En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 20.
Dorian lo miró.
—A Lucien.
El silencio fue absoluto.
Julian tomó el documento.
Lo leyó una vez.
Después, otra.
Su rostro se endureció.
—Mi padre nunca me habló de esto.
—Porque no quería que supieras que el pacto había fracasado —respondió Dorian—. O quizá porque nunca fracasó del todo.
Leo miró el cuaderno.
Los recuerdos que había experimentado no eran una coincidencia. Su sangre estaba reaccionando a algo que había ocurrido mucho antes de su nacimiento.
Pero una pregunta seguía atormentándolo.
—Si Lucien no murió, ¿por qué todos creen que sí?
Dorian guardó silencio.
Finalmente, respondió:
—Porque alguien necesitaba que Julian dejara de buscarlo.
Julian levantó la cabeza.
—¿Quién?
Dorian lo miró directamente.
—Balthazar Vane.
Leo salió de la habitación con el cuaderno bajo el brazo.
Necesitaba aire.
La mansión le parecía más pequeña que nunca, como si cada corredor lo condujera hacia una verdad que no estaba preparado para conocer.
Llegó a la terraza y abrió una de las puertas de cristal.
La nieve había comenzado a caer otra vez.
Se apoyó en la barandilla y cerró los ojos.
No sabía qué creer.
Dorian podía estar manipulándolo. Balthazar podía ocultar secretos terribles. Julian podía ser sincero en algunos momentos y peligroso en otros.
Y él estaba en medio de todo aquello, intentando distinguir qué parte de lo que sentía le pertenecía realmente.
Escuchó pasos detrás de él.
No necesitó volverse para saber quién era.
—Si vienes a decirme que no salga de la terraza, puedes ahorrártelo —dijo Leo.
Julian se detuvo a su lado.
—Venía a preguntarte si estabas bien.
Leo lo miró con sorpresa.
—¿De verdad?
—Estoy intentando aprender.
La respuesta lo hizo sonreír ligeramente.
Permanecieron en silencio, contemplando la nieve.
—¿Crees que Lucien está vivo? —preguntó Leo.
Julian tardó en responder.
—Quiero creerlo.
—¿Y si lo encuentras?
El vampiro miró hacia el bosque.
—No lo sé.
—¿Todavía lo amas?
Julian cerró los ojos.
—Amé a Lucien. Lo que siento ahora está mezclado con demasiados años de culpa, recuerdos y preguntas. No sé si sería justo llamarlo amor.
Leo sintió un extraño alivio.
No porque quisiera que Julian olvidara a Lucien, sino porque aquella respuesta era la primera que no parecía esconder una promesa imposible.
—No quiero ser un reemplazo —dijo.
Julian se volvió hacia él.
—No lo eres.
—Ni una segunda oportunidad para que hagas las cosas de otra manera.
—Lo sé.
—Y no quiero que la sangre decida lo que ocurre entre nosotros.
Julian lo contempló durante un largo momento.
Después extendió una mano, dejándola entre ambos sin intentar tocarlo.
—Entonces no lo hará.
Leo miró aquella mano.
Podía tomarla.
Podía marcharse.
Por primera vez, ninguna de las dos opciones parecía impuesta por el otro.
Finalmente, Leo apoyó sus dedos sobre los de Julian.
El contacto fue breve y sencillo.
Pero algo cambió en la expresión del vampiro. Su rostro perdió la rigidez habitual y, por un instante, pareció incapaz de comprender que alguien pudiera acercarse a él sin estar obligado a hacerlo.
Leo retiró la mano primero.
—No significa que confíe en ti por completo.
—Lo sé.
—Y mañana voy a seguir haciendo preguntas.
—Nunca esperé otra cosa.
Leo sonrió.
—Bien.
Regresó al interior de la mansión, dejando a Julian solo bajo la nieve.
El vampiro contempló su propia mano.
No había sentido ninguna oleada sobrenatural. Ningún recuerdo ajeno. Ninguna certeza impuesta por la sangre.
Solo el contacto de una persona que había elegido acercarse.
Y, por primera vez en ciento treinta y cinco años, Julian comprendió que aquello podía ser más valioso que cualquier promesa de eternidad.
Sin embargo, cuando Leo llegó a su habitación, descubrió que el cuaderno de Lucien había cambiado.
Una página que antes estaba en blanco contenía ahora unas palabras escritas con tinta oscura.
Si has llegado hasta aquí, significa que Julian ha vuelto a cometer el mismo error.
Leo sintió que el corazón se le aceleraba.
Debajo apareció una segunda frase.
No confíes en el hombre que lleva mi rostro.
Leo levantó la mirada hacia el espejo.
Durante una fracción de segundo, su reflejo no pareció corresponderle.
Y detrás de él, en el cristal, apareció la silueta de un hombre con los ojos oscuros y una sonrisa que Leo reconoció de inmediato.
Julian.
Pero el verdadero Julian estaba en la terraza.
Leo se volvió bruscamente.
No había nadie.
Cuando miró de nuevo el espejo, la silueta había desaparecido.
Solo quedaban las palabras del cuaderno.
...No confíes en el hombre que lleva mi rostro....
Y, debajo, una última línea que no había estado allí antes.
Lucien Ardent sigue esperando.