Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 6: El día después
El lunes llegó con una claridad que Valentina no pudo soportar.
La luz entró por las ventanas como si nada hubiera ocurrido. Los vecinos salieron a trabajar, un autobús pasó por la calle y, desde alguna casa cercana, llegó el sonido de una radio. El mundo seguía funcionando.
En la casa, en cambio, todo parecía detenido.
Valentina abrió los ojos en la habitación llena de sus hijos. Isabella y Emilia dormían a su lado. Los trillizos se habían acomodado en colchones junto a la pared. Julieta sostenía entre los brazos una almohada que pertenecía a su padre.
Por unos segundos, Valentina olvidó que Gabriel había muerto. Estiró una mano hacia el espacio vacío de la cama, como si esperara encontrarlo allí.
Entonces recordó el hospital, la capilla y el cementerio.
El dolor regresó de golpe.
Se levantó con cuidado para no despertar a los niños. En la cocina, encontró a Amalia preparando café y a Elvira cortando pan.
—Buenos días —dijo su madre.
Valentina quiso responder, pero solo pudo asentir.
—No tienes que hacer nada hoy —añadió Amalia—. Los niños pueden quedarse en casa.
—Tienen que volver a la escuela en algún momento.
—No tiene que ser hoy.
Valentina miró el calendario pegado en la pared. El lunes estaba señalado con una pequeña nota: reunión de padres. La había escrito antes del accidente, cuando su mayor preocupación era recordar las actividades escolares de cada hijo.
—No sé qué se supone que debo hacer —dijo.
Amalia dejó la taza sobre la mesa.
—Por ahora, solo levantarte. Lo demás lo decidimos paso a paso.
La calma de su madre la sostuvo, pero también le recordó que había cosas que no podían esperar. La hipoteca de la casa estaba pagada, gracias a los años de esfuerzo de Gabriel, pero existían gastos mensuales: comida, servicios, transporte, materiales escolares y el mantenimiento del carro.
Valentina sabía cuánto ganaba su esposo, aunque nunca había tenido que administrar el presupuesto sola. Gabriel se encargaba de pagar algunas cuentas y ella organizaba las compras de la casa. Entre los dos habían construido una rutina que ahora tenía un lado vacío.
—Voy a revisar las cuentas —dijo.
—Después de desayunar —respondió Amalia.
Valentina obedeció. Comió una tostada sin sentir su sabor. Poco a poco, los niños despertaron. Nadie pidió ver dibujos animados ni discutió por el baño. Se movían despacio, como si el silencio fuera una regla nueva.
—¿Vamos a la escuela? —preguntó Samuel.
—Hoy no —respondió Valentina—. Nos quedaremos juntos.
—¿Mañana sí?
Ella miró a sus hijos.
—Todavía no lo sé.
Isabella bajó la vista a su plato.
—No quiero que todos me pregunten por papá.
Valentina se acercó y le acarició el hombro.
—No tienes que hablar con nadie si no quieres. Podemos explicarles a tus maestros que necesitas tiempo.
—¿Y si lloro en clase?
—Llorar no está mal.
—A Emilia no le gusta que la vean llorar.
—Eso lo decidirá Emilia. Cada uno vive la tristeza de manera distinta.
Emilia no respondió, pero se acercó a su hermana y le apoyó la cabeza en el hombro.
Después del desayuno, los niños fueron a la sala. Teresa se había quedado con ellos desde el funeral y todavía no había regresado a su casa. Se sentó junto a Julieta para ayudarla con un dibujo. La niña había pintado a su familia delante de la casa: siete figuras, incluida una con una camisa azul y los brazos abiertos.
Valentina miró el dibujo desde la puerta.
—¿Ese es papá? —preguntó.
Julieta asintió.
—Está con nosotros.
Valentina se sentó a su lado.
—Sí. Está en el dibujo con ustedes.
La niña le entregó un lápiz.
—¿Puedes escribir su nombre?
Valentina escribió Gabriel debajo de la figura. Julieta repasó las letras con el dedo, muy despacio, como si quisiera memorizar cada una.
—Lo voy a guardar —dijo Valentina.
—¿Para que no se pierda?
—Para que siempre lo tengamos.
La respuesta hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas. Esperó a que Julieta volviera a dibujar y luego se retiró a la habitación para buscar los documentos que necesitaba.
Sobre el escritorio encontró una carpeta con recibos, estados de cuenta y papeles del seguro del carro. Gabriel guardaba todo ordenado en sobres. En uno había anotado con su letra: Casa y gastos.
Valentina abrió la carpeta. Revisó los pagos mensuales, los recibos y el dinero disponible en la cuenta. No era una fortuna, pero tampoco estaban sin nada. Gabriel había reservado una parte para emergencias. Valentina sintió gratitud y, al mismo tiempo, una pena profunda al pensar que él había tratado de protegerlos incluso sin saber que ya no estaría.
En el fondo de la carpeta encontró un sobre con su nombre.
Para Valentina.
Se quedó inmóvil.
Lo abrió con cuidado. Dentro había una nota escrita a mano y un folleto de un curso de actualización en Publicidad. Gabriel había anotado en una esquina: Preguntar cuándo comienzan las inscripciones.
La nota decía:
Amor: sé que a veces extrañas tu profesión. No quiero que sientas que tienes que elegir entre tu familia y tus sueños. Podemos encontrar la manera de que tengas las dos cosas. Estoy orgulloso de ti, estés trabajando en una oficina o preparando la merienda de los niños. Pero no olvides que tienes derecho a intentar lo que quieras.
Valentina apretó el papel contra el pecho.
