Ella se casó por amor.
Él, un poderoso CEO, perdió la memoria… y con ella, el corazón.
Después de un accidente, empieza a creer que solo lo quisieron por su dinero y la expulsa de casa sin piedad. Sola, embarazada y traicionada por quien más amaba, lucha por sobrevivir… hasta descubrir que lleva tres vidas en su vientre. Entre habitaciones baratas, trabajos extenuantes y noches frías en pasillos de hospitales, ella elige resistir.
Cuando la verdad finalmente sale a la luz y los recuerdos regresan, tal vez ya sea demasiado tarde para pedir perdón.
Porque algunas heridas no se borran… ni siquiera con amor.
NovelToon tiene autorización de 1x.santx para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Luisa
El día del viaje de Arthur llegó más rápido de lo que me gustaría. Me desperté antes del despertador, con esa sensación extraña de que algo estaba cambiando, aun sin saber exactamente qué. Estuve algunos minutos acostada, observando el cuarto aún oscuro, escuchando su respiración a mi lado. Arthur dormía profundamente, como si el mundo estuviera en pausa mientras él descansaba.
Me levanté despacio y fui a la cocina a preparar el café. Los gestos eran los mismos de siempre, pero parecían cargados de un cuidado mayor, como si yo quisiera guardar cada detalle de aquel comienzo de día. Cuando el café estuvo listo, volví al cuarto.
"Arthur, mi amor." Llamé en voz baja.
Él se movió un poco y abrió los ojos, aún somnoliento. "¿Ya es hora?" preguntó.
"Infelizmente."
Él suspiró y se sentó en la cama, pasando la mano por el rostro. "Yo odio viajar." Dijo con la voz ronca de sueño. "Principalmente cuando tengo que salir así."
Me senté al lado de él. "Va a ser rápido." Respondí. "Y prometiste llamar."
"Voy a llamar sí." Garantizó sonriendo somnoliento. "Varias veces." Dijo atrayéndome a sus brazos.
Tomamos café juntos en silencio por algunos minutos, como si ninguno de los dos quisiera quebrar aquel momento. Después, Arthur fue a arreglarse mientras yo separaba algunas cosas para que él llevara. Corbatas, camisas, el reloj que él siempre usaba en reuniones importantes.
"No necesitas hacer eso." Él comentó, observándome doblar una camisa.
"Lo sé." Respondí. "Pero me gusta."
Él se acercó y me abrazó por detrás, apoyando el mentón en mi hombro. "Vuelvo pronto." Dijo.
"Lo sé." digo volteándome hacia él.
"Cuando vuelva, vamos a hacer un viaje a Suiza. Vamos a quedarnos en aquel hotel que te gustó, vamos a esquiar en la nieve y a tomar chocolate caliente frente a la chimenea." Él dijo con una sonrisa besando mi frente.
El camino hasta el aeropuerto fue tranquilo. Conversamos sobre cosas banales, sobre el contrato, sobre lo que yo haría mientras él estuviera fuera. Cuando estacionamos, el movimiento ya era intenso. Personas yendo y viniendo, despedidas apresuradas, abrazos rápidos.
Arthur tomó la maleta en el portaequipajes y me miró por algunos segundos antes de hablar. "No te quedes despierta hasta tarde." Pidió.
"No prometas cosas imposibles." Respondí, sonriendo.
Él rió y sostuvo mi rostro con las dos manos.
"Te amo. Jamás se te olvide eso. Es una orden." Dijo, serio.
"Yo también te amo." Respondí con una sonrisa.
Nos besamos allí mismo, sin prisa, como si el tiempo hubiera disminuido para darnos aquel último momento, el beso fue lento y apasionado, prueba de nuestro amor uno por el otro. Después, él se alejó, caminando en dirección a la entrada del aeropuerto. Me quedé allí hasta perderlo de vista.
