Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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El esposo de la primera vida.
—Por fin has recordado, mi esposa.
La voz atravesó la cámara subterránea con una familiaridad imposible.
Evelyn sintió que se le helaba la sangre.
No era la voz de Adrian, aunque sonaba exactamente igual. Tenía el mismo tono grave, la misma cadencia al pronunciar las palabras y aquella ligera aspereza que aparecía cuando hablaba en voz baja. Sin embargo, había algo diferente: una frialdad que no pertenecía al hombre que Evelyn había llegado a amar.
La puerta terminó de abrirse.
Y el hombre que apareció al otro lado tenía el rostro del duque.
Los mismos ojos grises. El mismo cabello oscuro. La misma mandíbula firme. Incluso llevaba una pequeña cicatriz junto a la ceja, aunque en el lado contrario al de Alexander.
Pero su ropa pertenecía a otra época. Vestía un abrigo negro de cuello alto, una camisa blanca abotonada hasta la garganta y un anillo de plata en el dedo índice. Su rostro era más pálido que el de Adrian, y su expresión poseía una serenidad tan perfecta que resultaba aterradora.
Adrian intentó levantarse.
—Aléjate de ella.
El desconocido sonrió.
—Siempre tan protector, hermano.
Alexander se quedó inmóvil.
—No puede ser…
Thomas, todavía de rodillas, se persignó con manos temblorosas.
—Creí que habías desaparecido para siempre.
El hombre ignoró a ambos y dirigió toda su atención a Evelyn.
—Has tardado mucho en volver a mí.
Evelyn retrocedió hasta chocar contra el borde de la cuna.
—¿Quién eres?
La sonrisa del desconocido se desvaneció.
Durante un instante, algo parecido al dolor cruzó sus facciones.
—¿De verdad no me recuerdas?
—No.
—¿Ni siquiera un poco?
—No te conozco.
El hombre bajó la mirada hacia el anillo de plata que llevaba en la mano.
—Me lo regalaste la noche en que aceptaste casarte conmigo. Dijiste que no querías joyas caras ni promesas grandilocuentes. Solo querías algo que te recordara que, incluso si el mundo entero se volvía contra nosotros, yo siempre estaría a tu lado.
Evelyn sintió un pinchazo en la cabeza.
Una habitación iluminada por velas.
Un vestido blanco.
Unas manos masculinas sujetando las suyas.
«No importa cuántas veces tenga que encontrarte. Siempre volveré por ti.»
La visión desapareció antes de que pudiera distinguir el rostro del hombre.
Evelyn se llevó una mano a la frente.
—¿Qué me está pasando?
Adrian intentó acercarse.
—Evelyn, mírame. No lo escuches.
El desconocido soltó una carcajada breve.
—¿Todavía le dices qué debe hacer? ¿Todavía finges que eres su salvador?
Adrian apretó los dientes.
—No sé quién eres, pero si vuelves a acercarte a ella…
—¿Qué harás? ¿Matarme? —El desconocido ladeó la cabeza—. Ya lo intentaste una vez.
El silencio que siguió fue devastador.
Alexander miró a Adrian.
—¿Lo conoces?
—No —respondió el duque, aunque su voz carecía de convicción.
El recién llegado se acercó un paso.
—Claro que me conoces. Solo que has olvidado mi nombre, como olvidaste tantas otras cosas.
Se volvió hacia Evelyn.
—Pero tú y yo no vamos a cometer el mismo error. No esta vez.
Evelyn reunió fuerzas para hablar.
—Dime tu nombre.
El hombre la contempló durante unos segundos.
Después, se llevó una mano al pecho e inclinó la cabeza con una elegancia antigua.
—Soy Lucien de Blackthorne. Tu primer esposo. El hombre al que amaste antes de que el tiempo te robara nuestra vida.
La cámara pareció inclinarse.
Evelyn negó lentamente.
—Eso es imposible. Yo nunca estuve casada con nadie antes de Adrian.
—En esta vida, no.
Lucien sonrió con tristeza.
—Pero hubo una vida anterior a todas las que recuerdas. Una vida en la que no naciste como Evelyn Ashbourne, en la que no pertenecías a los Ashbourne y en la que Adrian ni siquiera había nacido todavía.
Adrian palideció.
—¿Qué estás diciendo?
Lucien lo miró por primera vez con algo parecido al desprecio.
—La verdad que nuestro padre te ocultó. La que Thomas ayudó a enterrar. La que Eleanor intentó proteger cuando comprendió que el pacto había comenzado a repetirse.
