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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:317
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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capítulo 1

La llegada de la ceniza

El viento del norte bajaba por el valle de Albarracín como si trajera consigo el aliento de los muertos. No era un viento cualquiera. Traía olor a ceniza húmeda, a madera quemada que aún no había terminado de consumirse y a algo más indefinible, algo que recordaba a la carne cuando se deja demasiado tiempo al sol después de la muerte. Fray Tomás de Ávila detuvo su mula al borde del camino de tierra y miró hacia el pueblo que se extendía bajo la colina. Las casas de piedra oscura parecían agachadas, como si intentaran esconderse de la mirada del cielo. Las chimeneas no echaban humo. Ni siquiera el humo de la cocina. Eso era lo primero que notó.

Había salido de Teruel tres días antes con una orden firmada por el prior provincial. La orden era breve y fría: investigar los rumores de apariciones, de cuerpos que no se corrompían y de voces que se oían en las iglesias vacías. El Tribunal del Santo Oficio acababa de establecerse en Castilla y Aragón apenas unos años atrás, y cualquier rumor de esta naturaleza debía ser examinado con rigor. Fray Tomás no creía en demonios con cuernos ni en brujas que volaban en escobas. Creía en el pecado, en la histeria y en la debilidad de los hombres. Eso era suficiente para justificar su presencia.

Bajó de la mula con cuidado. Las rodillas le dolían. A sus cuarenta y dos años el cuerpo ya no respondía como antes. El hábito dominico, grueso y oscuro, olía a sudor viejo y a incienso barato. Se ajustó el cinturón de cuero y caminó hacia la primera casa. Llamó con los nudillos. Nadie respondió. Llamó de nuevo. El silencio era tan denso que podía oír el latido de su propia sangre en los oídos.

Una mujer abrió la puerta apenas un palmo. Tenía el rostro cubierto por un paño sucio y los ojos enrojecidos. Al ver el hábito dominico retrocedió como si hubiera visto al mismo diablo.

—¿Qué busca, padre?

preguntó con voz ronca.

—Busco al cura del lugar. Y busco respuestas.

La mujer negó con la cabeza y cerró la puerta. Fray Tomás oyó el cerrojo deslizarse. Siguió caminando. En la plaza central no había nadie. Solo una fuente de piedra de la que no caía agua y un poste donde aún quedaban restos de cuerdas quemadas. El aire estaba cargado de ese olor a ceniza. Miró hacia la iglesia. La puerta principal estaba entreabierta. Entró.

El interior olía a humedad y a cera derretida. Las imágenes de los santos estaban cubiertas con paños negros, como en Semana Santa, pero no era época de Cuaresma. El altar mayor tenía una mancha oscura en el suelo, cerca del sagrario. Fray Tomás se arrodilló y tocó la mancha con dos dedos. Estaba seca, pero el color era el de la sangre vieja. Se levantó y miró hacia el coro. Allí, sentado en el primer banco, había un hombre joven con el hábito de novicio. Tenía la cabeza rasurada de forma irregular y los ojos demasiado abiertos, como si no pudiera cerrarlos del todo.

—Hermano

dijo Fray Tomás.

—¿Sois de esta casa?

El joven se sobresaltó. Se levantó de golpe y se inclinó.

—Soy Mateo, padre. Novicio desde hace seis meses. El prior me envió aquí hace tres semanas para ayudar al cura… pero el cura ya no está.

—¿Dónde está?

Mateo miró hacia el altar y luego hacia el suelo.

—Se fue. O lo llevaron. Nadie lo sabe. Una noche empezó a gritar que las paredes hablaban. Que los muertos del cementerio caminaban bajo las losas. Al día siguiente desapareció. Dejaron la puerta abierta y el cáliz volcado.

Fray Tomás no respondió de inmediato. Caminó hasta el altar y observó el cáliz. Estaba manchado por dentro de un líquido oscuro que no era vino. Lo olió. Olor a hierro y a algo podrido.

—¿Y las voces?

preguntó sin mirar al novicio.

—¿Las habéis oído vos?

Mateo tragó saliva. Sus manos temblaban.

—Sí, padre. Todas las noches. Empiezan después de completas. Primero un susurro, como si alguien rezara al revés. Luego nombres. Nombres de los que murieron el invierno pasado. Y a veces… a veces se ríen.

Fray Tomás se giró hacia él. La luz que entraba por las ventanas altas era gris y débil. El rostro de Mateo parecía más pálido todavía.

—¿Cuántos han muerto desde que llegasteis?

—Once. En menos de un mes. Primero los niños. Después las mujeres que habían perdido hijos. Luego dos hombres que dijeron haber visto a sus esposas caminando por el bosque sin pies. Los cuerpos… los cuerpos no se pudren, padre. Están en el cementerio, bajo tierra, pero cuando abren las tumbas para echar cal, la carne sigue firme. Y los ojos abiertos.

