Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22: Jaula de hielo
El interior del todoterreno olía a lluvia salobre, cuero húmedo y a la furia muda que se desprendía de Damian como una descarga eléctrica.
Durante el trayecto de regreso al aeródromo privado de Marsella, él no soltó a Valeria. La mantenía sentada a su lado en el asiento trasero blindado, con una mano firme y pesada apoyada sobre el respaldo a escasos centímetros de sus hombros y la otra descansando posesivamente sobre su rodilla. Cada vez que el vehículo tomaba una curva en la autopista y Valeria intentaba apartar el cuerpo hacia la ventanilla, los dedos de Damian se cerraban sobre la tela de su pantalón con una presión sutil pero implacable que le recordaba quién dictaba las reglas.
Valeria no dijo una sola palabra. Tenía la vista clavada en los viñedos marchitos que desfilaban tras los cristales tintados, con el perfil tenso como una cuerda de piano y las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos de su abrigo. Se negaba a mirarlo. Se negaba a darle el triunfo de una discusión en presencia de Kassian, que conducía con la vista fija en el asfalto y la mandíbula apretada.
El vuelo de regreso a Ginebra en el reactor privado fue un purgatorio suspendido a diez mil metros de altura.
Damian ordenó a los escoltas permanecer en la sección delantera y cerró la mampara divisoria. Se sentó frente a ella, sirvió un vaso de agua mineral con hielo y lo colocó sobre la mesita plegable, empujándolo hacia sus dedos.
—Bebe —dijo él.
Valeria ni pestañeó. Siguió mirando las nubes grises a través del óculo.
—Si pretendes matarte de hambre para castigarme, Valeria, te juro por lo que me queda de alma que voy a hacer que un médico te alimente por vía intravenosa cada ocho horas —su voz no fue un grito; fue un susurro áspero, roto por una desesperación que Damian apenas lograba empaquetar bajo su máscara de emperador—. Bebe el agua.
Valeria giró despacio la cabeza. Sus ojos castaños, oscuros y vacíos de cualquier calidez, se clavaron en los de él con la frialdad de dos témpanos.
—¿Y qué vas a hacer si me niego, Valmont? —preguntó ella con una calma venenosa—. ¿Vas a romperme los dedos como hiciste con los muchachos en el sótano tres? ¿O prefieres llamar a Kassian para que me amarre a una silla mientras tú fumas y das órdenes de tortura?
Damian se congeló.
El ámbar de sus ojos se dilató un milímetro apenas perceptible. La mención del sótano tres cayó en la cabina presurizada como una esquirla de granada.
—Entraste al circuito cerrado —murmuró él, comprendiendo al instante el origen del horror en la mirada de ella.
—Vi exactamente lo que eres —replicó ella, inclinándose apenas hacia adelante, escupiéndole cada sílaba a la cara—. Vi al hombre que dos horas antes me estaba dando caldo con una cuchara de plata ordenar que mutilaran a dos personas a sangre fría. Vi al monstruo que se cree dueño de la ley, de los puertos y de la vida de todos los que lo rodean. Eres igual a Julian. La misma basura calculadora y sanguinaria de la que escapé hace seis años.
Damian apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula vibraron bajo la piel. Se inclinó sobre la mesa, acortando el espacio hasta que su aliento cálido rozó las pestañas de Valeria.
—Esos hombres venían a secuestrarte, Valeria —gruñó él en voz baja, con una violencia contenida que hacía temblar la vajilla de cristal—. Venían a meterte en un contenedor para entregarte a una familia de psicópatas que te habrían encerrado en un sótano de Boston por el resto de tus días. Les di exactamente lo que merecían por poner un pie en mi ciudad para tocar lo que es mío.
—¡Yo no soy tuya! —le espetó ella, con la voz quebrada por una rabia salvaje—. ¡Y ese hijo que llevo dentro tampoco te pertenece! ¡No voy a dejar que crezca en una fortaleza custodiada por asesinos a sueldo!
Damian estiró el brazo y le atrapó la barbilla entre el pulgar y el índice, obligándola a sostenerle la mirada. Sus dedos ardían contra la piel helada de Valeria, temblorosos por una mezcla desgarradora de posesión y terror puro.
