EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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La noticia que nadie le debía contar
El domingo por la mañana, Isabella despertó con un mensaje de Gabriel y una sonrisa que intentó disimular cuando su madre entró en la habitación.
—Buenos días, dormilona.
—Buenos días.
Su madre dejó una taza de café sobre la mesita y observó el rostro de su hija.
—¿Qué tal anoche?
Isabella se incorporó, abrazando una almohada.
—Muy bien.
—¿Solo muy bien?
—Mamá…
—Está bien, no pregunto.
Su madre levantó las manos, aunque la sonrisa la delataba.
—Pero me alegra verte así.
Isabella la miró con ternura.
—¿Así cómo?
—Tranquila. Feliz. Sin esa preocupación constante que tenías antes cada vez que alguien mencionaba a cierto muchacho.
La sonrisa de Isabella se desvaneció apenas un instante, no por dolor, sino por la claridad con la que su madre había descrito algo que ella misma tardó años en comprender.
—Creo que estaba demasiado acostumbrada a esperar cosas que nunca ocurrían.
Su madre se sentó a su lado.
—Lo importante es que ya no tienes que hacerlo.
Isabella apoyó la cabeza en su hombro.
—Lo sé.
Y esta vez lo sabía de verdad.
A media mañana, Gabriel la llamó.
—Tengo una propuesta.
Isabella, que estaba terminando de ordenar sus apuntes, sonrió.
—Te escucho.
—Quiero llevarte a almorzar el miércoles.
—¿El miércoles?
—Sí. Tengo que resolver unas cosas antes de volver al trabajo y después quiero pasar el día contigo.
—¿Todo el día?
—Si me soportas tanto tiempo.
—Eso todavía está por verse.
Gabriel rio.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Me gustaría que intentáramos salir de verdad. No solo quedar cuando nos apetezca y después fingir que no sabemos qué somos.
Isabella dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
La propuesta no la asustó. Tampoco sintió la necesidad de responder inmediatamente para asegurarse de que él no cambiara de opinión.
Se permitió pensar.
—Quiero intentarlo —dijo finalmente—. Pero quiero que vayamos despacio y que podamos hablar si algo no funciona.
—Me parece justo.
—Y no quiero que dejemos de ser nosotros mismos por tener una relación.
—Isa, si alguna vez dejas de burlarte de mí, voy a pensar que te encuentras enferma.
Ella soltó una carcajada.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Estamos de acuerdo.
Después de colgar, Isabella se quedó mirando el teléfono.
No había habido grandes declaraciones ni promesas de amor eterno.
Solo una conversación honesta entre dos personas que querían averiguar si podían construir algo juntas.
Y eso le gustaba.
Aquella tarde, Nicolás fue a casa de Bruno para ver un partido.
Había intentado concentrarse en el fútbol, pero su amigo llevaba media hora hablando de una cena a la que había asistido la noche anterior.
—Deberías haber venido —comentó Bruno—. Estuvo bastante bien.
—Tenía cosas que hacer.
—Claro.
Bruno tomó una cerveza de la mesa.
—Por cierto, vi a Isabella ayer.
Nicolás levantó la mirada.
—¿Dónde?
—En el centro. Bueno, no exactamente. Me la encontré cuando salía con un amigo.
Nicolás intentó mantener la expresión indiferente.
—¿Qué amigo?
Bruno lo observó durante unos segundos.
—Gabriel, creo que se llama.
El nombre le resultó familiar.
China.
Las llamadas.
Las sonrisas de Isabella cuando miraba el teléfono.
Nicolás dejó de prestar atención al partido.
—¿Y qué hacían?
Bruno soltó una carcajada.
—¿Me estás interrogando?
—Solo pregunto.
—Pues parecían estar en una cita. Iban caminando juntos, bastante cerca. Después se despidieron y él la besó.
El silencio fue inmediato.
Nicolás se quedó mirando la pantalla del televisor sin ver absolutamente nada.
—¿La besó?
Bruno lo miró con sorpresa.
—Sí. ¿Por qué pones esa cara?
—No pongo ninguna cara.
—Nicolás, pareces alguien a quien acaban de comunicarle una tragedia familiar.
—No seas idiota.
Bruno dejó la cerveza sobre la mesa.
—Escúchame. Isabella es libre de salir con quien quiera. Tú lo sabes.
—No he dicho lo contrario.
