Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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El baile
La galería de arte era la antigua curtiduría del pueblo. Ahora, reformada por Carlos Santiesteban para su esposa Fátima. La habían convertido entre los dos en algo moderno, con paredes de cristal, esculturas minimalistas, pinturas abstractas que parecían confusión extremadamente cara. Hoy era su inauguración y también la fiesta de Aritza, cuestión esta última más que la primera, que hacía que la galería estuviera tan llena. Por momentos, Andrés tenía la sensación de encontrarse dentro de un río humano. El salón principal resplandecía con luces estratégicamente colocadas y una exquisita capa de hipocresía educada.
Trajes oscuros, vestidos de todos los colores, copas que tintineaban, risas, música y conversaciones que se superponían unas sobre otras formaban una especie de murmullo permanente. Había llegado hacía apenas media hora y ya había perdido de vista a medio mundo, pero había una persona a la que llevaba varios minutos buscando deliberadamente.
Lían. Cuando amaneció fue a verlo al cuarto y se encontró una cama vacía. Perfectamente hecha y el juego de pijama doblado con pulcritud en medio, todavía con olor al perfume del chico. Quería preguntarle por qué se fue sin despedirse y si estaba bien, pero Lían parecía la única persona de todo el Valle que estaba ausente.
Él había visto entrar a Lía acompañado a Mateo, pero después la multitud se los había tragado y no pudo preguntar. Andrés recorrió con la mirada las mesas, los grupos junto a las enormes paredes de cristal, los rincones donde algunos invitados conversaban lejos de la pista. Nada. Volvió sobre sus pasos. La fiesta hacía rato que había comenzado. ¿Es que Lían pensaba no venir? ¿El accidente de la noche le habría afectado? No lo sabía.
Ahora ya se sentía preocupado y fue precisamente en ese momento que lo vio frente a uno de los enormes lienzos. Se acercó con pausa. No había prisa. La noche era larga. Lían permanecía inmóvil frente al cuadro que precisamente él había pintado ¿Qué coincidencia? Pensó. Se acercó con cuidado y miró objetivamente su obra tratando de entender cómo lo vería Lían. La pintura estaba dominada por el rojo. No era un rojo bonito. Era furioso. Manchas oscuras se mezclaban con pinceladas violentas de carmesí, negro y algún tono casi púrpura.
-¿Disfrutando del rojo? -Lían giró apenas la cabeza y respondió.
-Se supone que representa el conflicto. A mí entender es el resultado de emociones arrojadas con violencia.
-Bravo. Lo has interpretado. -dijo Andrés entre dientes.
-¿Esto lo pintó tu madre?
-No. Lo he pintado yo.
-Vaya y yo que pensaba que eras emocionalmente estreñido.
-Ya ves. En mi defensa he de decir que era parte de mi terapia. Fue una etapa emotiva de mi vida. -Lían permaneció en silencio, observando el lienzo con renovado interés. Andrés esperó. Nada. -¿Qué no dices nada?
-¿Qué quieres que diga?
-¡No sé! ¡Algo! ¡Lo que sea! -Lían volvió a mirar la pintura.
-Es intenso.
-¿Solo eso?
-Sí. -Andrés pareció ligeramente decepcionado. Lían al ver su expresión no pudo evitar decirle con sarcasmo. -¿Qué? ¿Naciste a cucharadas de elogio? -Andrés hizo un gesto vago y prefirió cambiar de tema.
-Casi no vienes.
-Estuve considerando hacerme ermitaño.
-Ya vives en una cueva.
-Buen punto. Podría funcionar. -Andrés soltó una risa.
-¿Y qué te detuvo?
-¿De qué? ¿De hacerme ermitaño?
-No. De venir. -Lían miró alrededor.
-Para empezar, la responsabilidad social. Por otra parte que Aritza podría enfadarse conmigo por un tiempo aproximado de "para siempre", si me entiendes y que este traje me queda demasiado bien.
