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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

NovelToon tiene autorización de Leydis_Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

El Chambelán, que había permanecido congelado en su lugar, se aclaró la garganta. —Su Majestad, la Princesa... es cierto que en sus aposentos no se disponen de muchos de esos... volúmenes. Se le ha provisto de todo lo necesario para su educación, pero quizás... —Se detuvo, claramente dudando si continuar.

—¿Qué? —La voz del Emperador fue tajante.

—Quizás... un libro de cuentos no fue considerado... una prioridad, Su Majestad.

El Emperador miró de nuevo a Evelyn, sus ojos dorados escrutando su rostro. Esa lágrima. Esa pequeña, inesperada lágrima.

La mente de Evelyn estaba en ebullición. Tenía que aprovechar este mínimo resquicio.

—Todos los niños tienen cuentos, Padre —dijo Evelyn, su voz un murmullo ahora, llena de una tristeza infantil que no era del todo fingida. La mujer adulta en ella recordaba la alegría de los cuentos infantiles, y la Evelyn niña sentía la genuina ausencia de ellos.

El Emperador desvió la mirada hacia la ventana, su expresión indescifrable. Un silencio tenso se apoderó de la sala. El Chambelán no se atrevió a moverse ni a respirar.

Finalmente, el Emperador se giró de nuevo hacia Evelyn. Sus ojos dorados, que la habían recorrido de pies a cabeza con fría indiferencia hace unos instantes, ahora parecían detenerse en su rostro, en su cabello dorado, en sus ojos azules.

No había calidez. No había paternidad. Pero había algo. Una pausa. Un momento de consideración.

—Chambelán —dijo el Emperador, su voz era monótona, pero con un matiz de orden. —Asegúrate de que la Princesa tenga... cuentos. Tantos como desee. Y que no vuelva a molestarme con trivialidades.

El Chambelán asintió con fervor, aliviado. —Inmediatamente, Su Majestad.

El Emperador hizo un gesto con la mano, un movimiento de despido. —Ahora, vuelve a tus aposentos, Princesa.

Evelyn sintió una mezcla de euforia y decepción. Había sido vista. Había obtenido algo. Pero el corazón de piedra de su padre seguía siendo de piedra. Sin embargo, no la había castigado. No la había enviado de vuelta con una reprimenda. Había ordenado que le dieran cuentos. Era un pequeño, minúsculo paso. Pero era un paso.

—Gracias, Padre —dijo Evelyn, una pequeña reverencia infantil, tan torpe como sincera. La palabra "gracias" pareció resonar en el estudio, una rareza, una anomalía en ese lugar.

El Emperador no respondió. Sus ojos dorados, aún fijos en ella, permanecieron impasibles. Pero Evelyn, con su mente adulta, detectó una microexpresión, un parpadeo, un leve matiz en el fondo de sus ojos que podría haber sido... ¿sorpresa? ¿Fastidio? ¿O quizás, una sombra de algo más, algo que él mismo había olvidado?

Ella no lo supo. Pero sabía que había hecho contacto. Había roto el hielo, aunque fuera con la punta de una aguja. Había encendido una pequeña chispa.

Dio media vuelta y se dirigió a la puerta, sintiendo la mirada del Emperador en su espalda. Cada paso era una victoria silenciosa. Había llegado al corazón del imperio, se había enfrentado al Emperador, y había sobrevivido. No solo eso, sino que había logrado una pequeña concesión.

Salió del estudio, cerrando la puerta con cuidado detrás de ella. El pasillo estaba vacío. El Chambelán se había quedado dentro, probablemente esperando para retomar sus asuntos con el Emperador.

Evelyn se apoyó en la puerta de madera, su cuerpo temblando por la tensión liberada. Las lágrimas, esta vez de alivio y agotamiento, comenzaron a brotar de sus ojos. Había sido terrible. Había sido aterrador. Pero lo había logrado.

Se deslizó por el pasillo, sus pequeños pies descalzos casi volando. No tenía la energía para la cautela. Necesitaba regresar a su ala, necesitaba descansar, procesar todo. El hambre y el cansancio la asaltaban con una fuerza renovada.

Mientras se dirigía de vuelta a las alas del oeste, por los mismos pasillos majestuosos y luego por los discretos pasillos de servicio, la imagen de los ojos dorados del Emperador no se apartaba de su mente. Fríos, distantes, pero con esa breve chispa de... ¿qué?

Llegó a su habitación, la puerta de madera chirriando familiarmente al abrirse. El interior estaba tan oscuro y olvidado como la había dejado. Se dejó caer en la cama de seda, su pequeño cuerpo agotado hasta la médula.

Pero incluso en su cansancio, una idea se afianzó en su mente. El Emperador había reaccionado, por minúsculo que fuera. Había notado su lágrima. Había concedido su petición. Era un comienzo.

No sería fácil. Este hombre era un témpano de hielo. Pero si había un camino para ganarse su corazón, aunque fuera un sendero traicionero y sembrado de espinas, ella lo encontraría. Porque su vida dependía de ello.

Un nuevo tipo de determinación, más fría y calculadora, se encendió en su interior. Tenía que estudiar al Emperador. Tenía que aprender sus debilidades, sus rutinas, sus intereses. Tenía que ser más que una hija olvidada. Tenía que convertirse en una pieza en su juego, una pieza que él no pudiera ignorar ni descartar.