—Ese niño lleva mi sangre y la tuya —susurró él, y por una fracción de segundo, la máscara de titanio de Damian Valmont se quebró por completo, dejando a la vista una herida abierta, desesperada y feroz—. Y te juro que antes de permitir que lo arrastres a una bodega clandestina en Sudamérica para vivir como una rata asustada, voy a arrasar este continente entero. No vas a volver a salir de mi lado, Valeria. Métete eso en la cabeza. Aunque tenga que encadenarte a mi cama.
Valeria le sostuvo la mirada sin parpadear, aunque por dentro sentía que el abismo se abría bajo sus pies. En los ojos de Damian no había vanidad corporativa; había una devoción enferma, absoluta e irreversible que la aterraba más que cualquier amenaza armada.
Cuando aterrizaron en Ginebra, la noche ya había cerrado sobre el lago Lemán.
El convoy no se dirigió a la torre corporativa. Tomó la carretera comarcal hacia las faldas del Jura, ascendiendo por una colina boscosa hasta detenerse frente a las rejas de hierro forjado de una propiedad centenaria: el Domaine des Ombres, la finca privada de la familia Valmont.
Una mansión de piedra oscura rodeada de pinos centenarios, muros perimetrales de tres metros de altura y un despliegue de seguridad con cámaras térmicas y guardias con perros de presa que superaba con creces al de la torre de oficinas. Una jaula de máxima seguridad disfrazada de residencia aristocrática.
Damian la obligó a bajar del coche, sosteniéndola por el codo con una firmeza que no admitía forcejeos. La guio a través del vestíbulo de suelos de pizarra pulida y techos artesonados hasta el ala principal de la primera planta.
En la sala de estar del dormitorio principal, esperando junto a un maletín de cuero médico sobre la mesa de té, había una mujer de unos cincuenta años, de cabello canoso recogido en un moño estricto y gafas de montura redonda.
—Doctora Laurent —dijo Damian al cruzar el umbral, sin soltar a Valeria—. Revísela. Todo.
Valeria se detuvo en seco, clavando los talones en la alfombra.
—No voy a permitir que nadie me toque —dijo con voz cortante, mirando a la médica como si fuera un enemigo armado.
—Valeria —la voz de Damian sonó baja, pero cargada de una advertencia final—. Llevas doce horas sin comer, viajaste en un coche destartalado, tuviste una subida de adrenalina en ese muelle y casi te desmayas ayer en la torre. La doctora Laurent es la única profesional en Suiza autorizada para firmar registros médicos bajo estricta confidencialidad del Cónclave. Se va a asegurar de que tú y el bebé estén fuera de peligro.
—Y si digo que no, ¿vas a ordenar que me sujeten? —desafió ella, levantando la barbilla con desprecio.
Damian la miró en silencio durante varios segundos. La furia en sus ojos ámbar se transformó despacio en un cansancio desgarrador. Soltó su codo con lentitud, dio un paso atrás y se llevó una mano a la nuca, cerrando los ojos un instante.
—Por favor, Valeria —murmuró él.
La palabra cayó en la habitación con el peso de una catedral desmoronándose.
Kassian, apostado discretamente en el pasillo, bajó la vista al suelo. La doctora Laurent contuvo una expresión de asombro absoluto. En quince años de servicio a la familia Valmont, nadie había escuchado jamás a Damian pronunciar esa palabra ante ningún ser vivo.
Valeria sintió una punzada dolorosa en el centro del pecho. El hombre implacable que no se doblegaba ante cárteles de la droga ni embajadas federales estaba desarmado frente a ella, rogándole con los hombros ligeramente caídos y la respiración pesada.
Valeria tragó saliva, sintiendo que el orgullo le ardía como ácido, pero miró a la médica y luego a su propio vientre. La criatura no tenía la culpa de la guerra de sus padres.
—Solo una revisión básica —concedió ella en un hilo de voz áspero—. Sin sedantes ni medicamentos experimentales.
Damian asintió con un leve gesto de cabeza hacia la médica.
—Estaré en el despacho contiguo —dijo él antes de salir, cerrando la puerta doble de roble tras de sí.
Treinta minutos después, la puerta del despacho se abrió.
Damian estaba de pie junto a la chimenea encendida, sosteniendo un vaso de whisky puro que no había probado. Al ver salir a la doctora Laurent, dejó el vaso sobre la repisa con un golpe seco.
—¿Y bien? —exigió Damian.
