Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 14 - La visita de Clara
Clara vino un sábado. Me había dicho que quería conocer mi pueblo y llegó en el bus de las nueve con una mochila grande y con una bufanda que le tejió su madre. La esperé en la parada con Leo y con Tizón dentro de mi campera. Cuando la vi bajar del bus, me reí porque traía botas nuevas que se le llenaron de barro en dos pasos.
La llevé primero al local. Mi madre había limpiado todo y había puesto una manta limpia sobre la mesa. Adentro estaban el perro grande que había dejado el vecino, que ya le pusimos de nombre Bruno, y las dos gallinas que todavía no se iban porque la señora que las trajo no volvió. Bruno ya estaba mejor, con más pelo y con ganas de jugar. Cuando nos vio entrar, se paró y movió la cola. Clara se agachó y lo acarició. Me dijo que en su pueblo nunca dejan que un perro abandonado entre a una casa porque dicen que trae mala suerte. Le dije que acá al revés, que si entra, trae buena.
Le mostré mi cuaderno y el libro verde de Silas. Clara miró las notas del padre de Silas escritas a lápiz en los bordes y me dijo que su abuelo también escribía así, chiquito, en los bordes de sus libros de cabras. Le mostré el permiso permanente que me dio don Ernesto colgado en la pared y la luz chiquita que puso Leo en el cartel. Me dijo que mi refugio parecía de verdad, no como un trabajo de escuela.
A las once vino una emergencia. Un niño llegó corriendo con un perro chico en brazos que no respiraba bien. Tenía la boca abierta y la lengua afuera. Lo puso sobre la mesa y me dijo que se había caído en una acequia y que tragó mucha agua sucia. Le toqué la panza y estaba fría y dura. En mi cabeza escuché muy bajito, no puedo, agua, pecho duele. Clara me miró y me dijo, ¿qué hacemos? Le dije que había que sacarle el agua del pecho como nos enseñó la profesora Vidal.
No teníamos lo que usan en la capital. Solo teníamos toallas y el balde con agua tibia. Acosté al perro de lado y le apreté despacio el pecho para que sacara el agua. Salió un poco de agua sucia por la boca. El perro tosió y lloró. Le limpié la boca y le puse una manta caliente encima. Clara le sostuvo la cabeza mientras yo le escuchaba el corazón con el estetoscopio de Kian. Sonaba muy rápido y con un ruido raro. Le dije al niño que tenía que quedarse acá toda la tarde y que no se fuera.
Clara me ayudó toda la tarde. Le cambió las mantas al perro, le dio agua con una jeringa chica y anotó en mi cuaderno cada cosa que hacíamos, con la hora. A las tres, el perro empezó a respirar mejor. A las cuatro, tomó agua solo. A las cinco, se paró y caminó dos pasos. El niño lo abrazó y me dijo gracias con los ojos rojos. Su madre llegó después y me dejó una bolsa de papas y un poco de plata que no quise agarrar al principio, pero Clara me dijo que la agarrara porque era para comprar más vendas.
Cuando el niño se fue, Clara me dijo que lo que hicimos hoy no lo hacen en la capital en el primer mes, que allá solo vemos videos y muñecos. Me dijo que yo ya sabía más que muchos de nuestra clase porque atiendo animales de verdad todos los días. Me dio vergüenza, pero me gustó escucharlo.
En la tarde fuimos a la academia. La directora nos dejó entrar al patio para que Clara conociera. Le mostré el árbol donde se habían caído los nidos de la tormenta y el laboratorio donde estaban los conejos que salvó Kian. Clara me dijo que mi pueblo era chico pero que tenía de todo. Nos sentamos en el banco donde yo me sentaba antes a mirar a Kian jugar esgrima. Le conté que antes venía ahí todos los días a verlo y que me ponía triste si no me miraba. Le conté que por eso en la novela me decían la villana, porque perseguía al príncipe sin que él me quisiera. Clara se rió y me dijo que ahora no parecía villana, que parecía la que cuida a todos.
A las seis, Silas pasó por el local con pan fresco. Le presenté a Clara y le contó lo del perro de la acequia. Silas le dijo que lo hicimos bien y que esa técnica de apretar despacio se la enseñó su padre cuando él era chico y se le ahogó un cordero en el río. Nos dijo que su padre lo salvó así.
Cuando se hizo de noche, Clara se tenía que ir en el bus de las siete. La acompañé a la parada con Bruno, que nos siguió todo el camino. En la parada, Clara me dijo que quería volver el mes que viene con más chicos de la escuela para que vean el refugio. Me dijo que les iba a contar que acá se aprende más que en el aula. La abracé y se subió al bus. Bruno ladró una vez cuando el bus se fue y después se quedó mirando la calle vacía.
Volví al local sola. Mi madre ya se había ido a su casa y Leo estaba cerrando. Me dijo que el perro de la acequia iba a volver mañana para control y que había anotado todo en un papel para que no se me olvidara. Le dije gracias y le conté que Clara me dijo que mi refugio era de verdad. Leo me dijo que claro que era de verdad, que si no, no habría fila todos los jueves.
Esa noche escribí en mi cuaderno, día cincuenta y ocho, vino Clara de la capital, salvamos a un perro que tragó agua sucia, Bruno ya juega, don Ernesto dijo que va a traer a más gente a conocer el refugio. Abajo escribí, antes quería que el príncipe me mirara. Ahora me miran los animales cuando los curo y con eso me alcanza.
Apagué la luz del local y salí con Tizón en mi bufanda y con Bruno siguiéndome hasta la esquina, porque ahora me sigue siempre que cierro. La calle estaba oscura y hacía frío, pero la luz del cartel de El Susurro Salvaje quedaba prendida un rato más, amarilla, entre la niebla que bajaba del cerro.