—Entonces deja de comportarte como si te hubieran quitado algo.
Nicolás apretó la mandíbula.
No podía discutir con él.
Gabriel no le había quitado nada.
Isabella tampoco le había prometido nada.
No existía una relación que pudiera romperse, ni una traición que pudiera reclamar.
Aun así, la imagen de Isabella besando a otro hombre se le había instalado en la cabeza.
Y no podía expulsarla.
Cuando llegó a su apartamento aquella noche, Nicolás intentó distraerse con el trabajo.
Abrió el ordenador, revisó algunos correos y contestó dos llamadas.
No sirvió de nada.
Terminó sentado en el sofá, con el teléfono en la mano, mirando la conversación que mantenía con Isabella.
El último mensaje era suyo.
Ella había respondido con amabilidad y después la conversación había terminado.
Nicolás abrió el teclado.
¿Cómo estás?
Borró el mensaje.
¿Qué esperaba conseguir con aquella pregunta?
¿Que ella le contara su vida?
¿Que mencionara a Gabriel?
¿Que le dijera que aquel beso no había significado nada?
Se pasó una mano por el cabello y dejó el teléfono sobre la mesa.
Era absurdo.
Había pasado años sin preguntarse quién besaba a Isabella, quién la hacía reír o quién la acompañaba cuando estaba triste.
Porque nunca había imaginado que llegaría un momento en el que otro hombre ocuparía esos espacios.
Había dado por sentado que, de alguna manera, Isabella seguiría siendo aquella niña que lo quería.
Y ahora estaba descubriendo que ella podía querer a alguien más.
La idea le produjo una incomodidad que no supo nombrar.
Pero, en el fondo, empezaba a comprender algo mucho más doloroso.
No estaba perdiendo a Isabella.
Estaba descubriendo que ya la había perdido mucho antes de que Gabriel apareciera.
El lunes, Nicolás decidió pasar por la casa de Mateo.
No tenía una excusa especialmente convincente. Llevaba unos documentos que su amigo le había pedido y pensó que podía entregárselos personalmente.
Cuando llegó, Isabella estaba en el jardín hablando por teléfono.
—Sí, Gabriel. El miércoles me viene bien.
Nicolás se detuvo antes de entrar.
No pretendía escuchar la conversación, pero su nombre llegó hasta él con una claridad incómoda.
—Yo también tengo ganas de verte —continuó Isabella—. Y no, no voy a cancelar. Ya te lo dije.
Se rio de algo que Gabriel respondió.
Una risa suave, natural.
Nicolás conocía esa risa.
La había escuchado miles de veces cuando Isabella era pequeña y él conseguía hacerla reír con cualquier tontería.
Pero ahora aquella risa estaba destinada a otra persona.
Isabella terminó la llamada y se volvió hacia la casa.
Al verlo, se sorprendió.
—¡Nico! ¿Qué haces aquí?
Él levantó los documentos.
—Venía a buscar a Mateo.
—Está dentro. Creo que está hablando con papá.
Nicolás asintió.
Ella guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Todo bien?
—Sí. ¿Y tú?
—Muy bien.
Isabella sonrió.
Nicolás quiso preguntarle por Gabriel. Quiso saber si estaban saliendo, si se habían besado otra vez, si ella estaba enamorada.
Pero no hizo ninguna de esas preguntas.
No tenía derecho a exigirle explicaciones.
—Me alegro —respondió.
Isabella le dio una palmada cariñosa en el brazo antes de entrar a la casa.
—Voy a preparar café. ¿Quieres?
—Sí, gracias.
Ella desapareció por la puerta.
Nicolás se quedó solo en el jardín, escuchando el ruido de los pájaros y el murmullo de las voces dentro de la casa.
Por primera vez, la posibilidad de que Isabella se enamorara de otro hombre dejó de parecerle una idea lejana.
Estaba ocurriendo delante de él.
Y lo peor era que ella parecía feliz.
No estaba intentando olvidarlo.
No estaba esperando que él reaccionara.
Simplemente estaba siguiendo adelante.
Nicolás bajó la mirada.
Por primera vez desde el reencuentro, dejó de preguntarse cómo podía recuperar la atención de Isabella.
Empezó a preguntarse algo mucho más difícil.
¿Qué clase de hombre había sido para que ella necesitara tres años y toda una vida nueva para dejar de esperarlo?