**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 12
—¡Tú no entiendes, Adrián! ¡Esta mujer se coló sin invitación! Es una indigente, una mujerzuela. ¡Voy a mandarla a matar!
Mi hermana gritaba como si fuera ella la víctima.
Yo seguía atrapada entre aquellos dos hombres, con la mejilla ardiendo y las piernas temblorosas. Había intentado defenderme, pero no me habían dado oportunidad. Me sujetaron mientras ella descargaba toda su rabia contra mi rostro, disfrutando de cada bofetada.
Y ahora quería matarme.
No me bastaba con que me hubiera robado al hombre con el que iba a casarme. Tampoco le bastaba haberme humillado durante años. Quería verme muerta.
Miré a Adrián, esperando que hiciera algo.
Él levantó una mano.
El sonido de los disparos me atravesó los oídos.
Los dos hombres que me sujetaban cayeron al suelo, abatidos por los guardias de Adrián. Solté un grito y me desplomé de rodillas, incapaz de sostenerme. A mi alrededor, los invitados retrocedieron, algunos cubriéndose la boca, otros buscando desesperadamente una salida.
Yo no podía moverme.
Había visto armas antes. Sabía quién era Adrián. Pero una cosa era conocer su reputación y otra presenciar cómo ordenaba una ejecución sin siquiera cambiar la expresión del rostro.
Mi hermana se quedó blanca.
—¿Q-qué has hecho?
Adrián no le respondió. Sus ojos recorrieron el salón hasta detenerse en mí.
Cuando vio mi rostro enrojecido, algo cambió en su expresión.
Se acercó y se agachó para levantarme. Sus manos se cerraron alrededor de mis brazos con cuidado, como si temiera lastimarme todavía más.
—Mi amor, mírame.
Lo hice, aunque apenas podía enfocar la vista.
—¿Te hicieron daño?
Quise responder que estaba bien. Quise fingir que aquellas bofetadas no me habían dolido, que los disparos no me habían aterrorizado y que no me temblaban las piernas.
Pero no pude pronunciar una palabra.
Adrián me sostuvo contra su pecho mientras yo intentaba recuperar el aliento.
Entonces mi hermana volvió a gritar.
—¡¿Tu mujer?! ¡Debe haber un error! ¡Ella es mi hermana, una indigente!
Adrián giró la cabeza.
—¿Y eso te daba derecho a golpearla?
—¡Ella me provocó!
—¿Y también te dio derecho a amenazarla de muerte?
Mi hermana abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Adrián hizo otra señal.
Uno de sus hombres se acercó y le propinó un golpe brutal en la boca. Mi hermana cayó contra una mesa, tirando varias copas, y se llevó las manos a los labios ensangrentados.
Sentí un escalofrío.
No quería que me golpeara nadie. No quería que me mataran. No quería seguir en aquel salón.
Solo quería irme.
—Insultar a mi mujer es insultarme a mí —declaró Adrián, mirando a todos los presentes—. Y nadie tiene derecho a tocar lo que me pertenece.
Aquellas últimas palabras me hicieron estremecer.
Lo que me pertenece.
Ni siquiera podía disfrutar de que alguien me defendiera sin recordar que aquel hombre también había decidido apropiarse de mi vida.
Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, escuché unos pasos apresurados.
—¡Señor Volkov!
Conocía esa voz.
La conocía demasiado bien.
Mi padre apareció entre los invitados. Cuando vio a mi hermana con la boca ensangrentada, corrió hacia ella, pero se detuvo al encontrarse frente a Adrián.
Y entonces ocurrió algo que me hizo más daño que todas las bofetadas que había recibido aquella noche.
Mi padre se arrodilló.
Sí.
El hombre que me había criado, el hombre que llevaba mi apellido en sus documentos y que alguna vez había prometido protegerme, cayó de rodillas ante Adrián Volkov.
—¡Por favor, señor! ¡Le suplico que perdone a mi hija! Es ingenua. No sabe lo que hace.
Me quedé mirándolo.
Esperé.
No sé qué esperaba exactamente. Tal vez que levantara la cabeza y me preguntara si estaba herida. Que me mirara siquiera una vez. Que recordara que yo también era su hija y que acababan de golpearme delante de cientos de personas.
Pero no hizo nada de eso.
Ni siquiera pronunció mi nombre.
—Ella no es mala —continuó suplicando—. Cometió un error. Le aseguro que no volverá a ocurrir.
Miré a mi hermana.
Ella había amenazado con mandarme a matar. Me había llamado indigente, me había golpeado mientras dos hombres me sujetaban y había disfrutado de mi humillación.
Mi padre lo había escuchado todo.
Y aun así, estaba arrodillado suplicando por ella.
Claro.
Siempre ella.
Sentí un nudo en la garganta.
No era la primera vez que sucedía. Había pasado toda mi vida viendo cómo mi padre encontraba excusas para justificarla. Si ella rompía algo, yo tenía la culpa. Si me insultaba, yo debía ser comprensiva. Si me quitaba algo, tenía que aprender a compartir.
Y cuando me arrebató a mi prometido, él tampoco me defendió.
Recordé a mi madre.
Recordé cómo aquel hombre había engañado a la mujer que lo amaba, cómo se había apropiado de su herencia y cómo nos había dejado sin nada. Mi madre y yo terminamos pagando por sus decisiones mientras él seguía viviendo cómodamente, protegiendo a la hija que había elegido como favorita.
Mi madre ya no estaba.
Y yo seguía aquí, intentando comprender por qué nunca había sido suficiente para él.