—La señorita Callahan tiene un cuadro leve de deshidratación y niveles de cortisol peligrosamente elevados por estrés agudo —informó la doctora, guardando un estetoscopio en su maletín—. Pero la gestación está intacta. Cinco semanas y cuatro días, según la ecografía preliminar portátil. El saco gestacional está bien implantado.
Damian contuvo la respiración. Sus dedos se cerraron sobre el borde de mármol de la chimenea hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—¿El corazón? —preguntó en un susurro ronco, casi inaudible.
La doctora extrajo una tira de papel térmico del bolsillo interior de su bata y se la extendió.
—Pudimos escuchar el latido durante diez segundos antes de que ella me pidiera que apagara el monitor. Ciento cuarenta pulsaciones por minuto. Fuerte, regular y perfectamente viable. Necesita reposo absoluto durante las próximas setenta y dos horas, alimentación rica en hierro y cero situaciones de confrontación armada, señor Valmont. Si vuelve a pasar por un shock como el de esta tarde, el riesgo de aborto espontáneo se triplicará.
Damian tomó la tira térmica con una reverencia temblorosa. En el papel blanco destacaba una pequeña mancha oscura en forma de elipse, diminuta como una semilla de manzana, rodeada de líneas de frecuencia cardíaca.
Su hijo.
Una vida forjada en la noche del tren alpino, latiendo ajena a las balas y los contratos de sangre que amenazaban con destruirla antes de nacer. Una lágrima solitaria y ardiente quemó la comisura de su ojo derecho antes de que él pudiera pestañear para borrarla.
—Gracias, doctora. Kassian la escoltará de vuelta a su clínica. Tiene asignada una guardia permanente en su domicilio por motivos de seguridad.
La médica asintió y se retiró con paso ligero.
Damian guardó la fotografía térmica en el bolsillo interior de su camisa, justo sobre su propio corazón, y caminó hacia el dormitorio principal.
Valeria estaba sentada en el borde de la cama inmensa de caoba, vestida con un camisón de seda blanco que el personal de la casa había dejado sobre las sábanas. Tenía el cabello oscuro suelto sobre los hombros y las manos apoyadas sobre su regazo, mirando la chimenea con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas.
Al verlo entrar, no se movió.
Damian se acercó despacio, con pasos que no hacían ruido sobre la alfombra persa. Se arrodilló frente a ella, apoyando las manos sobre sus rodillas cubiertas por la seda blanca.
—Escuché el latido, Valeria —dijo él en un susurro cargado de una devoción tan pura que el aire pareció temblar entre los dos—. Es fuerte. Como tú.
Valeria bajó la mirada para encararlo. Sus ojos castaños estaban llenos de una tristeza infinita, de la lucidez amarga de quien ve venir la tragedia sin poder frenarla.
—¿Y de qué le va a servir ser fuerte, Damian? —preguntó ella, y una lágrima solitaria le rodó por la mejilla pálida—. ¿Para sobrevivir a las bombas que tu mundo va a poner bajo su cuna? Acabas de condenar a este niño a la misma pesadilla de la que yo intenté salvarlo.
Damian levantó despacio la mano derecha, la de la cicatriz en cruz, y con la yema del pulgar le secó la lágrima con una ternura devastadora.
—No voy a permitir que nadie toque a este niño, Valeria. Ni tu familia, ni mis enemigos, ni el infierno entero si decide levantarse. Construiré un muro de fuego alrededor de esta casa si hace falta.
Antes de que ella pudiera responder con otro reproche, la puerta del dormitorio se abrió con un golpe brusco.
Kassian estaba en el umbral. No pidió permiso para entrar. Traía un teléfono satelital encendido en la mano y el rostro ensombrecido por una tensión que Damian no había visto en su lugarteniente en más de diez años.
—Damian —dijo Kassian, con la voz quebrada por la urgencia—. Es Julian Callahan.
Damian se puso de pie en una fracción de segundo, la ternura evaporándose de sus facciones para dar paso al depredador de guerra.
—¿Dónde está?
—No está en Boston —respondió Kassian, mirando a Valeria con una gravedad que heló la habitación—. Acaba de aterrizar en el aeropuerto de Lyon con dos reactores privados y treinta hombres armados. Y nos envió un mensaje directo a la frecuencia del Cónclave: tiene a Nora Vogel en el maletero de una de sus camionetas. Nos da seis horas para entregarle a su hermana o enviará la cabeza de la abogada en una caja al ayuntamiento de Ginebra.