Tres años de matrimonio. Una mansión en Alphaville con una cámara en cada pasillo. Y una promesa que Jonas Fontes le hizo una madrugada: el día que le diera un hijo, detendría el cielo de São Paulo con una lluvia de fuegos artificiales.
Noélia lo descubre de la peor manera. Llega a la cena de la empresa con una prueba de embarazo escondida en el abrigo y los fuegos artificiales estallan… para otra mujer. Su carrera de actriz desapareció sin explicación, sus cuentas se bloquean en una noche y la casa que creía suya resulta ser una jaula de oro.
Huye a Río de Janeiro con una maleta, los pendientes de su madre y un secreto que no puede revelar. Allí la espera una puerta que se abre demasiado fácil y un hombre que desgrana un rosario entre los dedos: Faustino Albuquerque, el heredero «santo» de una familia cuya fachada brillante esconde mucho más. Él afirma que le debe algo. Ella no recuerda por qué.
Mientras Jonas está dispuesto a todo con tal de no perderla, una mujer poderosa mueve los hilos desde las sombras y una frase a medias de su abuela empieza a abrir una grieta en el pasado de Noélia: «Tú no eres de aquí. Eres de muy lejos».
Entre un esposo que confunde amor con posesión y un hombre que protege en silencio, Noélia tendrá que decidir quién quiere ser… y a quién le pertenece de verdad su historia.
Porque algunas jaulas se abren por dentro.
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Capítulo 11
POV de Noélia
La foto del jardín había provocado lo que yo menos esperaba. Me había devuelto al público.
Una semana después estaba en una gala benéfica en Río, esta vez al lado de Faustino sin esconderme, y el efecto fue inmediato. La gente me sonreía, me pedía fotos, me llamaba por mi nombre. La narrativa había dado la vuelta. Ya no era la estéril de antes. Era la mujer que se había ido con la cabeza en alto, y Brasil adora a una mujer que se va con la cabeza en alto.
Una muchacha de vestido corto y tacones demasiado altos se me pegó apenas llegué.
—¡Tú eres Noélia! ¡Dios mío, soy tu fan desde la telenovela de las seis de hace diez años, esa en la que hacías a la heroína pobre que se enamoraba del hijo del dueño de la hacienda! Lloré ríos. ¡Ríos! —Me abrazó como si me conociera de toda la vida—. Bibi. Bibiana Albuquerque. La hermana de este aguafiestas.
—Bibi —dijo Faustino, sin emoción—. Deja que Noélia respire.
—Respira perfectamente. Eres tú el que asfixia a todo el mundo con esa cara de misa de difuntos. —Me jaló del brazo, decidida—. Ven, te presento a gente que vale la pena. Y huye de la que no, que yo te digo cuál es. Esa de amarillo, por ejemplo, huye. Vende chismes a la columna de sociales por un canapé.
Me reí, de verdad, algo que no me pasaba desde hacía semanas. Bibi tenía ese don de aligerar el aire, y yo, que no tenía hermana, sentí de inmediato que podía tener una.
—Tú y mi hermano —siguió Bibi, arrastrándome entre las mesas—. Hacen una pareja preciosa, ¿sabías? Él nunca trajo a nadie a una fiesta como esta. Nunca. Faustino no tiene novias, él “resuelve pendientes”. Y de repente apareces tú, y ahí está, de traje, sonriendo con una comisura de la boca, que es lo máximo de sonrisa que ese hombre sabe dar. Esto es serio.
—No estamos saliendo, Bibi.
—Todavía. —Se rio—. Ya verás.
En medio de la fiesta, una productora que yo conocía de nombre se acercó con un sobre.
—Noélia, esto es oficial. La invitación para que protagonices «Rosas y Plomo». Horario estelar. El papel principal. —Sonrió—. Volviste por todo lo alto, muchacha. Y por todo lo alto.
Sostuve el sobre con las dos manos. Protagonista. Después de tres años apagada, olvidada, enterrada desde dentro, protagonista. Lo guardé en el bolso, junto a la prueba, las dos cosas que demostraban que había empezado a vivir de nuevo, y por un instante el mundo pareció justo.