La nota no era nueva. Gabriel debía haberla escrito hacía semanas, tal vez cuando le comentó que había encontrado su diploma. Él había guardado el folleto sin decirle nada, esperando quizá sorprenderla.
La puerta se abrió y Amalia entró.
—¿Qué encontraste?
Valentina le mostró la nota. Su madre la leyó en silencio y luego se la devolvió.
—Él quería verte feliz.
—Quería que volviera a trabajar.
—Quería que pudieras elegir.
Valentina dobló el papel con cuidado.
—No puedo pensar en eso ahora.
—No tienes que decidir nada ahora —dijo Amalia—. Pero tampoco tienes que enterrarlo junto con él.
Valentina no respondió. Guardó la nota y el folleto en el sobre. No sabía si volvería a ejercer, pero por primera vez desde el accidente sintió que Gabriel había dejado algo más que una ausencia. Había dejado una posibilidad.
A media mañana sonó el teléfono.
Valentina vio el nombre de la empresa de Gabriel en la pantalla y se quedó inmóvil.
—¿Vas a contestar? —preguntó su madre.
—Tengo que hacerlo.
Respondió.
—¿Señora Ferrer? Soy el señor Paredes, de Recursos Humanos. Antes que nada, quiero expresarle nuestras condolencias.
Valentina cerró los ojos.
—Gracias.
—Sé que este es un momento muy difícil. No quiero abrumarla, pero necesitamos coordinar una reunión para explicarle los pasos relacionados con el seguro y los documentos laborales de su esposo.
—¿Qué documentos?
—La empresa está reuniendo la información del accidente. También revisaremos las prestaciones pendientes y el seguro de vida que Gabriel tenía contratado.
Valentina sujetó el teléfono con más fuerza.
—¿El seguro cubrirá algo para mis hijos?
—Estamos verificándolo. No quiero darle una respuesta hasta tener los documentos completos. Podemos reunirnos mañana o cuando usted se sienta preparada.
Ella miró el folleto que Gabriel había dejado dentro de la carpeta.
—Mañana puedo ir.
—No es necesario que venga sola. Puede estar acompañada por alguien de su confianza.
—Irá mi madre.
—De acuerdo. También quería preguntarle si tiene alguna noticia sobre la investigación del accidente.
—No. Nadie me ha explicado nada.
—La empresa está colaborando con las autoridades. Cuando tengamos información confirmada, se la comunicaremos.
Valentina sintió que la ira comenzaba a mezclarse con el dolor.
—Mi esposo salió de casa para trabajar y no volvió. Necesito saber qué pasó.
—Lo entiendo, señora Ferrer. Haremos lo posible para darle toda la información.
—No me diga solo que lo entiende. Quiero respuestas.
—Tiene razón. Mañana revisaremos todo lo que podamos.
La llamada terminó. Valentina dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó. Amalia se acercó, preocupada.
—¿Qué te dijeron?
—Que tienen que revisar el seguro, las prestaciones y el accidente. No saben cuánto nos corresponde ni cuándo.
—Mañana iremos juntas.
Valentina asintió. La vida comenzaba a llenarse de trámites, documentos y decisiones que no podía aplazar. Una parte de ella quería encerrarse en la habitación y no salir nunca. Otra comprendía que los niños dependían de ella.
Esa tarde, habló con la escuela. Explicó que Gabriel había muerto y pidió unos días antes de que los niños regresaran. La directora fue amable y dijo que los maestros estarían pendientes. Isabella aceptó la noticia con alivio; Emilia no quiso hablar por teléfono; los trillizos escucharon desde la sala sin hacer preguntas.
Cuando cayó la noche, Valentina preparó la cena con ayuda de Elvira. Los niños comieron poco. Teresa se sentó con ellos, como lo había hecho desde que eran pequeños, y les habló de los recuerdos de Gabriel.
—Cuando su papá tenía tu edad, Tomás, insistía en arreglar todo lo que encontraba —contó—. Una vez abrió una radio porque quería saber de dónde salía la música.
—¿La arregló? —preguntó Tomás.
—No. La dejó peor.
Los niños soltaron unas risas pequeñas. Valentina también sonrió, aunque enseguida sintió culpa por haberlo hecho. Teresa pareció entenderlo.
—Reírse no significa que lo quieran menos —dijo—. A Gabriel le habría gustado escucharlos reír.
Esa noche, después de acostar a los niños, Valentina se quedó en la sala. La casa estaba en penumbra. Sobre la mesa seguían los papeles de la empresa, la nota de Gabriel y el dibujo de Julieta.
Tomó la nota otra vez.
No olvides que tienes derecho a intentar lo que quieras.
Valentina no estaba lista para pensar en una nueva vida. Apenas podía imaginar la mañana siguiente. Pero guardó el mensaje en el cajón de su mesa de noche, donde conservaría las cosas importantes.
Luego miró la silla vacía de Gabriel.
—No sé cómo voy a hacerlo —susurró.
La casa no respondió.
Desde la habitación llegó la voz de Samuel, llamándola en sueños. Valentina se levantó y fue a su lado. Le acomodó la manta, y él se aferró a su mano sin despertarse.
Entonces comprendió que no podía resolverlo todo de una vez. No tenía que saber todavía cómo serían los próximos años. Solo debía atravesar aquella noche y levantarse al día siguiente.
Por sus hijos.
Por Gabriel.
Y, aunque aún no pudiera reconocerlo, también por ella misma.
El primer día después del funeral terminó sin respuestas. Pero en la carpeta de Gabriel había documentos, una posible ayuda económica y una nota que le recordaba que su vida no se había reducido a la pérdida.
Valentina todavía no estaba preparada para abrir esa puerta.
Pero ya sabía que existía.