Andrés lo recorrió con la mirada. El traje, efectivamente, le quedaba demasiado bien. Era elegante sin parecer que hubiese hecho demasiado esfuerzo y quizá por eso mismo, resultaba más llamativo. Lían llevaba el cabello cuidadosamente arreglado, aunque algunos mechones atrevidos se habían rebelado y caían sobre su frente. El color oscuro del traje hacía resaltar su piel blanca y sus ojos azules. Le daba un aire más adulto poco habitual.
-Entiendo. -respondió Andrés tragando seco. -Tienes varios puntos. -Lían arqueó una ceja.
-¿Por qué hacemos esto?
-¿El qué?
-Hablar como si fuéramos los mejores amigos. -Andrés se quedó pensando.
-Supongo que... Por... ¡Ah, sí! Porque te salvé ayer de una cuneta. -Lían soltó una pequeña risa.
-¿Cómo lo pago? Odio tener deudas. -la expresión de Andrés se volvió confusa.
-¿Qué?
-Esa deuda. La de salvarme.
-Creo que por ahora la dejaré pendiente. Prefiero que crezca y después te cobro intereses. -Lían entrecerró los ojos.
-Eso suena sospechoso.
-Posiblemente lo sea. A propósito. -añadió Andres serio de repente. -Es cierto que el traje te queda bien. -Lían se sonrojó completo. Respondió demasiado rápido, como si quisiera cambiar de rumbo antes de que aquella observación pudiera instalarse entre ambos.
-Me lo regaló tu madre. Esa mujer sí que tiene buen gusto. Ahora, si me disculpas, tengo otros planes.
-¿Qué planes?
-Planes que estoy improvisando.
-Eso nunca es buena señal.
-Como tomar decisiones cuestionables.
-Ahora suena peligroso.
-Lo es. Voy a salvar a Mateo ahora mismo de caer en las garras de Megan. -Andrés siguió la dirección de su mirada. Al otro lado de la galería, Mateo estaba rodeado por Megan y varias de sus amigas. La jefa de las porristas hablaba animadamente mientras Mateo asentía con esa expresión de quien está buscando una salida diplomática y no la encuentra.
-¿La jefa de las porristas?
-Exacto.
-¿Tiene algún problema con Mateo?
-Sí.
-¿Cuál? -Lían respondió sin pensar.
-Quiere meterse en sus pantalones. -el silencio que siguió fue absoluto. Lían abrió los ojos. Andrés lo miró. Lían se puso morado de vergüenza. Andrés se veía divertido. -Oye, no me hagas caso. Yo soy así. Además, no me sigas.
-¿Por qué?
-¿Qué? ¿Esto no es lo suficientemente grande y con bastante gente? -Andrés miró alrededor burlón.
-Sí, pero no me apetece hablar con ninguno. -Lían lo estudió unos segundos.
-¿Y por qué conmigo sí?
-Estoy haciendo un experimento.
-¡Ah, qué bonito! ¿Y soy un ratón de laboratorio?
-No. Un conejito de Indias. -Lían abrió la boca.
-¿Qué no es lo mismo? -Andrés sonrió.
-No exactamente.
-Sabes qué, no respondas. Ahora mismo no me interesa tu respuesta. -y antes de que Andrés pudiera decir nada, Lían emprendió la marcha.
Atravesaron la galería esquivando invitados hasta llegar junto a Mateo.
-Hola, chicas. -dijo con una sonrisa inocente. -Me disculpan. Vengo a llevarme a la estrella del Hockey. Es hora de chicos. Ya saben.
-Perfecto. -se le escapó a Mateo con cierto alivio. -Lían ya lo había agarrado del brazo.
-Camina.
-¿Adónde?
-A cualquier lugar donde Megan no esté.
-¡Te escuché!
