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El Arte De Compartir El Cepillo De Dientes

El Arte De Compartir El Cepillo De Dientes

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Amor-odio / Malentendidos
Popularitas:85
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Nadie te advierte sobre la gravedad de las pequeñas cosas.
En los libros y en las películas, el amor se mide en grandilocuencias: carreras bajo la lluvia a través de un aeropuerto, declaraciones apasionadas frente a una multitud, bailes a la luz de las velas con música de cuerdas resonando de la nada. Te enseñan a buscar la chispa, el momento cinematográfico donde dos miradas se cruzan y el universo entero parece guardar silencio.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: La gran inundación del martes

Existen avisos sutiles que la vida te da antes de un desastre: un crujido en el techo, un olor a quemado, un parpadeo en las luces. Y luego están las tragedias que no avisan, sino que irrumpen a las seis y cuarto de la mañana de un martes lluvioso con el sonido de un río caudaloso atravesando el pasillo del apartamento 4B.

Valeria fue la primera en despertar, impulsada por un instinto primario al sentir una helada humedad empapándole el pie derecho, que sobresalía levemente del borde de la cama.

Parpadeó en la penumbra. Bajó la mirada hacia el suelo de la habitación y descubrió, para su absoluto horror, que sus zapatillas de descanso flotaban plácidamente hacia la puerta como dos pequeñas embarcaciones a la deriva sobre una laguna de tres centímetros de profundidad.

—¡Leo! —gritó Valeria con un agudo tono de pánico que rajó el aire de la mañana—. ¡Leo, despierta! ¡Nos estamos hundiendo!

Leo dio un salto en la cama, desorientado, e introdujo ambos pies directamente en el agua helada.

—¡Madre mía! —exclamó, poniéndose de pie de un brinco sobre el colchón—. ¿Se rompió el acuario? ¡Ni siquiera tenemos acuario, Val!

—¡Es el baño! —chilló ella, ajustándose la bata e intentando caminar entre el agua que ya comenzaba a filtrarse hacia las cajas de documentos de su escritorio.

Corrieron en tropel hacia el pasillo. Al abrir la puerta del baño, la escena superó cualquier pesadilla logística. El manguito de conexión de la tubería principal debajo del lavabo se había partido limpiamente por la mitad, desatando un géiser de agua a presión que golpeaba el techo, rebotaba contra el espejo y se derramaba en cascada constante hacia la sala y la habitación.

—¡Busca la llave de paso! —ordenó Valeria, ahogándose casi con el espray de agua que llenaba el baño mientras intentaba rescatar del suelo su cesta de productos cosméticos.

—¿Dónde está la llave de paso? —preguntó Leo, protegiéndose la cara con los brazos mientras se agachaba debajo del lavabo, completamente empapado en cuestión de tres segundos.

—¡En la pared! ¡Detrás del inodoro o debajo del mueble! ¡Tú dijiste que habías revisado la fontanería el primer día!

—¡Dije que el agua salía con buena presión, Val, no que tenía un doctorado en fontanería de emergencia! —gritó él desde el suelo, tanteando a ciegas entre el agua que le caía directamente sobre los ojos.

Tras dos minutos de pánico, manotazos a ciegas y un esfuerzo sobrehumano, Leo logró girar una manivela metálica y oxidada pegada al muro. El rugido del géiser disminuyó gradualmente hasta convertirse en un goteo triste y persistente.

El silencio que siguió fue sepulcral, interrumpido únicamente por el chasquido del agua estancada cubriendo la totalidad de los sesenta metros cuadrados del apartamento.

Valeria se quedó inmóvil en el pasillo. El agua le llegaba a los tobillos. Su computador portátil —el motor de su sustento económico— estaba sobre el escritorio, milagrosamente a salvo, pero la alfombra de la sala, las cajas de archivo con sus facturas del año pasado y el tapizado inferior del sofá recién comprado estaban completamente empapados.

Miró a Leo. Parecía un náufrago rescatado del alta mar: la camiseta pegada al cuerpo, el cabello chorreando agua sobre los ojos y sosteniendo en la mano derecha la manivela rota de la tubería.

