Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 20
FUEGO EN LA BIBLIOTECA, VERDAD EN LA LLAMA
La llama del encendedor bailaba en la mano del intruso, proyectando sombras inquietas sobre las paredes llenas de libros. Leonardo apretó la mano de Katherine, manteniéndola pegada a su espalda, y dio un paso al frente, saliendo de entre las sombras.
—No vas a quemar nada —dijo, con voz firme y gélida—. Sal ahora y no te acusaré de intrusión.
El encapuchado soltó una risa seca, nerviosa.
—Tú no mandas aquí. No más. Entrégalo y te dejo vivir. Si no… esta casa entera se convierte en cenizas. Igual que tu reputación, igual que tu pasado.
—¿Quién eres? —preguntó Katherine, asomándose despacio—. ¿Quién te envía?
El intruso dudó un instante, y en ese movimiento, la capucha se deslizó lo suficiente para que vieran su rostro. Katherine contuvo el aliento. No era un desconocido. Era el abogado, el mismo hombre que los había recibido horas antes, con manos temblorosas y voz de compasión.
—Usted… —susurró Leonardo, horrorizado—. Mi padre confió en usted.
—Tu padre me usó —escupió el hombre, dando un paso hacia ellos, con la llama aún encendida—. Me dio migajas mientras ustedes nadaban en riqueza. Cuando su madrastra me ofreció el doble por borrarlo todo… acepté sin dudar.
—Usted ayudó a destruirlo —dijo Katherine, con voz temblorosa pero clara—. Ayudó a enviarlo a la cárcel.
—Hice lo que era necesario para sobrevivir —respondió él, con ojos brillantes de codicia y miedo—. Y ahora entrego este último servicio. Entrégame el testamento. ¡Ahora!
Levantó el brazo y lanzó un frasco de líquido inflamable al suelo. Se rompió con un estallido seco, y el olor a gasolina llenó el aire al instante. Antes de que pudiera acercar la llama, Leonardo reaccionó: se lanzó hacia él, apartando su mano, y el fuego cayó sobre un montón de libros viejos al fondo. Las llamas prendieron rápido, creciendo con furia, devorando estanterías y polvo y recuerdos.
—¡Sal de aquí! —gritó Leonardo, empujando a Katherine hacia la puerta—. ¡Corre!
—No sin ti —respondió ella, aferrándose a su brazo, mientras el humo empezaba a llenar la habitación.
El abogado aprovechó el caos para intentar escapar, pero Leonardo lo agarró del brazo con fuerza brutal.
—No vas a ninguna parte —gruñó—. Terminaste de huir.
—¡Suéltame! —gritó el hombre, luchando con desesperación—. Si me llevas, hablaré de todo. De los cómplices que quedan. De lo que su padre ocultó.
—Entonces habla —dijo Leonardo, apretándolo más—. Ahora.
Las llamas avanzaban, iluminando sus rostros con un resplandor rojo y dorado. El calor era insoportable. Katherine tosió, cubriéndose la boca con la mano, y vio cómo una viga empezaba a ceder sobre ellos.
—Leonardo… ¡tenemos que irnos! —gritó ella, tirando de su brazo.
El abogado aprovechó el instante de distracción para zafarse y correr hacia la salida. Leonardo fue tras él, pero el hombre tropezó con un libro caído y cayó de bruces. Cuando se levantó, la puerta ya estaba bloqueada por una cortina de fuego. Se giró hacia ellos, con los ojos desorbitados de terror.
—¡No puedo salir! —gritó—. ¡Ayúdenme!
Leonardo no dudó. Le tendió la mano.
—Toma. Corre junto a nosotros.
Juntos buscaron una salida trasera, estrecha y llena de polvo, que apenas lograron abrir. Salieron rodando al jardín, justo cuando el techo de la biblioteca se desplomaba con un estruendo que hizo temblar la tierra. Se quedaron allí, en el pasto, respirando con dificultad, mirando cómo las llamas devoraban todo lo que quedaba.
El abogado estaba sentado un poco más lejos, temblando, con la ropa quemada y la mirada fija en el fuego. Leonardo se acercó a él, sin rabia, con calma.
—Ahora habla —dijo—. ¿Quién más está involucrado?
El hombre asintió lentamente, derrotado.
—Su padre tenía razón. Hay alguien más. Un socio antiguo. Alguien que ha estado esperando el momento adecuado para tomar el control total del Grupo Herrera. Su nombre…
Se interrumpió de golpe. Una expresión de dolor cruzó su rostro. Se llevó la mano al pecho, tambaleó y cayó de espaldas. Katherine corrió hacia él, pero era demasiado tarde. Sus ojos estaban fijos, sin vida.
—¿Qué pasó? —susurró ella, horrorizada.
Leonardo se arrodilló junto a él, buscando una señal, un rastro.
—Murió antes de decirlo —murmuró—. Algo le pasó. O lo envenenaron antes de venir.
Miraron el fuego que aún consumía la casa, y luego el cuerpo del hombre que conocía la verdad. La puerta se había cerrado de nuevo. La única pista que les quedaba se había llevado con él.
—Pero él dijo algo —recordó Katherine—. “Alguien que ha estado esperando el momento adecuado”. Esa persona está cerca.
Leonardo asintió, apretando el testamento contra su pecho, el único objeto que habían logrado salvar.
—Sí. Y sabrá que sobrevivimos. Sabrá que tengo esto.
Se levantó y la tomó de la mano. El sol se ocultaba tras los árboles, tiñendo el cielo de fuego.
—No podemos volver a casa —dijo—. No todavía. Nos vigilan.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, tomándole la mano con fuerza.
—A un lugar donde nadie nos encontrará —respondió él—. Y desde donde planearemos todo. Porque ahora lo sabemos: el traidor está cerca. Y esta vez, no se nos escapará.
Se alejaron juntos entre los árboles, dejando atrás el humo y las cenizas, llevando consigo la verdad y la promesa de justicia. Sabían que el peligro no había terminado, sino que apenas comenzaba. Pero también sabían que mientras estuvieran juntos, el fuego que los amenazaba no podría apagarlos.