Fray Tomás sintió un frío que no venía del viento. Había oído historias parecidas en otros lugares: en Navarra, en el norte de Castilla. Siempre terminaban igual: confesiones bajo tormento, cuerpos quemados, y el miedo quedaba saturando el aire durante años.

Salió de la iglesia. El sol ya se ocultaba detrás de las montañas. El pueblo seguía en silencio. Vio a una figura en la esquina de la plaza: una mujer de mediana edad, envuelta en un manto oscuro, que lo observaba sin moverse. Cuando él se dirigió hacia ella, ella no huyó. Esperó.

—Sois Isabel de la Vega

dijo Fray Tomás. No era una pregunta. Había leído el nombre en el informe que le entregaron en Teruel.

Ella asintió. Su rostro estaba marcado por el cansancio y por algo más profundo: una especie de vacío detrás de los ojos.

—Mi hija murió hace dieciocho días

dijo ella con voz plana.

—Tenía nueve años. Empezó a toser ceniza. Ceniza negra que salía de su boca como si hubiera comido carbón. Tres días después dejó de respirar. Cuando la envolvimos en la mortaja, su piel estaba fría pero no rígida. Y por la noche… por la noche la oímos llorar desde dentro del ataúd. Abrimos. Seguía muerta. Pero los ojos estaban abiertos y miraban hacia el techo como si alguien le hablara desde arriba.

Fray Tomás no contestó. No había palabras útiles.

—Dicen que yo la maté

continuó Isabel.

—Que le di de beber algo. Que hablé con la Vieja de las afueras. Que fui al bosque en la noche de luna nueva. Yo solo la cuidé. Solo la cuidé hasta que dejó de respirar.

El viento levantó un poco de polvo del suelo. Olor a ceniza otra vez.

—¿Dónde está esa mujer a la que llaman la Vieja?

Isabel señaló con la barbilla hacia el extremo del pueblo, donde las casas terminaban y empezaba el camino que subía hacia el bosque.

—Allí. En la casa que nadie visita. Tiene más de setenta años y ya no tiene dientes. Dice que habla con los que se fueron. Y la gente le cree porque tiene miedo de no creerle.

Fray Tomás asintió una sola vez.

—Mañana la interrogaré. Y a vos también.

Isabel no mostró sorpresa ni miedo. Solo cansancio.

—Haced lo que debáis, padre. Aquí ya no queda nada que salvar.

Se dio la vuelta y desapareció entre las calles estrechas. Fray Tomás se quedó solo en la plaza. La mula pastaba nerviosa cerca de la fuente seca. El cielo se había vuelto del color de la plomo. En alguna parte del pueblo un perro ladró una sola vez y luego calló.

Esa noche Fray Tomás durmió en la sacristía de la iglesia, sobre un jergón duro. El Hermano Mateo se quedó en el coro, rezando en voz baja. A la media noche, cuando el silencio era absoluto, Fray Tomás oyó el primer susurro. No venía de fuera. Venía de las paredes. Un sonido como de uñas raspando la piedra, seguido de una voz que no era voz, solo el roce de sílabas que no formaban palabras reconocibles. Se levantó, encendió una vela y caminó por la nave. Nada. Solo el olor a ceniza que parecía más fuerte ahora.

Regresó al jergón. No volvió a dormir.

Al amanecer, cuando la luz gris entró por las ventanas, encontró al Hermano Mateo sentado en el mismo banco del día anterior. El joven tenía los ojos aún más abiertos y una mancha oscura en la comisura de los labios, como si hubiera vomitado algo negro y luego lo hubiera limpiado a medias.

—Padre

dijo Mateo con voz apenas audible.

—Anoche dijeron mi nombre.

Fray Tomás no preguntó quiénes. Ya sabía que la respuesta no importaba.

Salió de la iglesia y caminó hacia la casa de la Vieja. El pueblo seguía muerto. Ni un niño, ni un perro, ni el ruido de un telar. Solo el viento y ese olor que ya no podía apartar de la nariz. Cuando llegó a la última casa, golpeó la puerta con los nudillos. Por dentro se oyó un arrastrar de pies. La puerta se abrió apenas. Un ojo hundido, rodeado de arrugas profundas, lo miró desde la penumbra.

—Ya os esperaba, dominico

dijo una voz sin dientes, seca como papel viejo.

—Entrad. La ceniza ya está dentro de todos nosotros.

Fray Tomás entró. La puerta se cerró detrás de él con un golpe sordo. El olor a ceniza era más fuerte aquí que en ningún otro lugar. Y por primera vez desde que llegó al valle, Fray Tomás de Ávila sintió que el miedo no era solo de los demás.

Era también suyo.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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