—Mis carpetas de clientes... —murmuró Valeria, sintiendo que la garganta se le cerraba por la angustia.

El estrés acumulado de las últimas semanas de ajustes, el cansancio, la falta de espacio y ahora la destrucción de su santuario de orden se concentraron en una sola bola de nieve que amenazaba con aplastarla. Se dejó caer sobre el borde seco de la cama, cubriéndose la cara con las manos.

Leo no bromeó. No soltó ninguna de sus frases optimistas ni intentó quitarle gravedad al asunto. Dejó la pieza rota a un lado, caminó por el agua y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos húmedas entre las suyas.

—Escúchame, Val —dijo en voz baja pero con una firmeza absoluta—. La computadora está intacta. Tus discos duros están arriba en el estante. Las carpetas del suelo solo son copias impresas que podemos volver a imprimir hoy mismo en la imprenta de la esquina.

—El suelo se va a levantar, Leo... el sofá se arruinó —sollozó ella, mirándolo a los ojos.

—El suelo se seca y el sofá se limpia. Lo importante es que tú y yo estamos bien —dijo él, limpiándole una lágrima de la mejilla con el pulgar—. No te voy a dejar sola con esto. Hoy no trabajas tú y no voy yo al restaurante. Hoy somos el equipo de rescate del 4B.

Valeria miró la determinación en los ojos de Leo. La sombra del chico despreocupado que dejaba los calcetines tirados desapareció por completo, dejando al descubierto a un hombre infinitamente sólido, capaz de ponerse al frente del timón en mitad de la peor tormenta.

A las siete de la mañana, la operación de rescate estaba en marcha. Armados con todos los paños, toallas, cobijas viejas y un cubo de plástico, comenzaron la titánica tarea de achicar el agua del apartamento.

Fue un trabajo agotador y desastroso. Secaron centímetro a centímetro el suelo de madera, usaron la secadora de cabello de Valeria para salvar los bordes de los muebles y levantaron el sofá sobre cuatro latas de conserva gruesas para evitar que la base siguiera absorbiendo humedad.

A las once de la mañana, el apartamento olía a humedad, toallas mojadas y lavanda barata, pero el agua había desaparecido por completo de la superficie.

Exhaustos, despeinados y con la ropa manchada, se dejaron caer juntos sobre el piso de la cocina, apoyando las espaldas contra la puerta del refrigerador.

Leo sacó del bolsillo de su pantalón un paquete de galletas de chocolate ligeramente húmedo en una esquina y dos cajas de jugo de manzana que habían sobrevivido en la barra.

—El banquete de los supervivientes —declaró Leo, ofreciéndole una galleta con una sonrisa cansada pero victoriosa.

Valeria tomó la galleta. Miró a su alrededor: la casa era un caos de toallas extendidas, pero la emergencia había sido neutralizada. Miró a Leo, con su cara manchada de hollín y su actitud imperturbable, y de pronto, una risa pequeña y nerviosa brotó de su pecho.

—¿De qué te ríes? —preguntó Leo, sonriendo también.

—De que parecemos dos refugiados en nuestra propia casa —dijo ella, apoyando la cabeza en el hombro húmedo de él—. Y de que duraste tres minutos buscando la llave de paso porque estabas tratando de desenroscar la tubería del gas.

—¡Estaba a oscuras y bajo la presión de un chorro de agua a cien kilómetros por hora! —se defendió Leo, riendo a carcajadas—. Cualquier fontanero novato habría cometido el mismo error.

Se quedaron allí sentados, compartiendo el jugo de manzana y las galletas en mitad del desastre. Valeria comprendió entonces algo fundamental: los momentos románticos de la vida no solo se construían con cenas a la luz de las velas o frases bonitas. Se construían allí mismo, con los pies fríos, la casa inundada y la certeza absoluta de que, cuando el mundo se viniera abajo, la persona que tenías al lado no iba a salir corriendo, sino que se arremangaría las mangas para sacar el agua contigo.

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