¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Aceptó tus condiciones
Nyssa apenas había dormido.
Pasó la noche abrazada a Ale, pendiente de cada ruido que escuchaba en aquella habitación desconocida. La cama era enorme, las sábanas olían a limpio y la calefacción mantenía el ambiente cálido, pero nada de eso conseguía tranquilizarla por completo.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba los golpes en la puerta de su apartamento y las manos que la habían sujetado.
Apretaba a su hermano contra ella hasta que él se removía entre sueños.
Solo cuando comprobaba que Ale seguía dormido conseguía relajarse un poco.
A las seis de la mañana, dejó de intentarlo.
Se levantó con cuidado para no despertarlo, se lavó la cara y se recogió el cabello. Llevaba la misma ropa del día anterior, pero no tenía nada más que ponerse.
Antes de salir de la habitación, se acercó a la cama y besó la frente de su hermano.
—Volveré enseguida, mi amor.
Ale ni siquiera se movió.
Nyssa cerró la puerta despacio y recorrió el pasillo hasta encontrar las escaleras. Recordaba el camino que Cedric le había mostrado la noche anterior y bajó hasta la planta baja.
Lo encontró en la cocina.
Estaba vestido con pantalones oscuros y una camisa blanca, revisando unos documentos mientras bebía café. Parecía llevar despierto bastante tiempo.
Al verla, dejó los papeles sobre la mesa.
—Buenos días. ¿Pudiste descansar?
—Un poco.
Era mentira, pero no quería empezar la conversación hablando de lo poco que había dormido.
Cedric la observó unos segundos.
—¿Tu hermano sigue durmiendo?
—Sí. No quería despertarlo.
—George está buscando ropa para él. También encargué algo de desayuno.
Nyssa bajó la mirada.
—No tenías que hacer eso.
—Es un niño. Necesita comer y tener ropa limpia.
No hubo condescendencia en su voz, y eso la hizo sentirse un poco menos incómoda.
Cedric señaló una silla.
—Siéntate. Podemos hablar ahora, si eso es lo que quieres.
Nyssa tomó asiento frente a él. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo y las uñas marcadas por la presión de sus propios dedos.
Había pasado la noche pensando en la propuesta.
No era el futuro que había imaginado para sí misma. Nunca había soñado con casarse con un desconocido, mucho menos con un hombre como Cedric Vellane.
Pero ya no estaba eligiendo entre una vida normal y un matrimonio por contrato.
Estaba intentando encontrar una manera de mantener a su hermano a salvo, pagar la atención médica de su madre y evitar que aquellos hombres volvieran a encontrarlos.
—Aceptaré el trato —dijo finalmente.
Cedric no sonrió ni pareció celebrar su decisión.
—¿Estás segura?
—No. —Nyssa sostuvo su mirada—. Pero necesito hacerlo.
Él apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Nyssa, si hay algo que quieras cambiar de las condiciones, podemos hablarlo.
—Quiero que mi hermano se quede aquí conmigo mientras sea necesario. No pienso dejarlo con desconocidos ni enviarlo a otro lugar para que yo pueda cumplir con tu contrato.
—De acuerdo.
—Y quiero que los gastos del hospital de mi madre se paguen directamente. Necesito saber que su atención no va a depender de que yo tenga dinero disponible cada semana.
—Eso también puede incluirse en el acuerdo.
Nyssa respiró hondo.
—Quiero seguir trabajando, al menos hasta que pueda organizar mi vida. No quiero que decidas dónde voy, con quién hablo o qué hago durante el día. Y no voy a aceptar obligaciones sexuales por estar casada contigo.
—Eso ya estaba establecido —respondió Cedric—. No voy a exigirte nada que no hayas aceptado.
—Quiero que esté escrito.
—Lo estará.
La facilidad con la que él aceptaba sus condiciones no borraba sus dudas, pero al menos no estaba obligada a discutir cada punto como si estuviera pidiendo un favor.
Cedric tomó uno de los documentos que tenía a su lado.