-¡Perfecto! - dijo Lían y le mostró el dedo del medio en ese universal gesto de "que te jodan" y Megan le respondió señalándose el cuello en señal de amenaza. Comenzó a arrastrar diagonalmente a Mateo por media galería. Andrés los siguió riéndose. No llegaron muy lejos. Porque Aritza los vio. La muchacha estaba feliz en medio de Fátima, Lía y Amparo, recibiendo felicitaciones, abrazos y pequeños comentarios sobre lo hermosa que estaba. Cuando descubrió a los tres jóvenes acercándose, su rostro se iluminó.
-¡Viniste!
-¿Cómo íbamos a faltar? -respondió Mateo.
-Pensé que te habías escapado. -dijo en dirección a Lian
-Lo intenté. -Aritza le dio un pequeño golpe en el brazo.
-¡Ni se te ocurra! Eres mi mejor amigo del alma. No te lo perdonaría.
-Eres mi debilidad. -la música cambió y antes de que Mateo pudiera comprender lo que estaba sucediendo, Aritza lo tomó de ambas manos.
-Baila conmigo.
-Aritza...
-Es mi cumpleaños.
-Eso es chantaje.
-Sí. -Mateo suspiró.
-Está bien. -Aritza lo arrastró hacia la pista. Lían sonrió.
-Problema resuelto. -pero la victoria le duró exactamente seis segundos.
-Tú. -Lían se giró. Megan estaba detrás de él.
-Oh, no.
-Oh, sí.
-Megan, estoy muy ocupado.
-Yo también.
-¿Haciendo qué?
-Vengándome. -antes de que pudiera escapar, la muchacha lo tomó de la mano y lo llevó directamente hacia la pista. -¡Baila! Me quitaste a mi pareja. Pues te toca ser el reemplazo.
-¡No quiero bailar contigo!
-No me importa. No es negociable o le digo al profe de química quién le cambió el cloruro de sodio por cloruro de potasio y casi vuela el instituto.
-Te odio sabes.
-Es mutuo.
Mientras Lían y Megan discutían Andrés se quedó al margen y por alguna razón, no pudo apartar los ojos. Lían comenzó a bailar con cierta resistencia. Se movía con cautela, como si quisiera limitar sus movimientos para no llamar demasiado la atención. Duró poco. La música cambió otra vez y algo en él cambió con ella. Su cuerpo empezó a seguir el ritmo de manera natural. No parecía estar contando los pasos. No parecía pensar en ellos. Simplemente los hacía. Megan era buena. Muy buena. Tenía seguridad, energía y una facilidad casi profesional para moverse, pero Lían la superaba. Andrés se quedó inmóvil. No sabía que podía bailar así. Lían llevaba la música tatuada en el alma. Cada giro, cada movimiento, cada pausa parecía formar parte de una conversación que solamente él entendía. No había esfuerzo, ni pretensión. Solo música y libertad. Megan lo siguió. Los dos comenzaron a complementarse. La gente alrededor empezó a notarlo. Una pareja se apartó. Después otra. En cuestión de segundos, se había formado un espacio alrededor de ambos. Alguien aplaudió. Otro silbó. Aritza se llevó las manos a la boca, fascinada.
-Sí. Ese es mi primo Lían. Enséñales quién es el mejor. -gritaba Mateo entusiasmado.
Lían lo escuchó y se rió mientras continuaba bailando. Megan aprovechó aquella distracción para cambiar el ritmo. Lían la siguió. La muchacha giró. Él respondió. Ella marcó un paso. Él improvisó otro y de pronto estaban ofreciendo un espectáculo que nadie había planeado. Andrés sonrió sin darse cuenta. Había algo extraño en observar a Lían así. No importaba si era sobre el hielo o sobre esta pista improvisada. Lían bailaba con el alma. Parecía casi imposible que este mismo chico minutos antes había estado frente a un cuadro rojo hablando de conflictos y terapias. Ahora parecía haber dejado todos aquello fuera de la pista. Era otra persona. O quizá era la misma. La versión de él que casi nadie tenía oportunidad de conocer. Cuando terminó la canción, la galería estalló en aplausos. Lían se quedó jadeando ligeramente, con el cabello desordenado y una sonrisa enorme. Megan levantó ambos brazos.