—¡Basta de hablar en acertijos! —exclamó Evelyn—. Si fui tu esposa, demuéstralo.
Lucien no pareció ofendido.
Por el contrario, se quitó el anillo de plata y se lo ofreció.
—Mira el interior.
Evelyn lo tomó con dedos temblorosos.
En la parte interna había una inscripción diminuta:
«E. y L. — Hasta que el tiempo nos devuelva.»
Debajo aparecía una fecha.
17 de octubre de 1816.
Evelyn levantó la mirada.
—Esa fecha…
—Es la fecha en que nos casamos —respondió Lucien—. Y también la noche en que comenzó todo.
Thomas cerró los ojos.
—No debiste regresar.
Lucien se volvió hacia él.
—¿Y dejar que siguieras mintiéndole? ¿Permitir que volviera a despertar sin saber quién es? No, Thomas. Esta vez no.
—No comprendes lo que haces.
—Lo comprendo mejor que tú. Durante generaciones has llamado protección a tu cobardía.
Thomas apretó el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Intenté salvarla.
—Intentaste salvar tu conciencia.
La acusación hizo que el anciano bajara la cabeza.
Evelyn observó a Lucien.
Había algo en aquel hombre que la inquietaba más que su parecido con Adrian. No era solo la forma en que pronunciaba su nombre ni la seguridad con la que afirmaba haberla amado. Era la tristeza que parecía conocerla mejor que nadie.
Como si hubiera vivido demasiado tiempo esperando a que ella lo recordara.
—Si fui tu esposa —preguntó—, ¿por qué no recuerdo nada de ti?
Lucien guardó silencio.
Después, miró el retrato de la anciana Evelyn.
—Porque tú misma me pediste que te borrara de mi memoria.
Evelyn sintió que le faltaba el aire.
—¿Por qué haría algo así?
—Porque descubriste lo que yo era capaz de hacer para no perderte.
Lucien se acercó a la cuna y pasó los dedos por la madera envejecida.
—En nuestra primera vida, tú eras una mujer llamada Evelyn de Whitmore. No pertenecías a los Ashbourne. No tenías relación con los Blackthorne. Eras la única heredera de una familia que había custodiado los registros del pacto durante siglos.
—¿Y tú?
—Yo era el segundo hijo de una rama de los Blackthorne. No tenía título, ni fortuna, ni derecho a heredar. Lo único que tenía era tu amor.
Lucien levantó los ojos hacia ella.
—Y creí que eso sería suficiente.
Una imagen atravesó la mente de Evelyn.
Un jardín cubierto de rosas blancas. Un hombre sentado bajo un árbol, leyendo una carta. Una joven que corría hacia él con el vestido levantado para no tropezar.
Ella misma.
Más joven, pero con la misma mirada.
La joven se arrodillaba frente al hombre y le tomaba el rostro entre las manos.
«No quiero una vida perfecta, Lucien. Solo quiero una vida contigo.»
Evelyn soltó un sollozo.
Lucien dio un paso hacia ella.
—Lo recuerdas.
—No… No sé qué estoy recordando.
—No tengas miedo.
—¡No te acerques!
Él se detuvo de inmediato.
Por primera vez, su expresión se llenó de una tristeza auténtica.
—Todavía me temes.
—No te conozco.
—Pero tu corazón sí.
Adrian soltó una risa amarga desde el suelo.
—Qué conveniente. Apareces después de siglos y pretendes que ella te pertenezca porque compartieron una vida.
Lucien se volvió hacia él.
—No pretendo que me pertenezca. Nunca me perteneció. Ese fue precisamente mi error.
Adrian pareció desconcertado.
—¿Tu error?
—Creer que el amor me daba derecho a decidir por ella.
Lucien miró de nuevo a Evelyn.
—Cuando descubrí que ibas a morir, hice un pacto para impedirlo. No consulté contigo. No te expliqué el precio. Solo quise conservarte.
Evelyn sintió que las palabras se le clavaban en el pecho.
—¿Qué precio?
Lucien respiró profundamente.
—El tiempo.
Nadie habló.
—El pacto me ofreció la posibilidad de devolver una vida perdida —continuó—. Pero no podía hacerlo sin alterar las vidas de quienes estaban vinculados a ti. Tu muerte quedó suspendida. Tu alma fue obligada a regresar una y otra vez, mientras yo permanecía atrapado en el instante en que te perdí.