—Señor Volkov, se lo ruego —insistió mi padre—. Mi hija es todo para mí.
Aquellas palabras me atravesaron el pecho.
Tu hija es todo para ti.
¿Y yo qué era?
¿Un error?
¿Una carga?
¿La hija que podía perderlo todo sin que él sintiera la necesidad de defenderla?
Bajé la mirada. No quería que nadie viera mis lágrimas, pero una resbaló por mi mejilla dolorida.
Adrián la vio.
Su brazo se tensó alrededor de mi cintura.
—¿Tu hija? —preguntó con una calma peligrosa.
Mi padre asintió rápidamente.
—Sí, señor. Es mi hija. Le pido que tenga piedad.
Adrián miró a mi hermana y después al hombre arrodillado ante él.
—Esa mujer amenazó con matar a mi esposa delante de todos mis invitados. Sus hombres la sujetaron mientras la golpeaban. Y tú, en lugar de preocuparte por la mujer que acaba de recibir esas bofetadas, vienes a suplicarme por la agresora.
Mi padre se atrevió a mirarme.
Por un instante, nuestros ojos se encontraron.
Yo quise encontrar algo en su rostro. Un poco de vergüenza, quizá. Un rastro de culpa. Alguna señal de que comprendía lo que acababa de hacerme.
—Zhener —dijo finalmente—, deberías haber evitado provocarla.
Me quedé sin aire.
Eso fue todo.
Ni una disculpa.
Ni una pregunta sobre mi estado.
Ni siquiera fingió estar preocupado.
Después de todo lo ocurrido, todavía encontraba la manera de culparme.
Me aparté de Adrián lo suficiente para poder mirar a mi padre de frente.
—¿Qué hice para merecerlo?
Mi voz salió tan baja que apenas pude escucharla.
Él frunció el ceño.
—No empieces ahora. Tu hermana está alterada y tú sabes cómo se pone cuando—
—¡Me quería matar!
El grito escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.
El salón volvió a quedar en silencio.
Me temblaban las manos.
—¡La escuchaste! ¡Dijo que iba a mandarme a matar! ¡Me golpeó delante de todos y tú ni siquiera preguntaste si estaba bien!
Mi padre apretó los labios.
—Estás exagerando.
Sentí que algo dentro de mí se apagaba.
No era rabia. Ni siquiera era sorpresa.
Era cansancio.
Un cansancio tan profundo que ya no tenía fuerzas para seguir esperando algo de él.
—No vuelvas a llamarme hija —susurré.
Él abrió los ojos.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no vuelvas a llamarme hija. No después de esto.
—Zhener, soy tu padre.
Solté una risa pequeña, rota, que me dolió más que el golpe en la cara.
—¿Mi padre? ¿Dónde estabas cuando mi madre perdió todo por tu culpa? ¿Dónde estabas cuando me quedé sin nada? ¿Dónde estabas cuando ella me quitó a mi prometido y tú la defendiste?
Él no respondió.
—Nunca te importó lo que me pasara. Y ahora que alguien amenaza con matarme, sigues preocupado por ella.
Mi hermana comenzó a llorar detrás de él.
—¡Papá, dile algo! ¡No puedes permitir que me trate así!
Mi padre giró inmediatamente hacia ella.
—Tranquila, cariño. Todo va a arreglarse.
Cariño.
La palabra me golpeó con una crueldad absurda.
No recordaba la última vez que me había llamado así.
Quizá nunca lo había hecho.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
—Ya no quiero escucharte.
Adrián me atrajo de nuevo hacia él, colocándose entre mi padre y yo.
—Has oído a mi mujer —dijo fríamente—. Aléjate de ella.
Mi padre levantó la cabeza, desesperado.
—¡Señor Volkov, por favor! ¡No puede castigar a toda mi familia por un error!
Adrián lo contempló sin una pizca de compasión.
—Tu familia no me interesa. Pero cualquiera que vuelva a amenazarla tendrá que responder ante mí.
Miró a sus hombres.
—Saquen a estos invitados de mi fiesta.
Los guardias se acercaron a mi padre, a mi hermana y al hombre que alguna vez había sido mi prometido. Este último intentó mezclarse entre los invitados, pero uno de los hombres de Adrián lo detuvo.
No sentí satisfacción al verlo atrapado.
Tampoco alegría al ver a mi hermana aterrorizada.
Solo quería dejar de sentir aquel dolor en el pecho.
Adrián bajó la mirada hacia mí.
—Vamos, mi amor.
No me moví.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Tragué saliva y contemplé por última vez a mi padre. Él seguía mirando a mi hermana, intentando consolarla, sin volver la cabeza hacia mí.
—Nada —respondí.
Pero no era verdad.
Me dolía que el hombre que había ayudado a traerme al mundo fuera capaz de suplicar clemencia para la mujer que acababa de amenazar con asesinarme, mientras me dejaba marchar como si yo no significara absolutamente nada.
Adrián me tomó de la mano y me condujo fuera del salón.
No intenté soltarme.
Por primera vez desde que me había secuestrado, agradecí que estuviera a mi lado.
No porque lo amara.
No porque hubiera olvidado quién era.
Sino porque, aquella noche, el hombre que me había arrebatado la libertad fue el único que se interpuso entre mi hermana y yo.
Y eso hacía que mi corazón doliera todavía más.
Porque mi padre había tenido toda una vida para protegerme.
Adrián solo había necesitado unos minutos para decidir que nadie volvería a ponerme una mano encima sin enfrentarse a él.
Y yo no sabía qué hacer con esa diferencia.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción