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NICOTINA Y NIEVE

NICOTINA Y NIEVE

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / ABO / CEO
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.

En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.

Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.

A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.

No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

PRÓLOGO - Nicotina y Nieve

Me dijeron que tuve suerte el día que me clasificaron como Beta.

Tenía dieciséis años. En mi familia, todos eran Alfa. Mi padre, mi madrastra Colette, mi hermanastra Margot. En una casa llena de feromonas fuertes, de voces que mandan y de puertas que se cierran con rabia, ser Beta era ser invisible. Y yo quería ser invisible.

Todo empezó cuando mi papá encontró pareja. Yo tenía trece. Colette y Margot llegaron con dos maletas caras y la promesa de que seríamos una familia. Al principio intenté caerles bien. Les hacía el desayuno, limpiaba mi cuarto, me callaba cuando Margot ocupaba mi escritorio. Pero la casa dejó de ser mía. Mi cuarto se volvió el cuarto de visitas, luego la bodega. Mi lugar en la mesa se volvió la orilla. Aprendí que si no hacía ruido, no me trataban mal. Por suerte, era Beta. No servía para un matrimonio arreglado, no valía dinero. Solo servía para ayudar.

Cuando mi papá murió, a los dieciocho, entendí lo que significaba realmente ser empleado en tu propia casa.

No hubo testamento para mí. Colette me dijo que si quería seguir viviendo bajo ese techo, tenía que pagar mi parte. Me levantaba a las cinco para limpiar las casas que ella vendía. Me hacía limpiar baños ajenos, cargar cajas, sacar la nieve del patio de otros. Margot me miraba desde la ventana con su café y me decía "gracias, Adrien". Esa fue la noche que entendí que no me odiaban. Simplemente no me veían como parte de la familia.

Junté lo que tenía. Cuatro mil dólares que mi padre me dejaba en un sobre cada cumpleaños y que nunca le dije a nadie. Mi acta de nacimiento, mi certificado de Beta, mi viejo suéter beige. Metí todo en una maleta y tomé un bus a Montreal en plena tormenta. No miré atrás.

Montreal era más frío de lo que imaginaba. Renté un estudio de tres por tres en Hochelaga, donde la calefacción sonaba como si tosiera y la ventana no cerraba bien. Pero era mío. Nadie me decía a qué hora comer, nadie me cobraba por respirar. Entré a Traducción en la UQAM y conseguí turno de noche en el Dépanneur Lumière, en la esquina. La señora Rousseau me contrató porque le dije que no me importaba trabajar de once a siete.

Ahí aprendí a ser libre. Aprendí a hacer café sin quemarlo, a contar el dinero rápido, a saludar a los borrachos sin tenerles miedo.

Y ahí fue donde empezó todo lo demás.

Llegaba siempre a las 23:47. Alto, con un abrigo negro largo lleno de nieve, el cabello oscuro despeinado, barba de dos días. Olía a frío, a madera y a cigarro caro. Nunca sonreía. Compraba lo mismo: una botella pequeña de whisky barato y una cajetilla de Lucky Strike rojos. Pagaba en efectivo, decía "merci" con voz ronca y se iba.

Alfa. Entero. De esos que ya no se ven porque todos toman supresores. Se notaba en la espalda recta, en cómo todos en la tienda se hacían a un lado cuando entraba.

Yo empecé a esperarlo sin querer. Le guardaba su marca. Le calentaba la puerta. Y empecé a sentirme raro. No era gripe. Era un calor que me subía por la nuca a las tres de la mañana, un dolor sordo en la espalda baja, un mareo cuando él se acercaba demasiado. Yo pensaba que era por dormir poco.

Esa noche de diciembre, nevaba tan fuerte que no se veía la calle. Él entró sacudiéndose la nieve y me miró más tiempo que de costumbre.

"Estás pálido, petit", me dijo.

Fue la primera vez que me llamó de alguna forma.

Y por primera vez en tres años, desde que mi papá murió, alguien se preocupó porque yo no me veía bien.

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