Las palabras de la sinopsis volvieron a su mente: "ganarse el gélido corazón de su tiránico padre antes de que sea demasiado tarde". No era solo un plan, era una misión. Su misión.

Se quedó dormida, pero su sueño no fue profundo. Las imágenes del estudio, la voz fría del Emperador, sus ojos dorados, se repetían una y otra vez en su mente.

Cuando despertó, el sol ya estaba alto. Su cuerpo se sentía algo más descansado, pero el hambre era insoportable. Necesitaba comida. Y necesitaba un plan más elaborado.

No podía simplemente irrumpir en el estudio cada vez que quisiera. Eso sería predecible, y el Emperador la castigaría por ello. Tenía que ser más sutil. Tenía que ser... estratégicamente visible.

La primera etapa de su plan se había completado: había hecho contacto. Ahora, la segunda etapa: consolidar esa conexión.

Recordó el banquete que la Princesa Seraphina había mencionado, al que asistiría el Archimago Valerius. Otra oportunidad para ser vista, esta vez en un entorno más social. Pero ir a un banquete imperial sin ser invitada, en su estado actual, sería un suicidio. Necesitaba ropa. Necesitaba una escolta. Necesitaba un pretexto.

Pensó en la orden del Emperador: "Asegúrate de que la Princesa tenga... cuentos. Tantos como desee." Esa era su palanca. Su excusa para futuros encuentros, para futuras interacciones.

Se levantó de la cama, sus pequeños pies ya no tan doloridos como antes. El hambre la empujó a buscar la cocina de nuevo, esta vez con más confianza en su camino. Había memorizado el laberinto de pasillos de servicio. Era una pequeña victoria en sí misma.

Mientras comía en secreto un trozo de pan y algo de queso que encontró en la cocina (robados de la mesa de los sirvientes, sin remordimientos), su mente trabajó a toda velocidad. Los cuentos. Podía usarlos para pedir más libros, para pedir una tutora, para pedir acceso a la biblioteca imperial. Cada petición sería una pequeña cadena, un hilo que la conectaría con el corazón del imperio, con la atención del Emperador.

Tenía que ser paciente. El corazón del Emperador no se ganaría en un día, ni en una semana. Sería un proceso largo, lento y agotador. Pero tenía trece años. Trece años para cambiar su destino.

Y luego, su mente se detuvo en un detalle de la novela que había olvidado momentáneamente. La magia de luz. El inmenso poder mágico que Evelyn heredaría de su madre. La novela decía que se manifestaría más tarde, sin control, y que eso la haría parecer peligrosa. Si pudiera manifestarla y controlarla antes, podría ser su mayor defensa.

Pero ¿cómo se aprendía magia? ¿Quién la enseñaría? El Archimago Valerius. El Gran Mago de la Torre. Él era el único que podía hacerlo. Pero el Archimago era un recluso, un hombre excéntrico que rara vez se mezclaba con la corte.

Un plan más amplio comenzó a tomar forma en su mente. Primero, ganarse al Emperador, o al menos, dejar de ser invisible para él. Segundo, encontrar una manera de acercarse al Archimago Valerius para aprender a controlar su magia. Tercero, protegerse de Seraphina y la Emperatriz.

Era una tarea hercúlea para una niña de cinco años, incluso con una mente adulta. Pero la alternativa era la muerte. Y ella se negaba a morir.

Mientras regresaba a su habitación, sintió una punzada de tristeza por la Evelyn original. La niña que había sido olvidada, despreciada, y finalmente ejecutada. Ella, la nueva Evelyn, no permitiría que eso le pasara de nuevo. Honraría la memoria de la Evelyn original luchando por su propia supervivencia.

Llegó a su habitación. Estaba oscuro de nuevo. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos dorados y rojizos. Se acostó en la cama, sintiendo el frío de la noche colarse por las ventanas.

Su mente, a pesar del cansancio, seguía activa. Tenía que pensar en cada detalle. Cada palabra, cada movimiento.

La próxima vez que viera al Emperador, ¿qué diría? ¿Qué haría? No podía pedir cuentos cada vez. Tenía que ser más estratégica.

Quizás, un dibujo. O una pregunta inocente. Algo que atrajera su atención sin ser una "trivialidad" que lo molestara.

Se cubrió con las sábanas de seda, intentando encontrar algo de calor. La soledad de la habitación era opresiva, pero ahora no sentía pánico. Sentía una fría determinación.

Su mente repasó la interacción con el Emperador. La frialdad de sus ojos dorados, la indiferencia en su voz. Pero también, ese leve fruncir de ceño ante la lágrima, la orden de los cuentos. Era un hilo. Un hilo delgado, casi invisible, pero un hilo al fin y al cabo. Y Evelyn, la mujer que había sido, era experta en tejer hilos, en construir conexiones donde no las había.

No podía permitirse ser débil. No podía permitirse el lujo de la tristeza o la desesperación por mucho tiempo. Cada emoción tenía que ser una herramienta, un arma en su arsenal.

Se cerraron sus ojos. El cansancio la venció. Pero justo antes de caer en el sueño, la última imagen en su mente fue la de aquellos ojos.

Frente a ella, fijos y sin parpadear, se encontraban los ojos dorados del Emperador.

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