Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 14: Un nuevo comienzo
La mansión O’Neil quedó sumida en un silencio incómodo después de que Jonás y Oriana se marcharan.
Zaida caminaba de un lado a otro de la sala, incapaz de aceptar lo que acababa de suceder. Leandro permanecía de pie junto a uno de los ventanales, con el rostro endurecido y las manos cruzadas detrás de la espalda.
—No puedo creer que haya sido capaz de hacernos semejante cosa —espetó Zaida—. ¡Llegar aquí con esa mujer y presentarla como su esposa delante de los todos!
—Basta, Zaida. Gritar no va a solucionar nada.
—¿Y qué propones que hagamos? ¿Aceptar que nuestro hijo se ha casado con una desconocida?
Leandro apretó la mandíbula.
—Desheredarlo no es una opción. Jonás debe hacerse cargo de la empresa. Es nuestro único heredero y no voy a permitir que una decisión absurda arruine todo lo que hemos construido.
—Entonces tenemos que hacer algo para que esa mujer vuelva por donde salió.
—Eso es precisamente lo que vamos a conseguir —respondió él con frialdad—. No pienso permitir que una muchacha sin apellido ni posición se convierta en la esposa del futuro presidente de O’Neil.
Zaida dejó escapar un suspiro, mientras una sonrisa calculadora comenzaba a dibujarse en sus labios.
—Entonces tendremos que encontrar la manera de separarlos.
Leandro no respondió. Su silencio dejaba claro que estaba de acuerdo. Aquello no había terminado. Si Jonás creía que podía desafiar a su familia y salirse con la suya, estaba muy equivocado.
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Oriana.
El trayecto transcurrió en un silencio que me resultaba insoportable.
Miraba por la ventana, pero en realidad no estaba prestando atención a nada de lo que pasaba a nuestro alrededor. Mi mente seguía atrapada en aquella mansión, en las palabras de sus padres y, sobre todo, en todas las cosas que Jonás me había ocultado.
Sentí que Jonás movía una mano sobre mi pierna, pero no reaccioné.
—Pelirroja...
Su voz sonó suave, casi con temor.
Giré ligeramente el rostro hacia él.
—¿Qué?
—En cuánto lleguemos te contaré todo.
Volví a mirar por la ventana.
—Eso espero, Jonás.
No dije nada más. No sabía qué podía decirle. Estaba dolida, confundida y, aunque no quería admitirlo, también me sentía engañada.
...****************...
Jonás.
No necesitaba mirarla para saber que estaba molesta. Su silencio pesaba más que cualquier reproche que pudiera hacerme.
Quería explicarle todo en ese mismo instante, pero sabía que no bastaría con unas cuantas palabras. Había ocultado demasiadas cosas y tendría que darle razones para confiar nuevamente en mí.
Al llegar, estacioné frente a una casa de estilo clásico, rodeada de un jardín bien cuidado.
Mi abuela me la había dejado antes de morir. Era uno de los pocos lugares donde siempre me había sentido verdaderamente en casa.
Apagué el motor y miré a Oriana.
—Llegamos.
Ella apenas reparó en la casa. Abrió la puerta y bajó del vehículo sin detenerse a observar los alrededores.
Antes de que pudiera decirle algo, la puerta principal se abrió y una mujer de mediana edad salió a nuestro encuentro. Su rostro se iluminó al reconocerme.
—¡Señor Jonás! ¡Qué bueno que está de vuelta!
Sonreí al verla.
—Qué bueno verte, Matilde.
La mujer se acercó con evidente alegría. Después dirigió la mirada hacia Oriana, que permanecía a mi lado.
—Te presento a mi esposa Oriana. Vamos a vivir aquí.
Matilde abrió ligeramente los ojos, sorprendida, pero enseguida recuperó la sonrisa.
—Mucho gusto, señora. Soy Matilde, me encargo de la casa.
—Mucho gusto —respondió Oriana con una sonrisa discreta.
—La casa está lista, señor. Siempre me ocupo de mantenerla limpia, aunque llevaba mucho tiempo esperando que por fin volviera a estar habitada.
—Y te agradezco mucho que hayas seguido cuidándola.
—Su abuela estaría muy contenta de verlo aquí otra vez —comentó Matilde con cariño—. Ella quería que esta casa siempre fuera un hogar para usted.
Aquellas palabras me hicieron sonreír con cierta nostalgia.
—Lo sé, Matilde.
Me volví hacia Oriana y tomé su mano.
—Ven, quiero enseñarte nuestro nuevo hogar.
...****************...
Oriana.
No sabía qué pensar.
Habíamos pasado de una mansión llena de personas que me miraban como si no perteneciera a aquel mundo a otra casa que, por su aspecto, también parecía bastante lujosa.
Y yo seguía sin entender nada.
Miré a Jonás mientras entrelazaba sus dedos con los míos. Él me dedicó una sonrisa, pero no pude corresponderle de la misma manera.
—Hay tantas cosas que no sé de ti...
—Lo sé.
—Y no sé si debería sentirme feliz de estar aquí o molesta porque todo esto me resulta completamente desconocido.
Jonás se acercó un poco más.
—Puedes sentir lo que quieras. No voy a pedirte que finjas que no ha pasado nada.
Lo miré a los ojos. Por primera vez desde que habíamos salido de la mansión, tuve la sensación de que él también estaba asustado. No de perder su casa, su dinero o su posición, sino de perderme a mí.
—Solo quiero que me digas la verdad, Jonás. Toda la verdad.
Él acarició suavemente mi mejilla.
—Te lo voy a contar todo, mi amor. No quiero volver a ocultarte nada.
Matilde se apartó discretamente para dejarnos entrar.
Jonás me guio por el recibidor mientras yo observaba el interior de la casa. Era elegante, espaciosa y tenía una decoración clásica. Los muebles estaban perfectamente cuidados y todo parecía estar en su sitio, como si alguien hubiera estado esperando que fuera ocupada.
—Si necesitan cualquier cosa, estaré en la cocina —anunció Matilde—. Me alegra mucho que esta casa vuelva a tener vida.
—Gracias, Matilde. Por ahora estaremos bien —respondió Jonás.
Cuando nos quedamos solos, él dejó las llaves sobre una pequeña mesa y se volvió hacia mí.
—Ven, quiero mostrarte algo.
Lo seguí hasta una sala con grandes ventanales que daban al jardín. Jonás se acercó por detrás y rodeó mi cintura con sus brazos, apoyando suavemente la barbilla sobre mi hombro.
—Aquí estaremos tranquilos, pelirroja. Nadie va a molestarnos.
Me aparté ligeramente para poder mirarlo.
—Necesito entender quién eres realmente y por qué me lo ocultaste.
Su expresión se volvió seria. Asintió lentamente y tomó mis manos entre las suyas.
—Tienes razón. Y voy a empezar por el principio.
Respiré profundamente. Había llegado el momento de escuchar la verdad, aunque temía que algunas respuestas pudieran dolerme más de lo que imaginaba.