Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 3: DEFENDER
Elena no sabía cuándo había empezado a mirarlo distinto.
Valdez no era el típico profesor de Derecho que te imaginás. Tenía treinta y ocho, no cincuenta. No usaba traje caro ni corbata apretada. Usaba camisa arremangada, barba de tres días y siempre tenía el mismo termo de acero abollado. No era lindo de Instagram. Era otra cosa. Era de esos hombres que te escuchan de verdad cuando hablás, y que te hacen sentir inteligente cuando lográs seguirle el ritmo.
Y desde el día del trabajo práctico, algo había cambiado en cómo la miraba.
No era incómodo. No era baboso. Era respeto. Pero un respeto que tenía un filo distinto.
Ese miércoles, Valdez anunció el juicio simulado. El evento más importante de Procesal. Dos equipos, un caso real, jueces invitados. Ganar ese juicio era prácticamente asegurarte la materia y una pasantía.
"Voy a elegir a los oradores yo", dijo. "No quiero acomodos. Quiero a los que mejor argumentan, no a los que mejor apellido tienen".
Todos miraron a Camila. Siempre la elegían a ella porque el padre es juez.
Valdez miró su lista.
"Por la querella: Rivas, Elena. Y por la defensa: Torres, Luz".
El aula se quedó muda. Yo sentí que se me paraba el corazón. Luz me apretó la mano por debajo del banco tan fuerte que me dejó las marcas.
Camila levantó la mano, furiosa.
"Profesor, con todo respeto, ¿no sería más justo que...?"
"¿Más justo qué, Alderete?", la cortó Valdez sin levantar la voz. "¿Que elija a los que siempre eligen los demás? Rivas tiene el mejor promedio de la comisión. Se ganó el lugar. Si tiene un problema con eso, puede presentar una queja formal en Secretaría. Por escrito".
Fue la primera vez que alguien en esa facultad me defendía sin que yo tuviera que pedirlo.
Después de clase, me quedé acomodando mis cosas más lento que de costumbre. Valdez estaba guardando sus libros en el escritorio.
"Rivas, ¿tiene dos minutos?"
"Sí, profesor".
"Quería decirle que lo de la otra semana... cuando se quedó en blanco en la exposición... estuvo muy bien cómo lo resolvió".
"Gracias. Me morí de vergüenza".
"No tiene por qué. A mí también me pasó la primera vez que alegué en Tribunales. Me quedé mudo frente a tres jueces. Creí que me moría. Pero me quedé. Y eso es lo que importa. La mayoría se va. Usted se quedó".
Me miró fijo. Dos segundos de más. Y yo sentí un calor que me subió desde el cuello hasta las orejas.
"Gracias, profesor", le dije bajando la mirada.
"Elena", me dijo, y mi nombre en su boca sonó distinto. "Si alguien la molesta por haber sido elegida, si escucha algo... me lo dice. No voy a permitir que le hagan lo mismo de antes. No en mi materia".
No dijo cómo sabía lo de antes. No hacía falta.
Esa noche no pude estudiar. Cada vez que cerraba el Código, veía su cara. Me sentía culpable. Era mi profesor. Era diez años más grande que yo. Y yo estaba ahí para recibirme, no para enamorarme.
Al día siguiente, el grupo de Camila contraatacó. No con insultos. Con algo peor. Con la indiferencia organizada.
Nadie quería ser testigo para nuestro caso del juicio simulado. Nadie quería prestarnos jurisprudencia. En el grupo de WhatsApp de la comisión, que tenía ochenta personas, preguntábamos algo y nos dejaban en visto. Cuando entrábamos a la biblioteca, se levantaban y se iban a otra mesa.
Era bullying de adultas. Sin stickers. Sin gritos. Silencioso y efectivo.
El viernes, a diez minutos de cerrar la biblioteca, nos faltaba un fallo clave de la Corte que Valdez nos había pedido. Estaba en un libro que solo tenía Camila, porque su papá se lo había conseguido.
"Ya está, perdimos", dijo Luz, tirando la mochila al piso. "Son unas soretas".
Yo estaba por llorar. De bronca.
En ese momento sonó mi celular. Era un mail.
De: Martín Valdez
Asunto: Material juicio simulado
Elena, Luz: Vi que están teniendo inconvenientes para conseguir material. Les adjunto el fallo que necesitan escaneado de mi biblioteca personal y tres más que les van a servir para la querella. También hablé con la bibliotecaria para que les reserve la sala de audiencias mañana a la mañana para que puedan practicar tranquilas. Si necesitan algo más, me avisan. No están solas.
M. Valdez
Adjuntos: 4 archivos PDF.
Luz leyó el mail por encima de mi hombro y abrió los ojos como dos platos.
"¡Elena! ¡Te mandó mail a las diez de la noche! ¡Y te dice Elena!"
"No me dice Elena, me dice Rivas", le dije, pero me temblaban las manos.
"No. En el mail dice Elena. Y te dice 'no están solas'. ¡Amiga, tu profesor está enamorado de vos!"
"¡Shh! ¡No digas boludeces! Es buen profesor nada más. Nos defiende porque es justo".
"Yo también soy justa y no le escaneo fallos a nadie a las diez de la noche", me contestó Luz, y se empezó a reír.
Pero no era una risa burlona. Era cómplice.
El sábado ensayamos en la sala de audiencias vacía. Cuando terminamos, Valdez pasó por ahí, como de casualidad. Tenía ropa de gimnasio y una botella de agua. Se ve que vivía cerca.
"¿Cómo van?", preguntó.
"Bien, profesor. Nerviosas", dije.
"Van a estar bien. Tienen algo que los otros no tienen".
"¿Qué?", preguntó Luz.
"Hambre. Los demás hace años que tienen todo servido. Ustedes tienen hambre de ganar. Y eso en un juicio se nota".
Nos miró a las dos, pero se quedó un segundo más en mí. Sonrió. Y se fue.
"Definitivamente está enamorado", susurró Luz cuando se cerró la puerta.
Yo no contesté. Porque por primera vez en mucho tiempo, que alguien me defendiera no me hacía sentir débil. Me hacía sentir vista.
Y que ese alguien fuera él, me hacía sentir, por primera vez en años, que volver había valido la pena.
El juicio simulado era el lunes. Sabía que el grupo de Camila iba a estar en primera fila esperando que me equivoque.
Pero esta vez, yo no iba a estar sola. Tenía a Luz, tenía al grupo de los que sobran, y tenía, aunque no debía, a un profesor que me miraba como si yo fuera mucho más que una nota.
Y eso me daba un miedo nuevo. Un miedo lindo.