Volví a casa sintiendo el silencio pesar más de lo normal. La casa parecía demasiado grande sin él. Pasé el día intentando ocuparme, organizando cosas, respondiendo mensajes, viendo televisión sin prestar atención. El reloj parecía avanzar despacio.
A la noche, preparé algo simple para cenar y comí sola en la mesa de la cocina. Cuando terminé, lavé los platos y me senté en el sofá, abrazando una almohada. El celular estaba a mi lado, y yo lo miraba de tiempos en tiempos, esperando. Él llamó poco después de las nueve.
Atendí en la primera llamada. "Hola, mi amor." Hablé ya con una sonrisa tonta en el rostro, como si fuera una adolescente hablando con el primer novio.
"Hola, amor." Su voz vino del otro lado de la línea, un poco cansada, pero aún firme. "Llegué ahora al hotel."
"¿Salió todo bien en el viaje?"
"Sí. Cansadora, pero tranquila. ¿Y tú?"
"Te extrañé todo el día." Admití. "La casa está vacía sin ti."
Él rió bajo. "Yo también. El cuarto es enorme y completamente sin gracia."
"Claro que sí. Estás solo." Rebatí riendo bajo.
"Exactamente."
"La casa es más fría sin ti. Parece mayor y totalmente vacía."
Él rió. "Entonces debemos trabajar en eso, necesitamos pequeños para llenar esa casa vacía." Dijo riendo.
Yo reí aún más. "Voy a pensar en el asunto." Me levanté y caminé por la sala mientras hablábamos. "¿Ya comiste?" Pregunté.
"Aún no. Creo que voy a pedir algo en el cuarto."
"No vas a saltarte la comida." Avise.
"Mira ella mandando en mí de lejos."
"Alguien necesita."
Oí que él sonrió del otro lado de la línea. "Cuéntame de tu día." Pidió.
Conté sobre la casa silenciosa, sobre la cena simple, sobre cómo todo parecía un poco fuera de lugar sin él. Arthur me contó del vuelo, de la reunión marcada para el día siguiente, del hotel.
"Yo quería que estuvieras aquí." Él dijo, de repente.
Mi corazón se apretó. "Yo también quería."
Hubo un breve silencio, confortable. "Cuando yo vuelva..." él comenzó, "vamos a tomarnos aquellos días libres que te prometí."
"¿Promesa de marido?" Pregunté.
"¡Promesa de marido!" confirmó.
Sonreí sola. "Entonces voy a cobrar."
"Espero que cobres mismo."
Estuvimos algunos segundos sin hablar, apenas oyendo la respiración uno del otro.
"Lu..." él llamó.
"Hola."
"Gracias por ser quien eres."
Tragué saliva. "Gracias por elegirme todos los días." Respondí.
"Yo siempre voy a elegir."
Después de más algunos minutos de conversación, él dijo que necesitaba descansar.
"Llámame mañana." Pedí.
"Antes mismo del café." Prometió.
"Buenas noches y te amo."
"Buenas noches, mi amor. Y yo también te amo."
Apagué y me quedé mirando para el celular por algunos segundos antes de colocarlo de lado. Apagué las luces y fui para el cuarto. La cama parecía demasiado grande sin él. Me acosté del lado que acostumbraba ser el mío y abracé la almohada de él, sintiendo el olor familiar. Cerré los ojos intentando alejar aquella sensación extraña en el pecho. Era sólo un viaje corto. Nada de errado podía acontecer. Repetí eso para mí misma hasta que el sueño finalmente llegó.
Aquella noche, soñé con aeropuertos, corredores largos y voces distantes. Me desperté algunas veces, pero siempre volvía a dormir, agarrada a la idea de que en pocos días todo volvería a la normalidad. Porque, en aquel momento, yo aún creía que el amor que teníamos era suficiente para atravesar cualquier distancia. Y que algunas despedidas eran apenas temporales. O al menos era eso lo que yo quería creer.