Abril se volvió hacia mí.

—Mateo, si vas a decirme que sabés algo más…

—Lo sé.

Ella me miró con una mezcla de rabia y agotamiento.

—Entonces hablá.

Miré a Alma.

Ella me sostuvo la mirada, y comprendí que también recordaba aquella parte.

—La noche del diecisiete de octubre, yo no saqué solamente a una niña de la mansión.

Abril dejó de respirar por un instante.

—¿Qué?

—Saqué a una niña por el jardín. Pero, cuando llegué al puente, había otra esperándome.

Gael se acercó.

—¿Otra de las gemelas?

Negué con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabés? —preguntó Abril.

—Porque no pude verle bien la cara. Llevaba una capucha y estaba empapada. Me dijo que no debía llevarla a casa de Elena. Me pidió que la acompañara hasta el camino viejo.

—¿Y lo hiciste?

Asentí.

—La dejé cerca de una camioneta. Había alguien esperándola.

—¿Quién?

—Una mujer.

Abril se llevó una mano a la frente.

—¿La mujer del colgante de estrella?

—No vi el colgante esa noche.

—Pero la conocías.

—Sí.

—¿Quién era, Mateo?

Miré a Elena.

Ella estaba junto a Mara, con los ojos clavados en el suelo.

—No sé su nombre —respondí—. Pero sé que la mujer conocía a mi padre.

Gael se volvió hacia mí.

—¿Qué acabás de decir?

—Mi padre conocía a la mujer del colgante. Lo supe hace unos días, cuando encontré una carta entre sus documentos.

Gael palideció.

—¿Qué carta?

—Una dirigida a él. Tenía fecha del dieciocho de octubre, el día después de la desaparición de Mara.

—¿Dónde está?

Me metí la mano en el bolsillo de la campera.

El sobre seguía allí.

Lo había llevado conmigo sin saber por qué, como si una parte de mí hubiera comprendido que tarde o temprano tendría que mostrarlo.

Se lo entregué a Gael.

Él lo abrió con manos temblorosas.

Dentro había una sola hoja.

La leyó en silencio.

Después volvió a empezar.

—¿Qué dice? —preguntó Abril.

Gael levantó los ojos.

—Dice que nuestros padres se reunieron después de aquella noche.

—¿Para qué?

Él miró la carta.

—Para decidir qué iban a hacer con la niña que había salido de la mansión.

GAEL

Mi padre siempre había sido un hombre reservado.

Nunca hablaba de su infancia. Nunca mencionaba a sus antiguos amigos y jamás permitía que alguien entrara en su despacho sin avisar.

Cuando yo era pequeño, creía que aquellas costumbres eran parte de su carácter.

Después crecí y entendí que una persona podía construir una vida entera alrededor de las cosas que no quería que los demás supieran.

Pero nunca imaginé que mi padre hubiera participado en aquello.

La carta tenía su firma al final.

La reconocí de inmediato.

Estimada Elena:

Hemos cumplido con lo acordado. Los registros fueron modificados y la documentación que podría contradecir la versión oficial quedó bajo custodia.

Sin embargo, hay un problema.

La niña que entregaron no responde al nombre que figura en los documentos. Insiste en que su hermana sigue en la casa y ha comenzado a preguntar por ella.

La doctora Ferrer considera que debemos mantenerla alejada de la familia hasta que podamos establecer qué recuerda.

No podemos permitir que las dos vuelvan a encontrarse.

Si eso ocurre, todo lo que hicimos habrá sido inútil.

Esteban Ferrer.

Mi padre.

Mi apellido.

Mi familia.

Durante años había creído que mi padre solo había administrado propiedades para los Valdés. Que había sido un hombre práctico, quizás demasiado dispuesto a guardar silencio, pero incapaz de hacer daño a una niña.

Ahora tenía una carta que demostraba que había ayudado a ocultar su identidad.

—¿Qué significa que la niña no respondía a su nombre? —preguntó Abril.

No pude contestar.

Porque la carta no aclaraba quién era aquella niña.

Podía haber sido Alma.

Podía haber sido Abril.

O podía haber sido la tercera.

—¿Qué hicieron con ella? —preguntó Mateo.

Volví a leer el último párrafo.

No podemos permitir que las dos vuelvan a encontrarse.

No decía que una de ellas hubiera muerto.

No decía que estuviera desaparecida.

Decía que no podían volver a encontrarse.

Eso significaba que alguien había mantenido a una niña separada de las otras durante años.

Quizá en otro lugar.

Quizá bajo otro nombre.

Quizá creyendo que su familia la había abandonado.

Levanté la mirada hacia Alma.

—¿Alguna vez estuviste en un hospital?

Ella frunció el ceño.

—No lo recuerdo.

—¿Alguna vez te llamaron por otro nombre?

Alma permaneció en silencio.

Abril se volvió hacia ella.

—¿Qué pasa?

Su hermana apretó la pulsera roja.

—Cuando era pequeña, había una mujer que me llamaba Lucía.

El nombre cayó sobre nosotros como una piedra.

Lucía Ferrer.

La doctora que había muerto tres días antes de que encontraran a Olivia.

—¿Lucía? —repetí.

Alma asintió lentamente.

—No sé si era mi nombre. Solo recuerdo que, cuando lloraba, ella me decía que no me preocupara. Que algún día iba a poder volver a casa.

Se me cerró la garganta.

La doctora Ferrer no solo había conocido a las gemelas.

Tal vez había cuidado de una de ellas.

O quizá había cuidado de la tercera niña.

—¿Cómo era esa mujer? —preguntó Abril.

Alma cerró los ojos, buscando entre sus recuerdos.

—Tenía el pelo oscuro. Usaba anteojos. Y llevaba siempre una llave colgada del cuello.

Abrí la carta una vez más.

En la esquina inferior, casi oculta por el pliegue, había una anotación manuscrita.

No pertenecía a mi padre.

Era una dirección.

Y debajo, una frase:

«La niña de Lucía no es ninguna de las dos».

Sentí que el aire se volvía pesado.

—Gael —dijo Abril—. ¿Qué encontraste?

Le mostré la nota.

Alma retrocedió.

—No.

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo.

Ella negó repetidamente con la cabeza.

—No puede ser ella.

—¿Quién? —insistió Abril.

Alma miró a su hermana.

Y, por primera vez, vi que no estaba intentando ocultar una verdad.

Estaba aterrorizada por lo que esa verdad podía significar.

—La niña que vivía con Lucía —susurró— tenía nuestros rostros.

ELENA

Había esperado diez años para volver a escuchar sus voces juntas.

En mis pesadillas, siempre ocurría lo mismo.

Abril me preguntaba por qué la había elegido.

Alma me preguntaba por qué no había regresado.

Y la tercera niña permanecía detrás de ellas, esperando a que yo dijera su nombre.

Pero en mis sueños nunca podía hacerlo.

Porque el nombre era la única cosa que todavía podía mantenerla lejos.

Ahora estaban las dos frente a mí.

Vivas.

Heridas.

Y cada vez más cerca de descubrir lo que sus propios recuerdos les habían ocultado.

Miré la carta de Esteban Ferrer.

Reconocí su letra. Reconocí la fecha. Reconocí cada palabra que había deseado olvidar.

La niña que entregaron.

La documentación modificada.

La doctora Lucía.

Todo había empezado mucho antes del diecisiete de octubre.

Mucho antes de que Mara desapareciera.

Mucho antes de que Olivia naciera, incluso.

Y, sin embargo, Olivia había terminado pagando por una decisión que no había tomado.

—Mamá —dijo Abril.

Levanté la mirada.

—¿La tercera niña sigue viva?

No pude mentirle.

No esta vez.

—Sí.

Alma dejó escapar un sonido ahogado.

Mateo cerró los ojos.

Gael bajó la carta.

Abril se quedó inmóvil.

—¿Dónde está?

Miré hacia la escalera.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabés?

—Porque la última vez que la vi, tenía nueve años. Y porque la mujer que se la llevó me hizo prometer que jamás intentaría encontrarla.

Abril dio un paso hacia mí.

—¿Por qué?

Las lágrimas me nublaron la vista.

—Porque esa niña no había nacido para ser una Montenegro.

Nadie habló.

—¿Qué significa eso? —preguntó Alma.

Me obligué a mirarlas a las dos.

Había llegado el momento de decir al menos una parte de la verdad.

—Ustedes creen que son gemelas porque nacieron el mismo día, porque tienen la misma cara y porque crecieron escuchando los mismos nombres. Pero hay algo que nunca les conté.

Me temblaban las manos.

—La noche del diecisiete de octubre, cuando una de ustedes desapareció y la otra volvió a casa, yo recibí una llamada de la doctora Ferrer.

Abril parecía incapaz de parpadear.

—Me dijo que habían encontrado a una niña en el río. Que estaba viva, pero no sabía quién era. No recordaba su nombre ni el de su familia.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Alma.

Cerré los ojos.

—Fui a buscarla.

—¿A cuál de nosotras?

No respondí.

Porque la verdad era más terrible de lo que cualquiera de ellas podía imaginar.

—Cuando llegué al hospital, había tres niñas —susurré—. Tres niñas con el mismo rostro.

Abril se cubrió la boca.

Alma empezó a negar con la cabeza.

—No. No, eso es imposible.

—Yo también lo creí.

—¿Qué pasó con la tercera? —preguntó Gael.

Lo miré.

Y supe que ya no podía proteger a nadie con el silencio.

—La doctora Ferrer me dijo que una de las niñas debía quedarse bajo su cuidado. Que no podía regresar conmigo, que era demasiado peligroso y que, si las tres volvían a encontrarse, alguien terminaría intentando matarlas otra vez.

—¿Quién? —preguntó Abril.

Mi garganta se cerró.

Porque, incluso después de diez años, todavía podía ver el rostro de la persona que había entrado en aquella habitación.

Todavía podía escuchar su voz.

Y todavía recordaba lo que había hecho cuando descubrió que yo había reconocido a la tercera niña.

—El hombre del anillo —respondí—. Él fue quien nos encontró en el hospital.

Un ruido seco resonó en la escalera.

Todos nos volvimos.

La puerta del sótano acababa de cerrarse.

Y del otro lado llegó una voz que ninguna de nosotras había escuchado en diez años.

—Elena, no deberías haberles contado eso.

Alma dejó caer los brazos.

Abril se quedó blanca.

Porque aquella voz no pertenecía al hombre del anillo.

Era la voz de una mujer.

Una voz que conocíamos de las grabaciones.

La voz de la doctora Lucía Ferrer.

Y, desde el otro lado de la puerta, añadió:

—Ahora voy a tener que terminar lo que empecé.

___________

1
Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play