Fue entonces cuando apareció Jonas.
No debería haber estado ahí. La orden de protección todavía no había salido, pero la decencia debería bastar, y la decencia nunca fue lo suyo. Me arrinconó en una esquina cerca de la salida, lejos de Bibi, lejos de Faustino.
—Bonita, la vida nueva —dijo, con los ojos duros—. Financiada por un bandido de traje.
—No le hables —dijo la voz de Faustino detrás de mí. Había aparecido, y su cuerpo volvió a ponerse entre Jonas y yo—. Ya te lo dije una vez. No me gusta repetir.
Los dos se miraron fijo. Por un segundo pensé que iban a pelearse ahí, en medio de la gala; un guardia de seguridad ya se acercaba, Bibi venía corriendo, y se armó un pequeño tumulto de gente tratando de separar a dos hombres que ni siquiera se habían tocado.
—Me voy —le dije a Faustino, cansada de la escena, con las náuseas de vuelta—. Pídeme el auto de Aurora, por favor. No quiero quedarme más aquí.
—Murilo te espera en la salida lateral. Sedán negro. Yo resuelvo esto y te alcanzo en cinco minutos.
Salí por la puerta lateral, con náuseas, exhausta, la cabeza latiéndome, la barriga pesándome de una manera nueva. Un sedán negro estaba justo en la puerta, el chofer de traje, la puerta de atrás ya abierta, solícito. Subí sin pensarlo dos veces, agradecida de poder sentarme, de salir de ese ruido.
—Puede irse —dije—. Solar do Leme.
El auto arrancó. Apoyé la cabeza en el asiento y cerré los ojos un instante, respirando hondo, con la mano en el vientre.
Cuando los abrí, algo andaba mal. El auto había girado en dirección contraria a la costanera. Las luces de la ciudad se quedaban atrás demasiado rápido.
—Señor, se equivocó de camino. Es hacia el Leme.
El chofer no respondió.
—¿Señor?
Intenté abrir la puerta. El seguro no cedió. Intenté con el vidrio. No bajó. Jalé la manija con fuerza, una vez, dos, y miré al frente, al retrovisor, donde los ojos del chofer me encontraron por un segundo, fríos, sin nada de humano.
—Pare el auto —dije, y mi voz ya salía con pánico—. ¡Pare el auto ahora!
Aceleró.
Saqué el celular del bolso con las manos temblando. No había señal, o la habían bloqueado. Intenté llamar de todos modos, intenté mandarle un mensaje a Bibi, a Faustino, a cualquiera. La pantalla giraba y no avanzaba. Golpeé el vidrio que separaba el asiento de atrás, golpeé la puerta, grité. Las luces de afuera se fueron apagando, la ciudad cediendo el lugar a una vía más oscura, más vacía, saliendo del Río que yo conocía.
Apreté el bolso contra el pecho, donde estaban la invitación y la prueba, las dos cosas que demostraban que había recomenzado. Con la otra mano me toqué el vientre.
—Aguanta —susurré, para ella, para los dos que yo aún no sabía que eran dos—. Aguanta, que mamá va a encontrar la forma. Mamá siempre encuentra la forma.
El auto no se detuvo frente a una casa. Se detuvo en una pista privada, con una avioneta esperando, las turbinas ya encendidas. Me sacaron del auto a la fuerza, me metieron adentro, y grité y golpeé y no sirvió de nada. La puerta se cerró y el suelo desapareció debajo de nosotros.
Cuando el avión aterrizó, ya era otro aire, otra ciudad, y supe cuál antes de verla. Un segundo auto esperaba en la pista. Entró por un portón que se cerró detrás de nosotros con un golpe de metal, y reconocí, con el corazón deteniéndoseme, el lugar adonde me había traído. Ese portón. Ese jardín que nadie pisaba. Esa casa blanca y alta.
Alphaville.
Me había llevado de vuelta a la casa que juré no volver a pisar. Y la única persona en el mundo que tenía las llaves de ese lugar, el único que tenía un motivo para arrastrarme de vuelta hacia él a la fuerza, me estaba esperando adentro.