—¿Y las otras vidas? —preguntó Evelyn—. ¿Mi matrimonio infeliz? ¿Mi vejez? ¿Mi muerte a los setenta y seis años?
—Todas fueron reales.
Lucien bajó la mirada.
—No eran ilusiones ni castigos inventados. Viviste cada una de ellas. Amastes, sufriste, envejeciste y moriste. El pacto no te quitó esas experiencias. Las utilizó para mantenerte dentro de su alcance.
Evelyn se llevó una mano al pecho.
—Entonces, ¿mi segunda vida…?
—Fue mi intento de corregir la primera.
Adrian cerró los ojos.
—Por eso regresó.
Lucien asintió.
—Cuando Evelyn murió por primera vez, el pacto quedó incompleto. Su deseo de regresar se mezcló con el mío. Ella quería cambiar sus decisiones. Yo quería recuperar a mi esposa. Y el tiempo nos concedió exactamente lo que pedimos, aunque ninguno comprendió el precio.
—¿Por qué Adrian? —preguntó Evelyn—. ¿Por qué apareces con su rostro?
Lucien miró al duque.
Por primera vez, su expresión perdió toda la dureza.
—Porque Adrian es mi descendiente.
Thomas levantó la cabeza de golpe.
—¡No!
Lucien no apartó la mirada.
—El pacto no solo altera el tiempo. También repite aquello que no logra resolver. Mi rostro quedó ligado a la historia de los Blackthorne. Con cada generación, el vínculo se hizo más fuerte, hasta que nació Adrian.
El duque parecía incapaz de procesar la revelación.
—¿Quieres decir que mi vida estaba escrita antes de que naciera?
—No. Quiero decir que alguien intentó utilizarte para terminar una historia que yo empecé.
Adrian apretó los puños.
—¿Quién?
Lucien miró a Thomas.
El anciano retrocedió.
—No…
—Díselo —ordenó Lucien.
Thomas negó con la cabeza.
—No tienes derecho a exigirlo.
—Y tú no tienes derecho a seguir ocultándolo.
Evelyn se interpuso entre ambos.
—¡Los dos van a dejar de hablar como si yo no estuviera aquí!
Su voz resonó con tal fuerza que todos guardaron silencio.
—Quiero saber la verdad. Toda. No una parte. No lo que consideran que puedo soportar. Todo.
Lucien inclinó la cabeza.
—Entonces debes saber qué ocurrió el 17 de octubre de 1816.
La fecha pareció encenderse en el medallón que Evelyn aún sostenía.
—Aquella noche —continuó Lucien—, tú descubriste que el pacto exigía una muerte para poder devolverte la vida. Yo creí que podía elegir a otra persona para pagar el precio. Thomas me ayudó a preparar el ritual. Arthur Blackthorne nos proporcionó la cámara. Eleanor intentó detenernos.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó Evelyn.
Lucien la miró directamente a los ojos.
—Tú moriste.
La palabra no tuvo la violencia de la confesión de Adrian. Fue pronunciada con una tristeza tan profunda que Evelyn sintió que una parte de ella ya conocía aquella respuesta.
—Pero yo regresé.
—Sí. Y yo también.
Lucien extendió una mano hacia ella, sin tocarla.
—En la vida que siguió, tú naciste como Evelyn Ashbourne. Yo conservé mis recuerdos durante un tiempo, pero el pacto comenzó a borrarlos. Adrian apareció como una nueva posibilidad: alguien con mi rostro, pero con la oportunidad de elegir de otra manera.
—¿Y lo hizo? —preguntó Evelyn.
Lucien miró al duque.
—Durante mucho tiempo, sí. Adrian intentó amarte sin repetir mis errores. Pero cuando Elara apareció, el pacto encontró la misma debilidad que me había destruido a mí.
—El miedo a perderme —susurró Evelyn.
—Exactamente.
Adrian bajó la cabeza.
—Yo no sabía que estaba repitiendo tu historia.
—Lo sé —respondió Lucien—. Por eso nunca te odié.
El duque lo miró, sorprendido.
—¿Nunca?
—Eres la prueba de que el tiempo puede repetir una historia sin obligar a sus protagonistas a tomar las mismas decisiones. Tú intentaste salvarla. Yo intenté poseer la posibilidad de que nunca muriera. No es lo mismo.
Evelyn observó a ambos hombres.