-Todavía te odio, que sepas, pero tengo que reconocerlo ¡Eso estuvo increíble!
-Tú tampoco estuviste mal.
-Empiezas a caerme mejor
-No te emociones.
-¡Eres insoportable!
-Lo sé. -Aritza llegó corriendo y lo abrazó.
-¡Eso fue maravilloso! Tienes que bailar después conmigo también.
-Pues claro. Eres la chica más importante de mi vida. -Aritza sonrió satisfecha. Andrés escuchó la frase desde unos pasos atrás y algo en su pecho se apretó de una manera extraña. Lían lo descubrió mirándolo.
-¿Qué? -Andrés negó con la cabeza.
-Nada.
-Estás mirando raro.
-Estoy haciendo mi experimento. -Lían puso los ojos en blanco.
-Y dale con eso.
-Estoy llegando a conclusiones parciales.
-Espero que no sean peligrosas.
-Todavía no. -Lían se giró hacia Aritza y Mateo que estaban agarrando onda. ¿Desde cuándo esos dos se trataban? Pero si creyeron que el intercambio fue raro, casi se mueren de la impresión allí mismo cuando Lían se giró y se despidió a su manera de Andrés.
-Bien. Entonces voy por una bebida. Nos vemos después.
Se alejó con Mateo y Aritza trotando detrás. Sobre sus cabezas casi eran visibles los signos de interrogación❓Andrés los observó marcharse. No sabía exactamente qué estaba descubriendo. Solo sabía que cada vez que creía entender a Lían, aparecía una versión nueva. La música continuó. Las conversaciones también y la noche apenas comenzaba. Más tarde, la galería parecía haber dejado de ser una galería. Era una fiesta. Las puertas de cristal estaban abiertas hacia los jardines iluminados, donde las luces pequeñas colgaban entre los árboles como estrellas atrapadas. Desde el exterior llegaba el aire fresco del valle mezclado con el perfume de las flores. Carlos observaba todo desde una esquina con una copa en la mano. Fátima se acercó a él.
-¿Y? -Carlos contempló el salón.
-Creo que sobrevivimos.
-Todavía no ha terminado.
-No me arruines el optimismo. -Fátima rio.
-Mira a Aritza. -Carlos siguió su mirada. La chica bailaba con Mateo. Reía. Era feliz y por unos segundos, todo lo demás pareció carecer de importancia.
-Valió la pena. -dijo Carlos. -Fátima apoyó la cabeza en su hombro.
-Sí. Especialmente porque he visto a nuestro hijo hablando con el nieto de Lía y sus amigos.
-Eso es bueno.
-Sí. -en otro extremo, Lía observaba la escena con Amparo.
-Esa chica nació alegre, pero nunca la había visto tan feliz como hoy Lía.
-Es su noche. Bueno también es nuestra noche y la de todo el Valle. Mira. -Amparo observó.
-Este pueblo parece otro. Es como si de pronto se hubieran vuelto locos. ¡Mira a la costurera! ¿Qué hace por Dios? ¿Está loca?
-No. Eso es ser divertida y un tanto desinhibida.
-Un tanto. Yo diría que completamente. -y ambas rieron. Cerca de la medianoche, llegó el momento de las fotografías. Aritza fue llevada al centro de la galería. Primero con su hermano. Después con sus amigas y amigos. Llamó a Lían. Este no le gustaba que le hicieran fotos desde que en segundo de primaria rió a la cámara sin los dientes delanteros. Fue la burla de la escuela mucho tiempo.
-Lian ven.
-Estoy ocupado.
-¿Haciendo qué? -Lían miró su vaso con batido de fresa.
-Bebiendo.
-Puedes hacerlo después.
-Esto es una violación de mis derechos. Mateo lo tomó del hombro.
