Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO V.
CAPÍTULO V.
Washington D.C
Oficina del FBI.
Días después.
4:15 a.m.
Durante los próximos días, el descanso era poco. Largas jornadas de trabajo, reuniones y operaciones de inteligencia para preparar el viaje a San Petersburgo.
Hammer había reunido a todo el equipo en la sala de reuniones para preparar la infiltración en el territorio enemigo.
Cuando Erik llegó a la sala, todos estaban reunidos, en el centro de la mesa había un mapa de la ciudad con fotografías, puertos, depósitos, casas de seguridad. Y es en ese entonces donde empieza el debate.
—Bueno. —dijo Hammer, de pie en la cabecera de la mesa. —Escucho sus ideas.
Cahill estaba de pie a un lado, observando todo de manera despreocupada.
Fue el agente Thomas Reed quien tomó la palabra.
—Propongo una infiltración clásica. —dijo Reed, cruzándose de brazos mientras miraba de reojo a Erik—. Su perfil público es perfecto tal como está. Cahill usará su propio nombre para tocar la puerta de Isaac, alegando que la justicia estadounidense lo exprimió y que quiere recuperar lo suyo. Es una coartada impecable que su padre no cuestionará. El reto es la custodia: Jessica no puede ir como agente del FBI. Le daremos una identidad encubierta como su abogada o socia financiera en el mercado negro para que pueda estar pegada a él en cada reunión sin levantar alarmas. Mientras tanto, el resto de la unidad operará desde la sombra en un piso de seguridad en la ciudad.
—Si yo fuera Isaac —Interrumpió Erik —Lo descubriría apenas pongan un pie en Rusia.
En la sala hubo un silencio.
A Reed no le agradó en absoluto que Cahill destruya su plan en dos segundos.
—Tu plan es perfecto, agente… Para acabar con todo en menos de un segundo. —Suspiró. —Se olvidan de algo muy importante. Isaac es el líder de una Hermandad legendaria. Lo subestiman demasiado.
—¿Entonces qué propones, Cahill? —preguntó Thomas.
—Usar una identidad que Fletcher conoce muy bien. —Dijo, mirándola a los ojos. —Julia Hastings, coleccionista de arte de Mónaco.
Todos asienten.
—¿Quién demonios es Julia Hastings? —preguntó Thomas.
Jessica miró a Erik, quien sonríe apenas.
—Mi socia y la mujer por la que casi me matan en Viena.
—¿Casi te matan? —replicó ella. —Te recuerdo que a quien dispararon fue a mí.
—La bala te rozo. —Erik sonrió.
—Precisamente.
—¿En qué cambia? —preguntó Reed, desafiándolo.
—Es una identidad ya construida. —Respondió. —Además, muchas personas del mundo del arte la han visto conmigo por lo que no les resultará extraño vernos juntos otra vez.
—Presentaste a Julia Hastings como tu esposa, Cahill. —Murmuró Jessica.
Erik negó.
—Tú te presentaste como mi esposa frente a Stefan Markovič. Para el resto eres una coleccionista de arte.
Jessica bajó la mirada, algo avergonzada.
—Isaac no es idiota. Si queremos engañarlo, tenemos que planearlo bien.
—Continúa. —Alentó Hammer.
—Lo primero que necesitamos es documentación falsa. La cuál yo mismo aprobare. Segundo: la base de operaciones. Tiene que ser en un lugar que no levante sospechas. Un hotel, una casa de alquiler… Reed y Reynolds serán simples turistas.
—Pensé que sería mejor un edificio abandonado, llamaría menos la atención. —Replicó Reed.
—¿Un edificio abandonado donde nunca se ve a nadie y de repente dos hombres con apariencia de policías lo rondan diariamente? —Erik negó con la cabeza. —Demasiado evidente.
—¿Qué más? —preguntó Reynolds, con una pizca de admiración.
—Les pasaré informes diariamente, a menos que la misión no me lo permita. De todas maneras, les haré saber nuestra ubicación. No nos reuniremos en persona de no ser necesario. Nos comunicaremos a través de teléfonos satelitales. A menos tecnología, menos nos descubrirán.
Reynolds asintió. Cahill tenía un punto.
—Deben dejar que me mueva con libertad. Mi padre sospechará si me niego a realizar ciertas misiones.
—Creo que estás pasando una línea, Cahill. —Dijo Reed.
Jessica, quien permanecía silenciosa simplemente escuchando, decidió intervenir:
—Tiene razón. —Murmuro. —Si Isaac percibe que Erik lo engaña, lo matará.
Silencio.
—Ustedes deciden. —dijo despreocupado. —Por último, la tobillera. Deberán quitármela. No pasaré la puerta de la guarida con esto.
—Olvídalo. —Dijo Reed. —Es lo único que nos permite controlarte de cerca.
—Para eso estará la detective Fletcher. —Retrucó Cahill.
—No lo sé jefe, me parece que el plan es demasiado arriesgado. —Dijo Thomas mirando a Hammer.
—¿Entiendes lo que me estás pidiendo? —preguntó Mike.
Erik asintió.
—Sí. Que confíe en mí.
Por un breve momento se hizo un silencio.
El plan era arriesgado, si. Pero también era brillante.
—Si quieren entrar a la hermandad, deberán olvidarse de que son agentes federales. En San Petersburgo no funcionan las leyes, las placas… Solamente sobreviven los que saben mentir.
Hammer mira el mapa, su mirada se dirige a Erik y finalmente, pregunta:
—¿Cuántas infiltraciones hiciste para la Hermandad?
Silencio.
—Perdí la cuenta. —Respondió.
Hammer baja lentamente la mirada y ahí entiende una verdad incómoda. No tiene delante a un ladrón. Tiene delante al hombre que durante años organizó operaciones exactamente iguales a la que están planeando.
—Hagámoslo. —Decretó Hammer.