El parecido entre ellos ya no le parecía una casualidad aterradora. Era como mirar dos versiones de un mismo destino: una marcada por el deseo de conservar, la otra por el miedo de perder.
Y ella estaba en medio.
Otra vez.
—¿Cómo termina esto? —preguntó.
Lucien cerró los ojos.
—Solo existe una manera de romper el pacto definitivamente.
Thomas comenzó a temblar.
—No se lo digas.
Lucien abrió los ojos.
—El pacto no puede destruirse mediante otra muerte. Cada vez que alguien intenta pagarlo con sangre, vuelve a empezar. La única manera de terminarlo es devolver aquello que se tomó sin permiso.
Evelyn miró el retrato.
—¿Mi vida?
—Tu elección.
Lucien se acercó un paso.
—La primera vez, yo elegí por ti. Thomas eligió por ti. Arthur eligió por ti. Adrian, aunque no lo recuerde, también fue utilizado para decidir por ti. Todos creímos que sabíamos qué era mejor para salvarte.
Su voz se quebró.
—Pero nadie te preguntó qué querías.
Evelyn sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.
—¿Y si elijo vivir?
—El pacto deberá aceptar tu decisión.
—¿Y si elijo morir?
Lucien bajó la mirada.
—También.
—¿Y Elara?
La joven del vestido azul se acercó a su madre.
—Yo no necesito que mueras por mí.
Evelyn la abrazó.
Elara se quedó rígida durante un instante, sorprendida. Después hundió el rostro en el hombro de su madre y rompió a llorar.
—Quería volver a abrazarte —susurró—. Pero cada vez que regresaba, ustedes sufrían. Yo solo quería una familia.
Evelyn la estrechó con más fuerza.
—Lo sé, mi amor.
—No quiero que papá muera.
—No va a morir por ti.
—Tampoco quiero que tú mueras por mí.
Evelyn cerró los ojos.
—Entonces no lo haremos. No vamos a pagar el amor con la vida de nadie.
Cuando se separaron, Elara parecía haber recuperado una pequeña parte de la paz que llevaba tanto tiempo buscando.
Pero Lucien no sonreía.
Observaba el medallón.
—Hay algo que aún no comprendes —dijo.
Evelyn se volvió hacia él.
—¿Qué?
—El pacto no se originó conmigo.
Thomas se puso de pie bruscamente.
—¡Lucien, basta!
—No. Ella merece saberlo.
Lucien señaló la inscripción grabada en la pared de la cámara.
«La verdad permanece, aunque el tiempo la sepulte.»
—Yo creí que había sido el primero en pedir que una persona regresara de la muerte. Pero cuando encontré los registros antiguos, descubrí que el pacto existía mucho antes de que nacieran nuestros antepasados.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Adrian.
Lucien miró a Evelyn.
—Una mujer que tenía tu rostro.
Evelyn sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Mi rostro?
—La primera mujer que intentó desafiar al tiempo. La primera que perdió a su hija. La primera que pidió una segunda oportunidad.
Elara dejó de respirar por un instante.
—No…
Lucien asintió lentamente.
—Sí. Elara existió antes de ti, Evelyn. Antes de mí. Antes de los Blackthorne y los Ashbourne. No fue solo nuestra hija. Fue la niña de una historia mucho más antigua.
Evelyn miró a su hija.
—¿Qué significa eso?
Elara empezó a retroceder.
—Mamá, no lo escuches.
—¿Por qué?
—Porque si recuerda su nombre verdadero, el pacto sabrá dónde encontrarla.
Pero ya era demasiado tarde.
El medallón se abrió de golpe entre los dedos de Evelyn.
En su interior apareció una inscripción que no había estado allí antes.
Un nombre.
No era Evelyn.
Tampoco Elara.
Era un nombre que hizo que Thomas cayera de rodillas y que Adrian pronunciara una palabra que nunca había oído antes.
—Seraphine…
Las luces de la cámara se apagaron.
En la oscuridad, una voz femenina surgió desde el interior de las paredes.
—Por fin has regresado, hija mía.
Evelyn sintió que una mano helada se cerraba alrededor de la suya.
No era la de Adrian.
No era la de Lucien.
Y cuando la luz volvió, Elara había desaparecido.
En su lugar, junto a la cuna, había una mujer vestida de blanco, con el mismo rostro de Evelyn, pero con ojos completamente negros.
La mujer sonrió.
—Ahora que recuerdas quién eres, podemos terminar lo que comenzamos hace mil años.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
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Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
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Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