Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 22: La bomba mediática y el malestar de Valeria
El teléfono celular de Valeria no paraba de vibrar sobre la mesa del comedor. Las notificaciones de las redes sociales, los portales de chismes y los diarios de finanzas caían como una ráfaga ininterrumpida.
Los titulares eran brutales, sanguinarios y despiadados: «Escándalo en el puerto: la heredera de Rossi Corp rompe su compromiso para convertirse en la amante del capo ruso», «Negocios y sábanas: ¿Valeria Rossi usó la empresa para sus encuentros clandestinos con Dante Volkov?». En los canales de televisión no se hablaba de otra cosa. Las palabras «zorra», «trepadora» y «calculadora» salían de la boca de los panelistas de chismes con un descaro nauseabundo.
Valeria estaba sentada en el sillón de su departamento, envuelta en una bata de algodón gris, mirando fijamente la pantalla del televisor apagado. No le importaba en lo más mínimo lo que un grupo de desconocidos dijera sobre ella o su vida íntima, pero la sola idea del impacto que esto tenía sobre su padre la destrozaba. Don Héctor había dedicado su vida entera a construir una reputación intachable para Rossi Corp, y ahora el apellido familiar rodaba por el barro por culpa de la filtración.
Intentó ponerse de pie para servirse un vaso de agua, pero apenas afianzó las piernas en el piso, una ola de mareo sofocante le revolvió el estómago. Se agarró del respaldo del sillón, cerrando los ojos con fuerza mientras una arcada intensa le subía por la garganta.
Corrió al baño como pudo, se arrodilló frente al inodoro y vomitó solo bilis amarga, pues no tenía nada en el estómago. Llevaba dos días sin probar bocado, sintiendo un cansancio voraz que le pesaba en los párpados y un asco repentino hacia el olor del café o de cualquier comida elaborada.
—Es el estrés... —se dijo a sí misma frente al espejo, pasándose una toalla mojada por los labios pálidos—. Es el desastre de Martín, la prensa y la tensión con Dante. Solamente estrés.
El timbre de la puerta sonó con insistencia. Alexis entró al departamento con el rostro desencajado y el teléfono pegado a la oreja.
—No voy a dar declaraciones, llamen a los abogados —dijo Alexis al teléfono antes de cortar de golpe—. Vale, ¿estás bien? Tenés una cara de matada terrible.
—Estoy bien, me mareé un poco nada más —mintió ella, secándose la cara mientras volvía al living—. Alexis, decime que mi papá no vio los diarios...
Alexis suspiró con amargura, tirando el saco sobre el sillón.
—Los vio todos. En la empresa hay tres guardias en la entrada reteniendo a los cronistas. Papá está reunido con el equipo de legales intentando meter medidas cautelares para bajar las notas de los portales, pero ya es tarde. La bomba ya explotó.
—Esto es una pesadilla —murmuró Valeria, llevándose las manos a la cara—. Alguien dentro de la empresa o de la familia vendió la información. Nadie más sabía de la ruptura con Martín y del acuerdo con los rusos.
—Tengo mis sospechas, pero ahora no es momento de buscar culpables —dijo Alexis, tomándola por las manos—. Tenés que mantenerte firme. Alessia y Pablo están viniendo para acá. No le des el gusto a esa prensa de basura de verte quebrada.
En el último piso de la torre Volkov, la situación no era menos caótica.
Las pantallas del centro de mando mostraban los portales de noticias en vivo. La prensa financiera cuestionaba la ética del Grupo Volkov, acusando a Dante de mezclar placer con negociaciones de millones de dólares y desestabilizar la firma de la flota.
Damián Meddis entró a la oficina privada dando un portazo que retumbó en las paredes. Detrás de él, Nicolás Vane traía un fajo de periódicos que arrojó sobre el escritorio de madera noble.
—¡Te lo dijimos en todos los idiomas, Dante! —estalló Damián, encarando a su jefe con los ojos inyectados en bronca—. ¡Te dijimos que esto iba a ser un desastre! Ahora tenemos a los sabuesos de la prensa encima, los socios de Moscú pidiendo explicaciones por llamadas encriptadas y el contrato del puerto pendiendo de un hilo. ¡Todo por acostarte con la heredera cuando solo había que firmar el maldito papel!
Dante ni se inmutó. Estaba de pie junto al ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, mirando el tráfico con una frialdad matemática.
—Ajustá ese tono, Meddis —soltó Dante con una voz helada que hizo bajar la temperatura de la habitación—. No te autoricé a gritarme en mi propia oficina.
—¡Es que te volviste loco! —intervino Nicolás, poniéndose al lado de Damián—. Mirá los titulares, Volkov. La están destruyendo. La tratan de zorra, de trepadora, dicen que usó las oficinas de Rossi Corp para tener amoríos con vos. ¿Creés que el viejo Rossi te va a entregar las concesiones del muelle tres con este escándalo en la puerta de su casa?
Dante se giró despacio. Cuando sus ojos grises se posaron en sus dos hombres, la rabia que ardía en sus pupilas era tan oscura y salvaje que Nicolás dio un paso atrás por instinto.
—No me importa lo que digan los socios de Moscú ni me importa la flota —dijo Dante en un susurro rasposo que transmitía una amenaza de muerte—. Lo único que me importa es la rata que vendió esta información a los medios.
—Dante, los negocios... —intentó decir Damián.
—¡Cerrá la boca! —gritó Dante, dándole un golpe seco al escritorio que hizo saltar los papeles—. ¿Te pensás que me importa lo que diga un grupo de periodistas muertos de hambre? Están usando el nombre de Valeria para lavarse la boca. La están tratando de zorra en la televisión nacional.
—Es el costo de meterse con una figura pública en medio de una negociación —retrucó Nicolás—. Tenés que distanciarte de ella hoy mismo. Sacá un comunicado diciendo que es mentira, que solo hay una relación comercial y enfriá las cosas.
Dante se acercó a Nicolás, clavándole el dedo en el pecho con una firmeza de hierro.
—Yo no me distancio de nada ni le pido disculpas a nadie. Valeria Rossi es mía, y el idiota que se atrevió a filtrar esta mierda a la prensa para ensuciarla va a pagar con sangre. Averigüen de qué teléfono salió la llamada a la redacción. Quiero el nombre, la dirección y la cabeza de esa persona antes de que termine el día.
Damián y Nicolás se miraron en silencio. Sabían que cuando el oso ruso entraba en ese estado de rabia posesiva, las órdenes no se discutían.
—Está bien —asintió Damián, recuperando la postura—. Rastreamos la llamada. Pero tenés que hacer algo con la prensa antes de que el viejo Rossi cancele la firma del contrato.
Dante miró el teléfono sobre la mesa, pensando en Valeria, en su rostro pálido, en cómo esa prensa de porquería intentaba humillar a la única mujer que lo había hecho arder de verdad.
—Voy a solucionar esto a mi manera —sentenció el ruso, tomando su saco—. Y les prometo que a nadie le va a quedar ganas de volver a faltarle el respeto a Valeria.