Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.
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El planeta de los olvidados
La nave de Omicron descendió a través de una atmósfera espesa, del color del óxido y el gris plomizo. Cuando las compuertas se abrieron, el aire que entró en la cabina no olía a azufre ni a sangre. Olía a metal viejo, aceite quemado y tiempo muerto.
Marcus se asomó por la ventanilla y contuvo el aliento. No era solo un vertedero. Era un cementerio de ambiciones. Montañas infinitas de chatarra se alzaban hacia el cielo como cordilleras de hierro. Restos de naves de guerra con los cascos abiertos, satélites destruidos, robots desmantelados cuyas extremidades mecánicas sobresalían del polvo como los huesos de bestias antiguas. Ciudades enteras, reducidas a escombros, formaban valles de cristal roto y plástico derretido. Era el Centro de Reciclaje Galáctico Número Nueve. El lugar donde Omega tiraba todo lo que consideraba inútil.
Marcus pensó que sería un simple retraso técnico. Pero al poner un pie en el suelo metálico y crujiente del planeta, descubrió algo inesperado. El planeta estaba habitado. Miles de esclavos sobrevivían entre las montañas de basura. Para ellos, los desechos de Omega eran su única fuente de alimento, herramientas y refugio.
Mientras los androides trabajaban en la nave, Marcus decidió explorar la zona. Fue entonces cuando escuchó el chirrido del metal.
Un grueso cable de acero se rompió en lo alto de una grúa. Un enorme contenedor de carga se soltó y comenzó a caer desde cientos de metros de altura, desintegrándose a mitad de camino y desatando una lluvia mortal de vigas y placas blindadas.
Un hombre se movió. No corrió para huir. Corrió *hacia* la lluvia de metal.
Se movió con una velocidad y precisión que desafiaban la lógica. Con el pie, golpeó una viga en el aire, cambiando su ángulo en dos grados. Con el hombro, empujó una placa blindada. Con la palma de la mano, desvió un motor pesado. Cada contacto era mínimo, pero suficiente. Gracias a esas pequeñas desviaciones, las pesadas piezas cayeron alrededor de los esclavos sin herir a nadie.
Marcus se acercó, atónito, con el corazón latiéndole en la garganta.
—¿Cómo sabías dónde iba a caer cada pieza? —preguntó Marcus, incapaz de creer lo que acababa de ver.
Chilavar lo miró con una calma absoluta.
—No lo sabía —respondió, con una voz profunda y tranquila.
—¿Entonces cómo? —insistió Marcus.
—Escuché cómo se rompía el cable —explicó Chilavar, señalando la grúa—. Vi el peso del contenedor. Calculé cómo rebotaría cada pieza al golpear la pila de abajo.
Marcus se quedó helado. No solo tenía reflejos. Poseía una capacidad espacial y un cálculo mental que desafiaban a las computadoras de Omega.
Un supervisor local, un hombre con el rostro marcado por el óxido, se acercó y sonrió, mostrando dientes de metal.
—Lo llaman Chilavar.
En ese momento, desde el otro extremo del vertedero, un niño gritó entre lágrimas que había perdido su pelota entre las toneladas de chatarra recién caída.
Chilavar apenas miró al niño. Recogió una vieja pelota hecha de trapos fuertemente apretados y cables trenzados. Le dio una sola patada.
La pelota salió disparada. Rebotó en una tubería oxidada. Luego golpeó una placa metálica en ángulo. Pasó por el centro de un anillo de aleación a diez metros de altura. Golpeó un viejo panel inclinado de una nave destruida y, finalmente, tras una curva imposible, aterrizó suavemente, rodando, hasta detenerse exactamente en las manos del niño.
A su alrededor, los esclavos seguían trabajando, como si no hubieran visto nada. Solo Marcus permaneció inmóvil.
Pero Johann Platiné, que había seguido a Marcus hasta el vertedero apoyándose en su bastón, no estaba mirando la pelota.
Estaba mirando los ojos de Chilavar.
*No siguió la pelota*, pensó el viejo capitán, entrecerrando los ojos. *Siguió el punto exacto donde terminaría*.
Marcus caminó hacia Chilavar, decidido. Lo alcanzó junto a una pila de turbinas oxidadas.
—Soy Marcus Bandeira —dijo Marcus, extendiendo la mano—. Estoy formando la plantilla del Sistema Solar para el torneo intergaláctico. Necesito un delantero. Alguien que pueda leer el juego antes de que suceda. Y tú... eres exactamente lo que busco.
Chilavar miró la mano de Marcus. No la tomó.
—¿Jugar al fútbol? —dijo Chilavar, con esa serenidad inescrutable—. No.
Y siguió caminando.
Marcus lo persiguió, frustrado.
—¿Por qué no? ¡Es la final! ¡Es por la supervivencia de mi planeta!
Chilavar se detuvo. Se giró lentamente y miró a su alrededor. Miró a los niños hurgando entre los escombros, a las familias viviendo bajo techos de blindaje abollado, a los ancianos tosiendo por el polvo de óxido.
—Porque aquí todavía hay niños —dijo Chilavar, con voz firme—. Mientras yo esté aquí... ninguno morirá bajo la chatarra.
Marcus comprendió en ese instante que no era indiferencia. Chilavar ya había encontrado un propósito. Era el guardián de los olvidados.
Marcus respiró hondo y dio un paso al frente.
—¿Y si te dijera que jugar al fútbol podría salvar a *todos* los niños de este planeta? —dijo Marcus, clavando la mirada en los ojos oscuros del chatarrero—. No prometo milagros que no pueda cumplir. Pero si ganamos... la Tierra será libre. Y ese será el primer sistema en romper las cadenas de Omega. Después... volveremos por ustedes.
Chilavar guardó silencio. El viento frío del vertedero sopló entre ellos, levantando nubes de polvo de óxido.
Chilavar miró a los niños. Luego miró a Marcus. Lentamente, asintió.
—Está bien —dijo Chilavar—. Iré.
Marcus sonrió, sintiendo que el rompecabezas empezaba a completarse.
—Bienvenido al equipo.
Chilavar se echó de nuevo al hombro su saco de herramientas. Mientras caminaban hacia la nave, Johann no dejó de observarlo ni un segundo.
Muy lentamente... el anciano sonrió.
No dijo una palabra. Simplemente presionó su bastón con firmeza contra el suelo metálico.
*Tac.*
—Interesante... —murmuró.
Y siguió caminando, dejando que el sonido de su bastón se desvaneciera en el viento del planeta basura.
El repiqueteo rítmico del bastón resonó contra el metal hueco, un sonido que parecía llevar el peso de décadas. Marcus miró de reojo a Johann, pero la expresión del viejo capitán seguía siendo indescifrable, con la mirada fija en la figura de Chilavar que se alejaba y desaparecía en el laberinto de restos oxidados. El viento aullaba a través de los restos esqueléticos de naves olvidadas, llevando consigo los débiles llantos de los niños y el lejano estruendo de los carroñeros trabajando. Sin embargo, bajo esa desolación, Marcus sintió que algo cambiaba: una tranquila certeza de que este planeta, descartado por Omega como inservible, guardaba secretos mucho más profundos que la mera supervivencia. El silencio de Johann no era vacío; era reconocimiento. Y mientras la rampa de la nave de Omicron comenzaba a cerrarse tras ellos, Marcus supo que cualquier verdad que se ocultara en esos ojos curtidos pronto remodelaría todo lo que creían saber sobre el juego... y sobre ellos mismos.