-Ven. No te hagas de rogar.
-Traidor. -los dos se colocaron junto a Aritza. El fotógrafo levantó la cámara.
-Más juntos. -en ese momento Andrés por un impulso travieso se autoinvitó a la foto grupal. Dio un paso. Lían también. Sus hombros se rozaron. Ambos se miraron de reojo.
-¿Qué crees que hace? -murmuró Lían.
-Inmortalizando el momento. No te emociones.
-¿Quién está emocionado?
-No sé. Aunque tú estás rojo.
-Hace calor.
-Estamos al lado de una puerta abierta.
-Cállate. -el flash los interrumpió.
Una fotografía. Otra y otra. Sin saberlo, en una de ellas quedaron los cuatro sonriendo. Aritza en el centro. Mateo a un lado. Lían y Andrés al otro. Parecían exactamente lo que cualquiera habría imaginado al verlos juntos. Amigos. Quizá algo más complicado que eso, pero amigos. Por ahora. La fiesta avanzó hasta convertirse en una sucesión de momentos que nadie quiso olvidar. Aritza abrió los regalos entre gritos. Mateo terminó bailando con Lía.
Megan, después de declarar que no volvería a hablarle a Lían, terminó conversando con él durante casi media hora. Ese baile le había hecho redirigir su objetivo de conquista. Entre Carlos y Ariel tuvieron que rescatar a un invitado que había bebido demasiado. Fátima bailó con su marido. Lía obligó a Amparo a salir a la pista y Andrés continuó buscando a Lían incluso cuando ya sabía exactamente dónde estaba. Lo encontró finalmente en el jardín. Sentado en uno de los escalones de piedra, con la chaqueta abierta y la corbata ligeramente aflojada. Miraba hacia el valle.
-¿Te escapaste de Megan? -Lían no se volvió.
-¿Por qué tendría que escapar de Megan? No. Lo que pasa es que la corbata cobró vida propia y planea estrangularme. Luego está toda esta gente. El aire se vuelve irrespirable. -Andrés se sentó a su lado. Durante unos segundos ninguno habló. Desde dentro llegaban los sonidos amortiguados de la música.
-¿Te arrepientes de haber venido? -preguntó Andrés.
-No. Gracias.
-¿Por qué?
-Por ayer. -Andrés comprendió.
-No tienes que agradecerme.
-Sí tengo.
-Todavía me debes algo.
-¿Qué quieres? -Andrés pensó unos segundos.
-Un baile. -la expresión de Lían cambió.
-¿Ahora? Andrés, ahí dentro hay cientos de personas. Dos chicos bailando no es una idea muy buena.
-Quiero que bailes solo. No ahora, no aquí.
-¿Dónde?
-Sobre el hielo. En la pista. -Lian abrió los ojos, pero al menos eso sí podía hacerlo sin morir de la vergüenza. Replicó entonces.
-Y después me dejas en paz.
-Trato hecho. -Andrés se levantó. Le tendió la mano. Lían la observó. Después miró hacia la galería. Finalmente volvió a mirar la mano.
-Eres un problema.
-Eso me han dicho. Pregúntale a mi último psiquiatra.
Lían tomó esa mano cerrando el trato. Regresaron a la fiesta. Sin saber que, mientras atravesaban las puertas de cristal, Fátima los había visto. La mujer sonrió. No dijo nada a su esposo. Solo tomó una copa de la mesa y levantó discretamente una ceja hacia Lía. Ella siguió su mirada con expresión indescifrable. La música cambió y Megan volvió a atrapar a Lian. Aquella noche, entre luces, cristal, pinturas imposibles, vestidos elegantes y risas, algo comenzó a cambiar. Todavía nadie sabía qué era, pero estaba allí. En una mirada demasiado larga. En una mano que tardó demasiado en soltarse. En deudas de gratitud que nadie parecía tener demasiada prisa por saldar.
Aritza Santos