—Voy a llamar a mi abogado para que prepare el contrato definitivo. Tu abogado independiente podrá revisarlo antes de que firmes. También quiero dejar claro que la ayuda para tu familia no estará condicionada a que cumplas obligaciones personales conmigo.
Nyssa lo miró con atención.
—¿Y si al final del año decides que no quieres continuar conmigo?
—Nos divorciaremos, tal como acordemos en el contrato.
—¿Y si soy yo quien quiere terminar antes?
Cedric hizo una pausa.
—Entonces tendremos que establecer una cláusula de salida que proteja a ambos. No voy a obligarte a permanecer casada conmigo.
Nyssa asintió lentamente.
Aquello era importante. No quería cambiar el miedo que sentía por el prestamista por la sensación de estar atrapada en una casa lujosa con un hombre al que apenas conocía.
—Bien.
Cedric dejó el documento sobre la mesa.
—Hay algo que necesito preguntarte. Anoche me dijiste que necesitabas un lugar seguro. ¿Esos hombres tienen motivos para buscarte?
Nyssa sintió que los músculos se le tensaban.
Pensó en el prestamista, en sus amenazas y en la forma en que la había sujetado delante de sus hombres.
Podría contárselo todo.
Pero todavía le costaba admitir en voz alta lo que había ocurrido. Se avergonzaba de haber tenido miedo, aunque sabía que no había hecho nada malo.
—Tengo una deuda —respondió—. Y no aceptaron darme más tiempo.
Cedric no apartó los ojos de ella.
—¿Te hicieron daño?
—No.
No era exactamente una respuesta completa, pero tampoco estaba preparada para contarle más.
Cedric pareció advertirlo. No insistió.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que no puedan acercarse a ti ni a tu hermano. Podemos hablar con un abogado sobre las opciones legales y organizar las medidas de seguridad necesarias.
Nyssa sintió un alivio pequeño, aunque no suficiente para borrar el miedo.
—No quiero que hagas nada ilegal por mí.
—No tengo intención de hacerlo.
Por primera vez desde que había entrado en aquella cocina, ella consiguió respirar sin sentir un peso tan grande en el pecho.
Cedric se levantó y guardó los documentos.
—Voy a pedir que preparen el desayuno. Después podemos organizar la revisión del contrato.
Nyssa también se puso de pie.
—Gracias.
La palabra salió tan baja que casi no la escuchó ni ella misma.
Cedric se detuvo junto a la puerta.
—No tienes que agradecerme cada cosa que haga, Nyssa.
Ella levantó la mirada.
—No estoy acostumbrada a que alguien haga cosas por mí sin esperar algo a cambio.
Cedric permaneció callado un instante.
—Entonces tendremos que empezar por dejar muy claro qué espera cada uno de este matrimonio.
No fue una promesa romántica ni un intento de tranquilizarla con palabras bonitas.
Y, curiosamente, eso hizo que Nyssa le creyera un poco más.
Cuando regresó a la habitación, Ale ya estaba despierto.
Se encontraba sentado en la cama, abrazando su mochila y mirando con curiosidad los muebles.
—¡Nyssa!
Ella se acercó y lo abrazó.
—Buenos días, dormilón.
—¿Nos vamos a quedar aquí?
Nyssa miró alrededor.
Todavía no sabía cómo sería vivir bajo el mismo techo que Cedric, ni cuánto cambiarían sus vidas durante los próximos meses.
Pero había tomado una decisión.
—Sí, cariño. Por ahora nos quedaremos aquí.
—¿Y mamá?
Nyssa le acarició la mejilla.
—Voy a hacer todo lo posible para que siga recibiendo sus cuidados.
Ale pareció satisfecho con aquella respuesta y la abrazó otra vez.
Ella cerró los ojos, apretándolo contra su pecho.
Había aceptado casarse con un desconocido.
No por amor, ni por un sueño de riqueza, ni porque creyera que aquel hombre iba a salvarla.
Lo hacía porque necesitaba recuperar algo que llevaba demasiado tiempo sin tener.
La posibilidad de proteger a su familia sin vivir aterrorizada cada día.