Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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Huida que no fue libertad
La oportunidad llegó cuando menos lo esperaba. Una mañana, el guardia de la verja se alejó unos minutos para atender una llamada. No lo pensé dos veces. Solo agarré la pequeña maleta que había escondido bajo la cama, con lo mínimo indispensable, y corrí. Corrí sin mirar atrás, con el corazón golpeándome tan fuerte que dolía en el pecho, con el miedo de escuchar su voz llamándome, de sentir sus pasos persiguiéndome. Pero nadie gritó. Nadie me detuvo. Llegué a la estación de trenes, compré un billete para el pueblo más lejano que vi en el tablero de salidas, y subí al vagón justo cuando el tren empezaba a moverse. Me senté junto a la ventana, viendo cómo la casa, los muros, su mundo… se alejaban poco a poco hasta desaparecer entre las colinas. Y por primera vez en meses, respiré hondo. Sentí que el aire era realmente mío. Que yo decidía hacia dónde iba. No sabía qué me esperaba al final del viaje, pero no importaba. Era mi elección. Mi camino. Mi vida, al fin.
Viajé todo el día y toda la noche, con el asiento incómodo, sin apenas dormir, pero con una pequeña llama de esperanza que me mantenía despierta. Cuando el tren finalmente se detuvo al amanecer del día siguiente, bajé con las piernas temblorosas por el cansancio, pero con la frente en alto. La estación era pequeña, polvorienta, casi desierta. Caminé unos pasos hacia la salida, buscando un lugar donde refugiarme, y entonces lo vi.
Estaba allí. Apoyado contra el capó de su coche oscuro, con los brazos cruzados, impecable, serio, como si hubiera estado esperando solo unos minutos en lugar de un día entero. A su lado, dos hombres de aspecto rudo me observaban sin decir nada. El suelo se me vino encima. Mis piernas dejaron de responderme. Solo pude mirarlo a los ojos, y en ellos no vi rabia todavía. Vi decepción, fría y absoluta, como si ya supiera que al final yo volvería a estar frente a él.
Uno de los hombres se acercó, me arrebató la maleta de las manos sin una palabra, y el otro me tomó del brazo con tanta fuerza que supe que dejaría marcas oscuras sobre mi piel. Me arrastró hasta el coche y me empujó hacia el asiento trasero con brusquedad, cerrando la puerta de golpe tras de mí. No hubo discusión. No hubo explicaciones. Solo el sonido del motor arrancando y el camino de regreso, silencioso, interminable, con Gino mirándome por el retrovisor de vez en cuando, sin hablar, como si estuviera guardando cada segundo de este viaje para después cobrármelo con creces.
Cuando llegamos a la casa, me jaló fuera del coche y me empujó con tanta fuerza que caí de rodillas sobre el pavimento. Se acercó, me tomó por el brazo y me levantó solo para arrojarme contra el suelo del vestíbulo. Caí sobre mis manos, dolorida, y antes de que pudiera incorporarme, puso la punta de su zapato bajo mi barbilla, obligándome a levantar el rostro y mirarlo a él. Su mirada era oscura, furiosa, desgarradora.
—¿Así que crees que porque compartes mi cama y satisfaces mis deseos puedes hacer lo que te venga en gana? —escupió cada palabra como si le quemara la boca—. ¿Quién te crees que eres, Candance? Aquí tú no eres nada. No eres libre. No eres igual a mí. Solo vives y respiras porque yo lo quiero. Y olvidar eso… es el error más grave que has podido cometer.
Chasqueó los dedos y dos hombres aparecieron en la entrada.
—Llévenla a la celda —ordenó sin apartar sus ojos de los míos—. Que aprenda lo que le ocurre a quien me desafía. Que entienda que no hay puerta lo suficientemente lejana como para que no la encuentre.
—¡No, por favor! —grité, mientras me tomaban de los brazos y me arrastraban por el pasillo—. ¡Perdóname! No volverá a pasar. ¡Gino, por favor, escúchame! Solo quería saber si podía ser libre. ¡No me encierres ahí, te lo suplico!
No respondió. Se quedó de pie en medio del vestíbulo, observando cómo me llevaban, sin moverse, sin decir una sola palabra que me consolara o que me detuviera. Las puertas se cerraron tras de mí y su figura desapareció de mi vista.
Me arrastraron por escaleras oscuras y frías, hasta un sótano que nunca había visto antes. Allí me empujaron hacia una celda pequeña, estrecha, con paredes de piedra húmeda y una luz tenue que apenas iluminaba el espacio. Cerraron la puerta metálica con un estruendo que resonó en todo el lugar, y me quedé sola, sentada en el suelo frío, abrazando mis rodillas, temblando de frío y de terror.
Pero lo peor no fue el frío ni la oscuridad. Fueron los sonidos. A lo largo de toda la noche, escuché los gritos que venían de celdas cercanas. Hombres gritando de dolor, suplicando por sus vidas, por sus familias, pidiendo que acabaran con ellos. Los sollozos, los ruegos, los sonidos que nunca deberían escucharse en ninguna casa… se mezclaban en la oscuridad y me helaban la sangre en las venas. Me tapé los oídos con las manos, llorando en silencio, temblando sin control. Sabía que estaba aquí por intentar huir. Sabía que él me había traído de vuelta. Y sabía, con un terror profundo y absoluto, que en cualquier momento yo podría ser la siguiente.
Cuando por fin abrieron la puerta al amanecer, me encogí en un rincón, cubriéndome la cara con los brazos. Un hombre entró, se acercó y me ató las manos con una cuerda gruesa sin decir una sola palabra. Me jaló hacia arriba y me obligó a caminar tras él, subiendo escaleras, cruzando pasillos, hasta llegar a una sala que no conocía.
Allí estaba Gino. De pie junto a una mesa, limpiando un cuchillo largo con un paño. En el suelo, cerca de sus pies, vi manchas oscuras de sangre y algo que no me atreví a mirar con claridad. Había estado aquí. Había hecho esto. Y ahora me miraba a mí, con esa calma que asusta más que cualquier grito.
—Oh —dijo, sin dejar de limpiar el filo del cuchillo—. Aquí tenemos a la mascota desobediente. La a la que le doy techo, comida, protección… y decide largarse sin decir una sola palabra. Sin mirar atrás. Sin importarle si estaría bien o si yo me preocuparía. Qué ingrata eres.
Guardó el cuchillo en su funda y se acercó a mí, deteniéndose a un paso de distancia. Me recorrió con la mirada, lento, evaluando mi rostro pálido, mis ojos hinchados de llorar, mis manos atadas temblando a mi espalda.
—Dicen que el perdón lo cura todo —murmuró, inclinando la cabeza—. Pero yo no creo en el perdón. Creo en consecuencias. Y tú has roto la única regla que importaba: no intentar marcharte. Así que dime, Candance… ¿qué crees que debería hacer contigo?