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Sirena Encantada

Sirena Encantada

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: ¡Sí estoy embarazada!

Narrado por Mileidis

Aquella mañana me desperté con el mismo malestar de los últimos días. Las náuseas no me dejaban tranquila, el olor del café me revolvía el estómago y los mareos aparecían cada vez que me levantaba rápido.

Después de que Yurani insistiera tanto y la abuela Rosa me dijera que era mejor salir de dudas, decidimos ir al centro de salud.

—Vení, cuñada, no le tengás miedo —me dijo Yurani mientras caminábamos por las calles de Cartagena—. Si es embarazo, pues bendición de Dios.

Yo sonreí nerviosa.

—Ojalá todo salga bien.

Cuando llegamos, una enfermera me hizo pasar al consultorio. Me preguntó cuándo había sido mi última menstruación, cómo me sentía y si tenía otros síntomas. Le conté todo con sinceridad.

Después me realizó una prueba de embarazo.

—Esperá un momento, por favor —me dijo con amabilidad.

Esos minutos fueron eternos.

No dejaba de mover las manos por los nervios.

Yurani me daba ánimo.

—Respirá, cuñada.

Yo asentía, pero el corazón me latía tan fuerte que sentía que todos podían escucharlo.

Al cabo de unos minutos, la doctora regresó con una sonrisa.

Nos invitó a entrar nuevamente al consultorio.

Yo respiré profundo.

—Doctora... ¿todo está bien?

Ella me miró con cariño.

—Sí, Mileidis. Todo está muy bien.

Hizo una pequeña pausa y dijo las palabras que jamás olvidaré.

—Felicitaciones. Sí estás embarazada.

Sentí que el mundo se detenía.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.

Llevé las manos a mi rostro.

—¿De verdad?

La doctora asintió.

—Sí. Vas a ser mamá.

No pude contener la emoción.

Comencé a llorar de felicidad.

Yurani dio un pequeño grito.

—¡Ajá! ¡Yo sabía! ¡Desde que te vi con esos mareos dije que mi cuñada estaba embarazada!

Las dos nos abrazamos.

La doctora sonrió al vernos tan felices.

Luego empezó a explicarme los cuidados que debía tener.

—Debés empezar tus controles prenatales desde este mes, tomar las vitaminas que voy a formularte, descansar lo suficiente y alimentarte muy bien.

Asentí.

—Sí, doctora.

—También evitá cargar cosas pesadas y cualquier esfuerzo excesivo.

—Lo haré.

Nos entregó la orden de los exámenes y una ecografía para las próximas semanas.

Antes de salir, le di las gracias.

—Muchas gracias por todo.

—Felicitaciones nuevamente y que Dios bendiga ese embarazo.

Salimos del centro de salud tomadas del brazo.

Mientras caminábamos, no podía dejar de acariciar mi vientre.

Todavía era muy pronto para notar algún cambio, pero allí ya estaba creciendo nuestro bebé.

Sentía una felicidad que no cabía en mi pecho.

Al llegar a la casa, la abuela Rosa salió enseguida a recibirnos.

—¿Qué pasó, hijas?

Yurani no aguantó ni un segundo.

—¡Mamá Rosa, prepárese porque va a ser bisabuela!

La abuela abrió los ojos con emoción.

Me acerqué sonriendo y le mostré el resultado.

Ella lo leyó despacito.

Después levantó la mirada completamente conmovida.

—¡Mi niña... estás embarazada!

Nos abrazó a las dos con muchísimo cariño.

Las lágrimas corrían por el rostro de las tres.

En ese momento escuchamos que la puerta se abrió.

—¡Buenas!

Era Cristian.

Entró con las botas llenas de arena y una gran sonrisa.

—Hoy vendimos todos los bocachicos, las mojarras, los róbalos, los pargos, las corvinas, los bagres y las sierras.

Dejó la canasta sobre una silla.

Entonces notó que las tres estábamos llorando.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Qué pasó? ¿Por qué están así? ¿Mileidis, estás bien?

Me acerqué lentamente.

Tomé sus manos.

Él seguía preocupado.

—Decime qué pasó.

Lo miré a los ojos.

Sentía que el corazón se me salía del pecho.

Sonreí entre lágrimas.

—Cristian...

—¿Sí, mi sirenita?

Respiré profundamente.

—Sí estoy embarazada.

Por unos segundos no dijo absolutamente nada.

Solo me miró.

Después abrió los ojos de la sorpresa.

—¿De verdad?

Saqué el resultado de la prueba y se lo entregué.

Lo leyó una vez.

Después volvió a leerlo.

Cuando levantó la mirada, tenía los ojos llenos de lágrimas.

Sonrió como nunca antes.

Se acercó despacio y puso una mano sobre mi vientre.

—¿Aquí está nuestro bebé?

Asentí sonriendo.

—Sí.

Cristian dejó escapar una lágrima.

Luego me abrazó tan fuerte como nunca.

—Gracias, Dios.

Después se arrodilló frente a mí y apoyó suavemente la mano sobre mi vientre.

—Hola, mi bebé. Soy tu papá. Todavía no te conozco, pero desde este momento te prometo que voy a trabajar cada día más duro. Voy a salir todas las madrugadas con tu abuelo Jeico a pescar bocachicos, mojarras, róbalos, pargos, corvinas, bagres y todo lo que el mar nos regale para que nunca te falte comida, amor ni un hogar.

La abuela Rosa lloraba de felicidad.

Yurani se secó una lágrima y, como siempre, terminó rompiendo el silencio con una sonrisa.

—Bueno... parece que ahora sí el vendedor de bocachicos va a tener un ayudante... o una ayudante.

Todos nos echamos a reír.

Aquella tarde nuestra casa se llenó de abrazos, lágrimas, risas y agradecimiento.

El amor que había nacido un día en una playa de Cartagena ahora crecía en una nueva vida.

Y mientras Cristian sostenía mi mano y acariciaba mi vientre, los dos entendimos que el regalo más grande que Dios podía darnos acababa de llegar a nuestras vidas.

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